Alessia se quedó inmóvil, con el teléfono pegado a la oreja y la mirada clavada en la puerta.
—Alessia —repitió la voz grave desde el auricular —No me hagas esperar.
Pero algo no encajaba. Había visto a ese hombre en la calle, junto al auto, hacía menos de un minuto. Nadie subía cuatro pisos tan rápido.
Se acercó a la puerta con pasos cortos, conteniendo el aliento, y apoyó el ojo en la mirilla.
El pasillo estaba medio oscuro. Frente a ella, con la cabeza baja y las manos entrelazadas, esperaba el chofer del traje oscuro.
—Señorita —susurró él desde el otro lado, sin levantar la vista —Por favor, no abra.
Alessia sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó ella, con la voz apenas audible —Se fue hace una hora.
—Volví porque algo no estaba bien —respondió el chofer, mirando de reojo hacia la escalera —Mi jefe sigue dentro del auto. No ha bajado en toda la mañana.
—Entonces… ¿quién me está llamando?
El hombre guardó silencio un instante demasiado largo.
—Mi jefe no tiene su número, señorita —dijo por fin — Nunca lo ha tenido.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Despacio, volvió a llevarse el teléfono a la oreja. La respiración al otro lado seguía allí, lenta, paciente.
—Buena chica —murmuró entonces la voz, y esta vez sonó distinta, más suave, casi burlona —Ya empiezas a entender.
—¿Quién eres? —exigió Alessia, con los dedos blancos de tanto apretar el aparato.
—Alguien que sabe lo que escondes —respondió la voz — Igual que él. Pero yo sí sé cómo usarlo.
—No te tengo miedo —mintió ella.
—Deberías.
Un chasquido seco cortó la línea. En ese mismo instante, las luces del apartamento parpadearon una, dos veces, y se apagaron por completo.
Alessia ahogó un grito. La oscuridad la envolvió, y en el silencio solo escuchó su propio pulso golpeándole los oídos.
—¡Señorita! —gritó el chofer desde el pasillo, y golpeó la puerta con el puño —¡Abra, rápido! ¡Tiene que salir de ahí!
—¿Qué está pasando? —preguntó ella, retrocediendo a ciegas —¿Qué es lo que quieren?
—No hay tiempo —respondió él, y su voz sonó quebrada —Ya subieron.
Un segundo después, escuchó pasos en la escalera. Pesados, firmes, más de una persona.
Alessia se llevó las manos al vientre y sintió una patada desesperada, como si el bebé también hubiera comprendido el peligro.
Entonces, la manija de la puerta empezó a girar lentamente.