La Favorita Del Actor

Capítulo 04

P.o.v Esteban.

Desde su asiento en la mesa principal, Esteban Fernández sonreía por el compromiso. Las cámaras lo adoraban, los empresarios lo saludaban como si fuera un ministro, y Sofía, impecable como siempre, se aferraba a su brazo con la seguridad de quien cree haber ganado el trofeo más codiciado. Pero por dentro, Esteban se sentía atrapado. Como si estuviera interpretando un papel que ya no le pertenecía.

La cena avanzaba entre brindis y halagos. Sofía hablaba de su próxima campaña en París, de los diseñadores que la habían contactado, del vestido de novia que sería portada en tres revistas. Esteban asentía, respondía con frases cortas, pero su mente estaba en otra parte. En otra figura.

Luciana.

La había visto al llegar, escondida tras una columna, con ese vestido sencillo y esos ojos color miel que no sabían mentir. No era como Sofía. No era como nadie en esa sala. Había algo en ella que lo inquietaba. Una tristeza silenciosa. Una dignidad rota. Una presencia que no encajaba, pero que él no podía ignorar.

Cuando comenzaron las burlas, Esteban sintió el primer golpe en el estómago. Los comentarios sobre su ropa, su lugar en la familia, su supuesta inutilidad. Sofía se reía. Doña Elena asentía. Don Rafael la ignoraba como si fuera un mueble. Y Luciana… Luciana aguantaba todo sin decir una palabra.

Esteban apretó la copa entre los dedos. Quería intervenir. Decir algo. Pero sabía que cualquier gesto sería interpretado como debilidad, como traición. Él era parte del espectáculo. Y en ese espectáculo, Luciana no tenía guión.

Hasta que habló.

“No me voy. Esta es mi familia. Esta es mi ciudad. Y esta es mi historia. No me van a borrar.”

La frase lo sacudió. No por lo que decía, sino por cómo lo decía. Con voz firme. Con los ojos en alto. Con una fuerza que no había visto ni en Sofía ni en nadie de esa mesa.

Esteban se levantó. No sabía qué iba a hacer, solo sabía que no podía quedarse sentado. Caminó hacia la terraza, donde la vio de espaldas, mirando la ciudad como si buscara respuestas en las luces.

—Luciana —dijo, sin saber si ella lo escucharía.

Ella se giró. No había lágrimas. Solo una calma extraña. Una especie de resignación que dolía más que el llanto.

—¿Estás bien?

Luciana lo miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza.

—¿Te importa?

Esteban dudó. No porque no le importara, sino porque no sabía cómo demostrarlo sin parecer hipócrita.

—Sí. Me importa. Más de lo que debería.

Luciana bajó la mirada. El silencio entre ellos era denso, pero no incómodo. Era como si por fin alguien la viera. Como si por fin alguien la escuchara sin juzgarla.

—No tienes que fingir —dijo ella—. Ya sé cómo funciona esto. Tú estás con Sofía. Yo soy la nota al pie. La que estorba.

Esteban se acercó un poco más.

—No eres una nota al pie. Eres la única parte de esta historia que parece real.

Luciana lo miró. Y por un instante, él vio algo en sus ojos que lo desarmó: una mezcla de dolor, orgullo y una esperanza que luchaba por no morir.

—Gracias —murmuró ella—. Pero no necesito que me salves.

—Lo sé —respondió él—. Solo quería que supieras que no estás sola.

Desde el salón, Sofía los observaba. Su rostro era una máscara de furia contenida. Esteban lo sabía. Sabía que esa conversación tendría consecuencias. Pero por primera vez en mucho tiempo, no le importaba.

Porque en medio de la opulencia, las mentiras y los flashes, había encontrado algo que no esperaba: la verdad. Y esa verdad tenía nombre. Luciana.

Esteban regresó al salón con el pulso acelerado. La conversación con Luciana lo había dejado inquieto, como si algo dentro de él se hubiera movido de sitio. No era sólo compasión. Era algo más profundo. Algo que no podía nombrar todavía, pero que lo empujaba a mirar más allá del espectáculo.

Sofía lo interceptó antes de que pudiera sentarse.

—¿Qué fue eso? —le espetó, con la sonrisa congelada y los ojos llenos de furia—. ¿Te volviste loco?

Esteban la miró sin responder. La música seguía sonando, los invitados reían, pero él solo escuchaba el eco de las palabras de Luciana: “No me van a borrar”.

—¿Estás jugando con fuego? —insistió Sofía, bajando la voz—. Porque si lo estás, te juro que te vas a quemar. No voy a permitir que esa cosa arruine lo que hemos construido.

“Esa cosa”. La frase le repugnó. Sofía hablaba de su hermana como si fuera un error biológico, como si su existencia fuera una ofensa personal.

—Luciana no ha hecho nada —dijo él, con tono firme.

—¡Exacto! —respondió Sofía—. No ha hecho nada. Nunca hace nada. Solo está ahí, como un parásito, absorbiendo atención que no le corresponde. ¿Y tú? Tú eres mío, Esteban. No te equivoques.

Esteban sintió que algo se rompía. No tenía miedo. Era hastío. El papel de prometido perfecto, el actor ejemplar, el hombre de portada… todo eso empezaba a pesarle como una cadena.

—No soy propiedad de nadie —dijo, sin levantar la voz.

Sofía lo miró como si no lo reconociera. Luego se giró y se alejó, dejando tras de sí un rastro de perfume y rabia.

Esteban se sentó en una mesa lateral, lejos del centro de atención. Observó a Luciana desde la distancia. Ella estaba sola, junto a una columna, con la mirada perdida en el techo de cristal. Nadie se acercaba. Nadie la incluía. Y, sin embargo, había en ella una fuerza que desafiaba el abandono.

Un empresario se acercó a Esteban con una copa.

—¿Todo bien, Esteban? Te ves distraído.

—Solo pensando —respondió él.

—¿Pensando en la boda? —bromeó el hombre—. Aunque te diré algo… Esa hermana de Sofía, la calladita, tiene algo. No sé qué, pero algo.

Esteban lo miró con atención.

—¿Luciana?

—Sí. Tiene una mirada que no se ve en esta gente. Como si supiera cosas que los demás no entienden. Me dio escalofríos. Pero de los buenos.

Esteban sonrió, por primera vez en la noche.




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