La Excepción a su Reglas

8. Salida de emergencia

La manija se detuvo a medio giro.
—¡Señorita, no soy yo! —gritó el chofer desde el pasillo, golpeando la puerta con la palma —¡Escúcheme! ¡Salga por la escalera de incendios, ahora!
—¿Qué está pasando? —preguntó Alessia, con la voz rota, retrocediendo a ciegas en la oscuridad.
—Hay dos hombres subiendo —respondió él, jadeando — No son de mi jefe. Yo los detendré, pero necesito que corra.
Un golpe brutal sacudió la puerta. Alguien intentaba forzarla desde el otro lado. Alessia ahogó un grito y se llevó las manos al vientre.
—Tranquilo, pequeño —susurró, temblando —Mamá no va a dejar que te pase nada.
Tanteó la pared hasta llegar a la ventana de la cocina. La abrió de un tirón y el aire helado le golpeó el rostro. Afuera, la escalera metálica de incendios se perdía en la penumbra, resbalosa por la humedad de la mañana.
Detrás de ella, la madera crujió. Se oyó un forcejeo, un golpe seco, el quejido del chofer.
—¡Váyase! —alcanzó a gritar él.
Alessia pasó una pierna sobre el alféizar con el corazón desbocado. Su vientre le estorbaba, y cada peldaño que bajaba le arrancaba una punzada en la espalda. Cuatro pisos, pensó. Solo cuatro pisos.
En el tercero, el metal vibró bajo sus pies. Alguien había entrado al apartamento.
—¡Está bajando! —rugió una voz ronca, justo sobre su cabeza.
Alessia no miró atrás. Siguió descendiendo con las manos ardiendo por el frío del hierro, mordiéndose los labios para no llorar. Segundo piso. Primer piso. Saltó los últimos escalones y cayó de rodillas sobre el asfalto.
El dolor le cruzó el abdomen como un relámpago.
—No, no, no… —jadeó, abrazándose el vientre —Ahora no, por favor.
Unos faros la deslumbraron. El auto negro frenó en seco a pocos metros de ella, y la puerta trasera se abrió de golpe.
Un hombre alto bajó con paso rápido. Llevaba el abrigo desabrochado y el rostro desencajado, como si hubiera corrido toda la noche. Alessia lo reconoció antes de verle los ojos.
—Alessia —dijo él, arrodillándose frente a ella —Mírame. Estás a salvo.
—Tú… —balbuceó ella, retrocediendo con las manos temblorosas —Tú me mandaste esa carta.
—Sí —admitió él, sin apartar la mirada —Pero esa llamada no fue mía.
Un portazo resonó en lo alto del edificio, y dos siluetas aparecieron en la escalera de incendios.
—Sube al auto —ordenó él, tendiéndole la mano —Ahora.
—¿Por qué debería confiar en ti?
El hombre bajó los ojos hacia su vientre redondo, y por primera vez su máscara de calma se quebró.
—Porque ese niño también es mío —susurró él.




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