P.O.V Luciana
Me desperté con el sabor amargo de la noche anterior aún en la garganta. El sol de Medellín entraba por la ventana como si no supiera lo que había pasado. Como si no le importara. Me quedé acostada unos minutos, mirando el techo, escuchando el silencio de mi habitación. Ese silencio que siempre me ha acompañado. Que me protege. Que me encierra.
La cena fue una masacre. No hubo sangre, pero sí heridas. Palabras como cuchillas. Miradas como balas. Sofía, mamá, papá… todos dispararon. Y yo, como siempre, me quedé quieta. Me tragué cada insulto, cada humillación, cada risa que me convertía en chiste.
Me levanté despacio. El espejo me devolvió una imagen que ya no me dolía: ojos hinchados, cabello revuelto, la misma cara que ellos detestan. Me puse una camiseta vieja y unos jeans. No iba a fingir belleza. No iba a competir. No me iba a agradar.
En la cocina, la empleada me miró con lástima. Me ofreció café sin decir nada. Yo asentí. No quería hablar. No quería escuchar. Solo quería que el día pasara sin que me recordaran que no pertenezco.
Pero claro, eso era imposible.
—¿Y tú qué haces aquí tan temprano? —preguntó mamá al entrar, con su bata de seda y su perfume de siempre—. Pensé que estarías llorando en tu cuarto como una niña.
No respondí. No valía la pena.
—No te hagas la mártir, Luciana. Tú provocas estas cosas. Con tu actitud. Con tu presencia. Con tu forma de mirar como si fueras mejor que nosotros.
Me giré hacia ella. La miré sin miedo.
—No creo que sea mejor. Pero tampoco soy menos.
Ella soltó una risa seca.
—Por favor. No tienes talento, no tienes belleza, no tienes carisma. ¿Qué tienes, Luciana? ¿Qué te hace pensar que mereces algo?
No respondí. Porque no sabía qué decir. Porque tal vez tenía razón. Porque tal vez yo era eso: un error.
Sofía apareció en ese momento, radiante como siempre, con su celular en la mano y su sonrisa de portada.
—Buenos días, hermanita —dijo con tono burlón—. ¿Ya superaste tu momento de protagonismo?
—No fue protagonismo —respondí—. Fue dignidad.
Sofía se acercó, con esa forma de caminar que parece un desfile.
—Dignidad es algo que se gana. No se reclama. Tú no has hecho nada para merecer respeto. Ni siquiera sabes quién eres.
Me quedé en silencio. Porque eso sí dolía. Porque eso sí era verdad.
¿Quién soy?
La hija que no aparece en las fotos. La que no tiene lugar en la mesa. La que no fue invitada a la fiesta. La que no tiene voz.
Pero también soy la que escucha. La que observa. La que recuerda.
Y eso, algún día, será mi arma.
Esteban me escribió esa mañana. Un mensaje corto. “¿Estás bien?” No sabía si responder. No sabía si confiar. Pero algo en mí quería hacerlo. Algo en mí quería creer que no todos eran como ellos.
Subí a mi habitación. Abrí el cuaderno. Escribí:
> “Hoy me dijeron que no tengo nada. Pero tengo memoria. Tengo palabras. Y tengo rabia. Y eso, aunque no lo parezca, es poder.”
Cerré el cuaderno. Me senté junto a la ventana. Afuera, Medellín seguía viva. Y yo también.
Aunque ellos no lo quieran.
Aunque ellos no lo vean.
Aunque ellos me llamen error.
Yo estoy aquí.
Y no pienso desaparecer.
Hola.
Esta novela la escribí y está completa hace tiempo; tomé la decisión de volverla a subir. Espero que la disfruten.
Editado: 05.04.2026