La Favorita Del Actor

Capítulo 08

El penthouse de los Domínguez amaneció con el brillo helado de las ventanas panorámicas. A través de sus ventanales, la ciudad palpitaba con su ritmo imparable: el tráfico, los vendedores ambulantes, el murmullo de la rutina. Dentro, sin embargo, reinaba un silencio tenso. Sofía Domínguez caminaba de un extremo a otro del salón principal, sosteniendo el teléfono contra la oreja como si fuera un arma cargada.

—¡Contesta, maldita sea! —gruñó, apretando los labios mientras el móvil vibraba en su mano—. ¿Dónde demonios está ese idiota?

Los asistentes personales evitaban mirarla. En la esquina, el florero con orquídeas exóticas parecía esperar la orden de volar por el aire. El contestador automático comenzó a reproducir de nuevo la retahíla de “no está disponible” en voz neutra. Sofía colapsó en el sillón, la falda de seda formando pliegues perfectos, y dejó escapar un suspiro asesino.

—¿Así que vas a ignorarme como a esa… a esa cosa? ¡Esteban, cariño, contéstame!

Golpeó con el talón la mesa de cristal. Las copas de cristal tintinearon. El silencio se condensó en cada esquina del penthouse. Finalmente, colgó de mala gana y señaló con el dedo a la ventana.

—Quiero que aparezcas en la gala de hoy. Necesito que pongas fin a estos rumores. ¡Exijo que hables con la prensa y desmientan esa basura!

Un asistente levantó la mano en gesto de petición.

—Señorita, le recuerdo que el rodaje termina a las nueve. Si va a la gala, no llegaría a las escenas de mañana.

Sofía lo fulminó con la mirada.

—Dile a producción que retrase todo. ¡Y consigue el número de teléfono de esa reportera para que la invite personalmente! —ordenó, incorporándose con fertilidad—. Nadie va a hablar de Luciana Domínguez más que yo. ¿Entendido?

Los asistentes asintieron al unísono. Su voz, calculada y cortante, reflejaba la paranoia que la consumía: si Esteban cedía un centímetro, todo su imperio de perfección saltaría en pedazos.

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A cientos de metros de altura, en un set improvisado dentro de un hospital de utilería, Esteban Fernández recitaba su texto con la naturalidad que el público adoraba. Sin embargo, sus pensamientos se deslizaban al penthouse y a la voz enojada de Sofía. Cada vez que fingía consuelo para un actor juvenil, imaginaba el rostro de Luciana: concentrada, firme, salvando vidas sin mirar quién la veía.

Durante un corte técnico, su asistente de prensa se le acercó con una tablet en la mano.

—Señor, tiene un nuevo titular viral. La sección de salud de un canal online habló sobre tu “coincidencia” en la universidad, más allá de la boda. Y menciona a Luciana como “la médica misteriosa que vive bajo la sombra de su hermana famosa”.

Esteban frunció el ceño. Abrió la tablet despacio y leyó el encabezado:

“La heroína oculta: la hermana de Sofía Domínguez que está salvando vidas sin buscar reflejos”.

La nota combinaba fotos de archivo de Luciana con imágenes de su bata blanca, y un breve vídeo de su discurso ante la universidad. Un párrafo destacaba su top 3 en la clase de medicina y su reciente premio al mérito clínico. Comentarios de admiradores elogiaban su humildad; haters la acusaban de oportunista. Pero algo en el texto lo despertó.

“Asombroso”, pensó. “Ella no busca atención. Y aun así la reciben”.

Guardó la tablet y se volvió al director.

—Estoy listo.

Sonrió ante las cámaras, pero por dentro algo chispeaban: orgullo, curiosidad, una determinación nueva. No sabía cómo ni cuándo, pero este rumor se convertiría en la chispa para conectar los dos mundos que se entrechocaban dentro de él.

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Mientras tanto, en la Universidad San Lucas, los pasillos se llenaron de estudiantes comentando el reportaje. Luciana llegó con su mochila al hombro y el chaleco manchado de sangre seca. Ni siquiera se molestó en ocultarlo. Ese chaleco representaba a un paciente que vivía gracias a sus manos, no a la indiferencia de su familia.

—¿Viste el vídeo? —preguntó una compañera al cruzársela—. Dicen que eres la próxima ‘estrella de la medicina’. La Jefa de residentes quiere hablar contigo para un seminario.

Luciana sonrió sin alardes.

—Gracias. Les avisaré.

Se dirigió al laboratorio para preparar clases prácticas de anatomía. Allí, el profesor Restrepo la esperaba con una carpeta.

—Luciana, buena nota en el reportaje. Me han pedido que organicemos un taller de simulación para los estudiantes de segundo año. ¿Aceptas?

—Claro —respondió, ajustándose los guantes—. Siempre que no sea para llamar la atención, sino para formar médicos.

Él rió con afecto.

—Lo haremos a tu manera.

Murió de ganas de abrazarlo, pero contuvo el impulso. Sabía que la ciencia no exige gestos grandilocuentes, sólo resultados. Y ella ya sabía que, por mucho que el mérito floreciera aquí, en casa todo seguiría igual.

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De regreso al set, Esteban notó un revuelo inusual. Sofía apareció entre bastidores con su séquito: estilistas, asistentes y un equipo de relaciones públicas. Venía lista para una “sorpresa de prensa”. Él se quedó quieto, con el corazón palpitando.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, su voz contenida.

—¡Sorpresa! —anunció ella con sonrisa de batalla—. Te traje a mis reporteras para que aclaren… los rumores.

Las cámaras improvisadas apuntaron a él. Un micrófono se le acercó casi sin aviso.

—Esteban, ¿puedes decir algo sobre tu relación con Luciana? ¿Crees que su trabajo médico te complica la vida?

El director hizo una mueca. Esteban respiró hondo.

—Mi trabajo no depende de… —titubeó—. Mi vida no está condicionada por rumores. Estoy aquí para grabar.

Sofía se acercó, más cerca de la cámara, irradiando la perfección que construía con tanta obsesión.

—Habla claro. ¿Te molesta que la gente admire a mi hermana menor? —insistió.

Sentía el set transformarse en jaula. Las luces eran focos de tortura. La prensa se entrelazaba con el elenco. Todo giraba alrededor de una verdad incómoda: Esteban no podía ocultar lo que sentía.




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