La Favorita Del Actor

Capítulo 11

La noticia rodó como pólvora antes de que el eco del aplauso amainara. Al salir de la universidad, Luciana encontró su teléfono saturado de notificaciones: mensajes de colegas, exámenes médicos pidiendo su opinión, pacientes agradecidos. Pero también sirenas de noticias y titulares sensacionalistas que la acusaban de “mala praxis” y “arrogancia médica”. Sintió un nudo en la garganta, pero el abrazo de Esteban le recordó que no estaba sola.

En el penthouse de los Domínguez, la familia estaba reunida en torno a un almuerzo de urgencia. Doña Elena, impecable en un traje de seda, ojeaba con desdén un dossier que alguien le alcanzó. Don Rafael fruncía el ceño mientras repasaba el extracto de un canal digital: “Escándalo Domínguez: ¿la doctora insegura está poniendo en riesgo vidas?”. Sofía, sentada al lado de su madre, sonreía con crueldad contenida, disfrutando cada bocado de humillación ajeno.

—¿Cómo pudiste permitir que te pusieran en este ridículo? —exigió Doña Elena a Luciana con voz tensa—. Has dañado todo el legado familiar.

Luciana mantuvo la calma. Respiró hondo y contestó con voz baja pero firme:

—No elegí la polémica. Elegí defender mi práctica. Porque si la vida de un solo bebé está en juego, prefiero mil titulares de escándalo a un solo error médico.

En el silencio que siguió, Sofía alzó la mirada, orgullosa de su primera línea de ataque. Pero encontró el vacío al otro extremo de la mesa: Esteban, con el ceño fruncido, observaba a Luciana desde su plato de ensalada sin tocar ningún bocado. Sus ojos le dieron fuerzas para seguir adelante.

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La cena se celebró sin hospitalidad. En lugar de la logística social habitual, los invitados eran periodistas y productores invitados por Sofía. Flashes rebotaban en los cristales. Micrófonos escondidos captaba cada sílaba. Y Luciana, con su bata guardada en el armario, se sentó en una silla al fondo, sintiendo el peso de todas las miradas afiladas.

—Dra. Domínguez —preguntó un reportero amable—, ¿planea renunciar a sus prácticas para evitar más “controversias”?

El silencio de Luciana fue una respuesta que resonó más fuerte que cualquier comunicado. Esteban se levantó y colocó su mano en el respaldo de la silla:

—Luciana no renunciará. Ni a su vocación ni a su ética.

Los flashes estallaron. La sala se estremeció. Sofía se levantó con un suspiro controlado, recogió su copa y comentó:

—Entonces, supongo que tendremos que seguir hablando de esto.

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Al día siguiente, en la sala de urgencias, la atmósfera estaba cargada. El equipo de residentes se reunió en círculo con Luciana al frente. Habían impreso un comunicado interno apoyándola y lo leían en voz alta: reconocimiento a sus protocolos, testimonio de enfermeras que alababan su paciencia, firmas de padres agradecidos. Cada rúbrica era un clavo en el ataúd de las calumnias.

La jefa de departamento la miró con orgullo:

—No tienen pruebas de negligencia. Solo rencor. Nosotros seguiremos trabajando contigo.

Luciana sonrió, con la bata salpicada de café y alguna gota de solución salina. En sus manos temblaba el cuaderno donde anotaba cada paso de esa batalla.

—Gracias —dijo—. Ahora, manos a la obra. Hay pacientes que nos necesitan.

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Mientras tanto, Sofía trazaba su siguiente movimiento. Reunida con su jefe de prensa y el abogado de confianza, decidió filtrar la versión de un supuesto expediente interno que señalaba “tensiones” entre la Dra. Domínguez y un residente novato. Envió correos anónimos a portales de farándula médica, advirtiendo de una “investigación confidencial”. Al mediodía, el rumor explotó: “Médica Domínguez bajo revisión interna por denuncias de malos tratos”.

Sofía observó las pantallas con satisfacción. Cada cliqueo de ratón, cada tuit sarcástico, la alimentaba. Creía que estaba jugando un ajedrez perfecto: piezas de desprestigio moviéndose a su antojo. No contaba con la energía contenida de Luciana.

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Esa tarde, Luciana revisaba estudios en la biblioteca de la universidad cuando su celular vibró. Un mensaje de la directora de su residencia:

> “El departamento de Ética Médica solicita tu presencia inmediata. Discutiremos las ‘denuncias anónimas’.”

El pulso le dio un vuelco. Sabía que se enfrentaba otra vez al filo de la navaja. Tomó aire y caminó hacia la sala de reuniones. Un grupo de profesores y directores la esperaba con carpetas y mirada inquisitiva.

—Hay cuatro denuncias anónimas —empezó la directora—. Hablan de “humillaciones” a residentes, “trato hostil” a familiares y “conducta poco profesional”.

Luciana apartó las gafas de lectura y se puso de pie:

—Soy la primera en desear aclarar cada caso. Cada residente que crea haber sido maltratado puede comparecer. Cada familiar puede presentar su testimonio. No temo las verdades.

Los profesores intercambiaron miradas. Tras un suspiro, la jefa de Ética golpeó la mesa con suavidad:

—Entonces, iniciaremos una investigación formal. Se darán turnos para los entrevistados.

Luciana guardó silencio, pero en su mente surgió un mapa de estrategias legales y testimonios a su favor. La contienda apenas comenzaba.

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La familia Domínguez recibía llamadas de empresarios preguntando si la boda seguiría en pie. Los patrocinadores suspiraban. La alta sociedad murmuraba. Todo giraba en torno a la doctora marginada. Sofía, frente al espejo de su camerino, repasaba su speech para la gala benéfica. Esta vez, ya no valdría el lujo ni la influencia sola. Necesitaba una prueba tangible contra Luciana, un golpe que la dejará sin oxígeno.

Llamó de nuevo a Esteban:

—Si no sales conmigo esta noche a los programas, publicaré el expediente interno «filtrado». Y no habrá manera de borrarlo.

Él dudó. Pero esta vez su respuesta fue distinta:

—No jugaré este juego.

Y colgó.

Sofía apretó los puños. Por primera vez, la victoria se le escapaba de las manos.




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