El tiempo, que tantas veces se le había hecho eterno, pasó volando.
Seis meses después de aquella noche, Alessia se movía por la pequeña cafetería con una mano en la espalda baja y la otra sosteniendo una bandeja. Su vientre, ya redondo e imposible de esconder, se asomaba bajo el delantal.
—Siéntate un momento, por favor —le rogó Camila desde la barra —Vas a caerte con esa bandeja.
—Si me siento, me quedo dormida —respondió Alessia, riendo —Y todavía faltan tres mesas.
—Eres terca —replicó Camila, cruzándose de brazos.
—Soy mamá —corrigió Alessia, acariciándose la barriga —Es casi lo mismo.
Camila negó con la cabeza, pero sonrió.
Las cosas no eran perfectas, pero iban bien. Alessia había ahorrado lo suficiente para pagar el alquiler hasta el parto. El dueño de la cafetería, un hombre bonachón, le había prometido que podría volver cuando el bebé creciera. Y en un rincón de su apartamento, junto a la ventana, descansaba una cuna de segunda mano que ella misma había lijado y pintado de blanco.
Esa noche, al llegar a casa, se dejó caer en el sofá con los pies hinchados. Sobre la mesa tenía una bolsita con ropa diminuta que había comprado esa mañana. Sacó un mono amarillo y lo sostuvo en el aire. Era tan pequeño que le cabía en una mano.
—¿Qué dices, pequeño? —susurró Alessia, mirando su vientre —¿Te gusta?
Como respuesta, una patadita firme le sacudió el costado. Ella soltó una carcajada y se llevó la mano al lugar exacto.
—Ya veo —dijo, divertida —Tienes carácter.
Se quedó así un rato, escuchando el silencio, y comprendió que estaba bien. No feliz del todo, no tranquila del todo, pero bien. Había sobrevivido al miedo, a la soledad, a las dudas. Se había construido un pequeño refugio con sus propias manos.
Entonces, sin razón alguna, sintió un escalofrío.
Se incorporó despacio y miró hacia la ventana. La calle estaba vacía, iluminada por una farola amarillenta. Nada fuera de lugar. Y sin embargo, el presentimiento se le hundió en el pecho como una piedra, la certeza de que algo, o alguien, seguía acercándose.
—Qué tontería —murmuró Alessia para sí misma, y corrió la cortina —Son los nervios del final del embarazo.
Se repitió esa frase mientras apagaba las luces. Se repitió que había cerrado ese capítulo, que aquella noche pertenecía a otra vida.
Pero antes de acostarse, volvió a mirar por la rendija de la cortina.
Y esta vez, al final de la calle, vio un auto negro con los faros apagados. Estaba allí, quieto, como si esperara.
Alessia contuvo la respiración.
El destino, pensó con un nudo en la garganta, todavía no había terminado con ella.
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Nota de la autora 💌
¡Hola, mis lectores hermosos! 🥰 Alessia ya está en la recta final y yo no puedo con los nervios. 😭 Me encantó escribir su pequeño refugio, aunque ya saben que la calma nunca dura demasiado en mis historias. 😏
Cuéntame en los comentarios qué opinas del capítulo y no olvides dejar tus estrellitas ⭐⭐⭐⭐⭐, ¡me ayudan muchísimo! 🙏