La Excepción a su Reglas

9. Una mano extendida

—Suéltame —dijo Alessia, y empujó la puerta del auto con todas sus fuerzas —Yo no voy contigo a ninguna parte.

—No hay tiempo para esto —respondió él, y pisó el acelerador sin dudar.

El auto salió disparado. Alessia cayó contra el asiento, con una mano en el vientre y la otra aferrada a la manija. Por la ventanilla trasera vio cómo las dos siluetas de la escalera de incendios se hacían cada vez más pequeñas, hasta desaparecer entre las calles.

—¡Detente! —gritó ella —¡Déjame bajar!

—Si te dejo bajar, te alcanzarán en menos de un minuto —contestó él, con los ojos fijos en la carretera y los nudillos blancos sobre el volante —Y no pienso permitirlo.

—¿Quién eres tú para decidir eso?

Él no respondió. Giró en una esquina, tomó una avenida y luego otra, mirando una y otra vez el espejo retrovisor. Poco a poco, la ciudad quedó atrás.

Alessia dejó de gritar. Primero fue el cansancio, después el dolor sordo en la espalda, y por último algo peor: el silencio. Las palabras se le atoraron en la garganta como piedras. Quería preguntar, quería insultarlo, quería llorar, pero no le salió nada. Solo apoyó la frente contra el cristal frío y se abrazó el vientre, sintiendo la patadita inquieta de su bebé.

Pasaron las horas sin que ella lo notara.

Cuando por fin levantó la vista, el cielo estaba teñido de naranja y el auto reducía la velocidad frente a una enorme reja de hierro negro. Se abrió sola, y al otro lado apareció un edificio imponente de cristal y piedra que se alzaba hacia las nubes como una fortaleza. En la fachada, grabadas en letras plateadas, brillaban seis letras: STERLING.

Alessia no sabía qué significaban. Y aun así, algo en ese nombre le erizó la piel.

El auto se detuvo frente a la entrada. Ella no se movió. No dijo nada, porque no podía. Se quedó sentada, con las manos temblando sobre el regazo, mirando la puerta como si fuera la entrada a otra vida.

Él apagó el motor, bajó del auto y rodeó el vehículo con paso firme. Abrió la puerta del lado de ella y se inclinó ligeramente, con la luz del atardecer dibujándole la mandíbula.

—Vamos, baja —dijo él en voz baja —Hemos llegado.

Extendió la mano hacia ella.

Alessia se quedó mirándola. Era una mano grande, fuerte, de dedos largos. La misma que había recorrido su espalda en una suite de hotel, aquella noche que había jurado olvidar.

«¿Qué diablos hago?», pensó, con el corazón latiéndole en la garganta.

Detrás de las enormes puertas de cristal del edificio, una figura los observaba en silencio.

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Nota de la autora 💌

¡Hola, mis lectores queridos! 🥰 ¡Por fin llegamos a un lugar nuevo y los secretos de verdad empiezan a salir a la luz! 😏🔥 Este capítulo me encantó escribirlo, sobre todo ese momento de la mano extendida. 🫣

Cuéntame en los comentarios qué piensas y no olvides dejar tus estrellitas ⭐⭐⭐⭐⭐, ¡me ayudan muchísimo!

Ahora dime¿Alessia debería tomar su mano o quedarse en el auto? 👀🖤




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