Ginevra
Llevo mucho sentada frente a una mesa preparada para dos y todavía sigo mirando la puerta del restaurante. Mi esposo, Nathan Visconti, no ha llegado.
He revisado el teléfono tantas veces que ya perdí la cuenta. Le he escrito tres mensajes y he llamado otras tantas. Ninguno ha recibido respuesta.
Hoy cumplimos tres años de casados. Hace 36 meses le llevé la contraria a mi abuelo, quien quería a otro hombre para mí: al hermano mayor de Nathan. No me cae mal; la verdad, no lo he tratado mucho. Es un hombre serio, de esos que solo se concentran en trabajar. Mi abuelo decía que era el indicado y yo me casé a escondidas con mi gran amor.
Reservé este restaurante hace dos semanas. Elegí el menú que a él le gusta, pedí su vino favorito y hasta compré el vestido que una vez me dijo que quería verme usar. Quizá fui una tonta por esforzarme tanto.
El teléfono vibra sobre la mesa. Lo agarro enseguida, pero no es una llamada suya. Es una publicación de mi hermana.
Abro la fotografía.
Está en el hospital, sentada en una camilla, con mi madre a un lado y mi padre al otro. Mi esposo aparece detrás de ella, inclinado para escuchar lo que dice. Los cuatro están juntos.
Amplío la imagen sin saber exactamente qué busco. Mi madre tiene una mano sobre la frente de mi hermana. Mi padre le sostiene los dedos y mi esposo está tan cerca de ella que sus hombros se tocan. Parecen una familia. Una familia de la que no formo parte; creo que nunca lo he hecho.
Cierro la fotografía y miro la mesa. Hay dos copas, dos platos y una pequeña caja que compré para mi marido. Dentro está el reloj que llevaba semanas queriendo. No sé cuándo dejé de esperar que alguien se acordara de mí. El pecho se me aprieta hasta que suelto un pequeño quejido.
Desde niña ha sido así. Si mi hermana rompía algo, yo tenía la culpa por no haberla vigilado. Si ella lloraba, yo debía disculparme. Si recibía algo, era porque lo necesitaba más. Pero cuando yo quería algo, siempre había una razón para negármelo. Mis padres nunca tuvieron problemas para hacerme sentir que sobraba. Los únicos que me aman de verdad son mis abuelos, pero desde que mi abuela murió, el nonno se ha hundido en su recuerdo.
Pensé que al casarme las cosas cambiarían. Que tendría una familia propia, alguien que me eligiera incluso cuando los demás me dejaran de lado. Me equivoqué.
Abro la cámara y tomo una fotografía de la mesa. No quiero llorar delante de los empleados ni llamar otra vez a un hombre que sabe perfectamente qué día es hoy y le da lo mismo. La publico junto a la imagen de mi hermana con una leyenda:
«Así se ve el favoritismo. Algunas pasamos nuestro aniversario esperando a alguien que no llega, mientras otras nunca tienen que pedir que estén a su lado»
Dejo el teléfono boca abajo. Sé lo que viene. No han pasado ni diez minutos cuando empieza a sonar. Es mi madre. Sin esperar, contesto.
—¿Qué te pasa por la cabeza? —Ni siquiera me saluda.
—Feliz aniversario para mí también, mamá.
—No empieces con tus estupideces. ¿Te parece normal publicar esas cosas mientras tu hermana está en el hospital?
—¿Y a ti te parece normal que mi esposo esté con ella en nuestro aniversario?
—¡Tu hermana está enferma!
—Yo también necesitaba a mi marido hoy, madre.
—Siempre tienes que convertir todo en un problema. No puedes soportar que alguien más reciba atención.
Aprieto los labios.
—No estoy pidiendo atención. Estoy esperando a mi esposo.
—Pues deja de comportarte como una egoísta y vuelve a casa. Tenemos que hablar.
Cuelga, dejándome callada.
Tomo mi copa de vino y llamo al camarero. Pago la cuenta y guardo la caja del reloj en mi bolso. No me llevo las flores, solo mi bolso de mano.
Cuando llego a casa, encuentro a mi madre, a mi padre y a mi esposo en el salón. Ya lo sabía: todos unidos para defender a la desvalida. Él está sentado en uno de los sofás, con los codos apoyados en las rodillas. Mi padre permanece de pie junto a la ventana y mi madre camina de un lado a otro.
Nadie pregunta cómo estoy; nunca les interesa.
—¿Ya estás contenta? —pregunta mi madre.
Dejo el bolso sobre una silla. —¿Por qué están aquí?
—Porque alguien tiene que hacerte entrar en razón.
Busco con la mirada a mi esposo. No lleva corbata ni saco y su cabello está revuelto. Ojalá se preocupara así por mí.— ¿No tenías que estar en el hospital?
—No debiste subir eso, hiciste sentir mal a Gio. —Así la llama cuando habla de ella.
—Hoy era nuestro aniversario, Nathan —digo. Los ojos me pican.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—No empieces otra vez —suspira, rodando los ojos.
Me quedo mirándolo. Ni siquiera parece avergonzado.
—Te esperé durante dos horas, la gente me veía con lástima y tú con ella.
—Tu hermana tuvo un problema y tuve que ir.
—Mis padres también estaban allí, es su deber, no el tuyo. ¿Toda la familia tenía que estar allí mientras yo estaba sola?
—Basta —interviene mi padre—. Tu hermana está pasando por un momento difícil.
Suelto una risa que no tiene nada de graciosa.
—Siempre está pasando por un momento difícil. Da la casualidad de que solo pasa en mis cumpleaños o cenas con mi esposo.
—No te atrevas a hablar así de tu hermana —me advierte mi madre.
—¿Y cómo quieres que hable? ¿Dándole las gracias por arruinar mi aniversario?
Mi esposo se levanta.
—Controla lo que dices.
Abro los ojos de más y suelto una risa incrédula.
—¿Tú me estás pidiendo que controle lo que digo?
—No voy a discutir contigo por una publicación.
—No es por una publicación. Es porque me dejaste plantada en nuestro aniversario para estar con ella. ¡Siempre hace lo mismo, date cuenta!
Mi madre golpea la mesa con la palma.
—¡Ya basta! Te dije que esperáramos un poco, pero esta egoísta no merece consideración. Dile de una vez lo que decidiste.
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traicion., venganza de la esposa, mujer e hija con carácter.
Editado: 30.10.2026