La Favorita Del Actor

Capítulo 03

Luciana se quedó en la terraza, fingiendo que el aire fresco le bastaba para calmar el temblor en sus manos. Pero por dentro, todo ardía. Las palabras de Sofía, el desprecio de sus padres, las risas de los invitados… cada gesto era una confirmación de que, para ellos, ella no era más que una mancha en el linaje Domínguez.

La puerta de vidrio se abrió de golpe. Sofía apareció, escoltada por dos amigas que la seguían como sombras.

—¿De verdad pensaste que ibas a robarte la atención esta noche? —espetó Sofía, con voz baja pero cargada de veneno—. ¿Creíste que Esteban te miró porque le interesas? Por favor, Luciana. Él solo sintió lástima. Igual que todos.

Luciana no respondió. Mantuvo la mirada fija en el horizonte, donde las luces de Medellín titilaban como estrellas rotas.

—Eres patética —continuó Sofía—. Siempre escondida, siempre callada. ¿Sabes lo que dicen de ti en los círculos sociales? Que eres la hija secreta. La que tuvieron por error. La que no encaja. La que parece adoptada.

Una de las amigas soltó una risa ahogada.

—Yo escuché que ni siquiera te dejaron ir a la fiesta de graduación. Que tu mamá dijo que no valía la pena comprar otro vestido.

Luciana sintió el golpe como una bofetada. Era cierto. Esa noche, mientras Sofía brillaba en un salón decorado con luces y música, ella se había quedado en casa, viendo desde la ventana cómo los fuegos artificiales estallaban sobre la ciudad.

—Y ahora mírate —agregó Sofía, acercándose más—. Con ese vestido barato, esa cara sin maquillaje, esos zapatos que parecen de secretaria de oficina pública. ¿Qué esperas? ¿Que alguien te respete?

Luciana apretó los labios. No quería llorar. No frente a ellas.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Sofía, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cruel—. Que ni siquiera eres buena para dar lástima. La gente te ve y se incomoda. Porque no saben si eres parte del servicio o una sobrina con problemas mentales.

Luciana se giró lentamente. Sus ojos color miel brillaban con una mezcla de dolor y furia contenida.

—¿Ya terminaste?

Sofía sonrió con arrogancia.

—No. Pero puedo seguir. ¿Quieres que te recuerde cuando papá dijo que ojalá hubieras nacido hombre, para al menos servir de algo en la empresa? ¿O cuándo mamá te dejó fuera de la foto familiar en la gala de beneficencia?

Luciana sintió que el aire se le escapaba. Cada recuerdo era real. Cada herida, abierta.

—O cuando Esteban te vio por primera vez y preguntó si eras la niñera —remató Sofía, triunfante.

Las amigas rieron sin disimulo. Luciana dio un paso atrás. No por miedo, sino por necesidad de espacio. Necesitaba aire. Necesitaba no romperse.

—¿Y sabes qué es lo que más me molesta? —dijo Sofía, acercándose aún más—. Que sigas aquí. Que no te largues. Que no entiendas que no perteneces. Que no eres parte de nada. Ni de esta familia, ni de esta ciudad, ni de este mundo.

Luciana la miró. Y por primera vez, no vio a su hermana perfecta. Vio a una mujer aterrada. A una figura construida sobre la necesidad de aplastar a otros para sentirse superior.

—Tienes razón —dijo Luciana, con voz firme—. No pertenezco a tu mundo. Porque el tuyo está podrido.

Sofía se congeló. Las amigas dejaron de reír.

—Pero eso va a cambiar —continuó Luciana—. Porque yo sí tengo algo que tú no: verdad. Y cuando la verdad salga, cuando todos vean lo que hay detrás de tu sonrisa perfecta, detrás de esta familia de fachada… entonces veremos quién se queda sola.

Sofía la miró con odio. Pero también con miedo.

Luciana se dio la vuelta y entró al salón. Las miradas la seguían. Algunas con burla. Otras con curiosidad. Pero por primera vez, ella caminaba con la espalda recta. No porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque había aprendido a cargarlo sin agacharse.

Y mientras se alejaba, supo que esa noche no sería el final. Sería el comienzo.




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