La Favorita Del Actor

Capítulo 09

Luciana

El hospital despertaba con los primeros rayos del sol, filtrándose a través de las ventanas altas del ala de emergencias. El pitido constante de los monitores y el murmullo de las alarmas eran mi banda sonora favorita. Allí, entre el caos ordenado de camillas y batas, me sentía dueña de mi propia historia.

Hoy me asignaron la sala de monitoreo neonatal. Había un recién nacido con síndrome de dificultad respiratoria. Sus minúsculos pulmones luchaban contra la gravedad y la premura. Mientras preparaba el CPAP, recordé la primera vez que sostuve un estetoscopio: mi corazón latía con fuerza ante la responsabilidad de registrar cada suspiro ajeno.

La jefa me observó en silencio y, al término de la ronda, asintió con un gesto que valía más que mil elogios familiares.

—Luciana, la evolución de ese bebé es gracias a tu seguimiento. Buen trabajo.

El reconocimiento brotó sin estridencias, pero me colmó de energía. Por primera vez en años, sabía que mi valor no dependía de la aprobación de los Domínguez.

Guardé el cuaderno en el bolsillo de la bata y anoté:

> “Hoy vi cómo un pequeño deja de luchar solo. Mis manos lo acompañaron. Y en ese silencio, encontré mi lugar.”

Antes de salir, releí las palabras. Eran un acto de protesta silenciosa contra el desprecio que me arrojaría al volver a casa.

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Esteban

El set de grabación lucía más caótico de lo habitual. El rodaje de la telenovela “Sombras de Amor” entraba en su recta final y todos querían su minuto de gloria. Habitualmente, me sumergía sin pensar en nada más que en las cámaras, pero esta vez mi mente volaba hacia el hospital, hacia el chaleco manchado de sangre que Luciana no se quitaba, como un trofeo de verdad.

Mi primer bloque fue una escena en la que debía abrazar a mi “madre” tras la confesión de un amante infiel. La utilería del salón de una mansión imitaba a la perfección el lujo de nuestro penthouse. Pero yo veía más allá de los muebles: veía a la mujer que ocupa mis pensamientos sin disfraz, sin guión.

—¡Acción! —gritó el director—. Y llora, Esteban, llora con dolor genuino.

Las lágrimas fluyeron, pero no por el personaje. Fueron por la impotencia de saber que Luciana salvaba vidas reales mientras yo fingía salvar corazones rotos en una ficción. Cuando cortaron, busqué mi celular. Un mensaje de ella:

> “Hoy el bebé respira sin apoyo. Gracias por escucharme anoche.”

Guardé el móvil con un nudo en la garganta. Por primera vez, los flashes y las portadas me parecían absurdos.

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Sofía

El teléfono no dejaba de vibrar. Suenan los mensajes de relaciones públicas, los “felicitaciones” de compañeros de pasarela, incluso una invitación urgente a una sesión de fotos en Miami. Sofía contestaba de mala gana, obligando a su equipo a calmarla con agendas y cronogramas.

Su mente no estaba en las revistas, sino en el rumor que crecía día a día: la prensa empezaba a llamarla “la otra Domínguez”, “la olvidada”. Y Esteban, el actor del momento, había dejado de verla como su única protagonista.

En su propio espejo, la perfección lucía tensa. Se obligó a recomponer el maquillaje, a repasar en voz baja el discurso para la gala benéfica de la noche. Iba a ser una oportunidad de oro para apagar las llamas de la “hermana médica”. Iba a demostrar que ella, Sofía, era la perfección absoluta: la modelo, la influencer, la futura señora Fernández.

Pero bajo su falda de satén, el talón tamborileaba con ansiedad. No era solo la boda. Era la sensación de que, mientras ella brillaba en pasarelas y portadas, su propia sangre se robaba las miradas más auténticas. Y nadie, ni siquiera su madre o su padre, se atrevía a reconvenirla. Porque Sofía dominaba el escenario familiar como reina absoluta.

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Ese mismo atardecer, Esteban recorrió a pie el barrio El Poblado hasta un café casi oculto en una callecita de adoquines. El lugar era discreto: mesas de madera, luces tenues, sin Wi-Fi para clientes ajenos. Solo un café de origen y bocados de autor.

Luciana ya estaba allí, sentada en una mesa de rincón. La bata blanca colgaba de su silla y, encima, reposaba su cuaderno abierto en la página donde había escrito lo del bebé. Al verme entrar, sus ojos se iluminaron con el brillo de quien encuentra refugio.

—Te traje té verde —dijo él—. Dijiste que te ayudaba a descansar.

—Gracias —respondió ella, tomando la taza con cuidado—. Hoy fue un día largo.

Esteban se sentó frente a ella. El murmullo de conversaciones en otros idiomas creaba un velo íntimo que los aislaba.

—Leí tu nota —confesó él, señalando el cuaderno—. El valor de sostener una vida… me abalanzó por dentro.

Luciana soltó una risa leve, cansada.

—Somos parecidos. Tú sostienes historias que, en el fondo, no existen. Yo sostengo cuerpos que viven. Pero ambos necesitamos creer que hacemos algo real.

Él la miró con admiración.

—Lo haces muy bien.

Ella bajó la vista.

—A veces pienso que todo este sacrificio no sirve de nada. Que mi familia no lo ve. Que me olvidan.

—Yo no —respondió sin dudar—. Yo te veo. Y estoy dispuesto a demostrarle al mundo que tu voz importa.

Un silencio cargado de promesas se tendió entre ellos. Las hojas del cuaderno crujieron cuando Luciana buscó una página en blanco.

—Voy a escribir algo —anunció ella—. Una carta abierta. Una confesión sobre lo que significa ser médico y ser ignorada. Necesito sacarlo.

Esteban sonrió.

—Yo la publicaría. Con tu nombre. Con tu historia.

Sus manos rozaron las de ella. El contacto fue breve pero intenso, una chispa de complicidad que no necesitaba más.

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Mientras tanto, en el penthouse, Sofía llamó a su jefe de prensa con voz tensa.

—Quiero una campaña de desprestigio suave. Busquen filtraciones: un paciente descontento, un rumor de negligencia de Luciana. Quiero que la gente dude de su “brazo salvador”.




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