La Favorita Del Actor

Capítulo 12

El corredor de la Unidad de Cuidados Intensivos neonatales olía a desinfectante, a esperanza y a la urgencia latente de cada vida frágil. Luciana Domínguez llegó temprano, como cada mañana, con la bata aún salpicada de café y el cuaderno en el bolsillo del pecho. Aquella sala era su refugio después de la tormenta: aquí, ningún dossier fabricado por su hermana mayor podría mellar su convicción de acompañar cada suspiro.

Al entrar, el equipo de enfermeras la recibió con sonrisas cómplices y miradas de apoyo. La residente Lara, que había sido acusada de “humillación” en el expediente anónimo, se acercó a paso firme.

—Dra. Domínguez, buenos días. El bebé de la incubadora 4 mejora a buen ritmo. Quería mostrarle sus gases arteriales de ayer, comparados con los de hoy.

Luciana se detuvo junto al box, miró los monitores y asintió.

—Excelente. Sigue bajando la presión pulmonar. El protocolo está funcionando. Buen trabajo, Lara.

La joven enfermera exhaló un suspiro de alivio.

—Gracias, doctora. Después de esas acusaciones, temí que me separaran del servicio. Usted confió en mí.

Luciana sonrió con ternura.

—El único informe válido es el que hagamos todos los días en equipo. Y cada avance de este bebé es mérito de todos.

Mientras tomaba notas en su cuaderno, el pitido de un monitor llamó su atención hacia otro recién nacido. Allí la esperaba un niño prematuro con signos de sepsis. Luciana inhaló profundo y se encaminó al otro box. A cada paso, sentía el pulso de su vocación más vivo que nunca, nítido contra el ruido mediatizado de su familia.

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Del otro lado de la ciudad, el set de grabación de “Sombras de Amor” hervía de actividad. La producción había retrasado los horarios para terminar el bloque de escenas dramáticas a última hora, y Esteban Fernández lo sentía como un sacrificio. Aquella mañana, su celular vibró sin cesar con mensajes de agentes, directores y hasta de Sofía exigiendo explicaciones. Él, decidido a virar el timón de su propia vida, ignoró las llamadas, centrado en el guión que tenía en las manos: un padre desesperado que pedía un diagnóstico para salvar a su hija.

En la sala de maquillaje, su asistente le entregó un folder.

—Son las primeras críticas tras su escándalo familiar —dijo con voz queda—. “Un actor en crisis: ¿cómo afectará esto la telenovela?” “Esteban Fernández pierde seguidores tras ruptura con la modelo Sofía Domínguez”.

Esteban dejó el folder sobre la mesa, sin mirarlo. En su reflejo vio un hombre que ya no encajaba en los titulares. Un hombre que buscaba algo más real que un personaje de guión.

—¿Listo para la próxima toma? —preguntó el director desde la puerta.

Esteban asintió y se acercó al set, llevando en el bolsillo un mensaje de Luciana:

> “Hoy la cirugía neonatal podría requerir extraer líquido de la pleura. Cruzaré los dedos por ti.”

Guardó el teléfono y entró en escena. Aquella tarde, cuando el director gritó “¡Corte!”, las lágrimas que brotaron fueron de compromiso auténtico, no solo por el personaje, sino por la vida que se jugaba en cada decisión médica. Lo que otros llamaban crisis, él lo llamaba renacimiento. Y cada lágrima improvisada brotaba de la misma fuente: su admiración por Luciana y la nobleza de su oficio.

En el penthouse de los Domínguez, la calma era un disfraz. Sofía Domínguez, vestida con un traje satinado color marfil, repasaba los boletines virales proyectados sobre la ventana. Cada tuit encendido, cada video de “opinólogos” hablando de la “doctora traidora” la alimentaba de rabia. Sabía que su siguiente movimiento definiría su reinado: no podía permitirse otro traspié ante una hermana que acelera conquistas mucho más profundas que portadas de revista.

—Tenemos que ir a la ofensiva —dijo a su jefe de prensa—. Nada de señalamientos blandos. Quiero entrevistadores que la citen con nombres y apellidos. Quiero que cuestionen su historial académico, su “falta de independencia” y hasta su receta de café en la sala de urgencias.

El jefe de prensa asintió con cautela.

—Conozco a un par de periodistas dispuestos a esparcir dudas. Y un ex compañero de residencia que está buscando fama.

Sofía sonrió con satisfacción.

—Perfecto. Y mañana quiero un reportaje extenso: “La familia Domínguez rompe el silencio”. Así, reforzamos la narrativa de la familia unida contra las malas prácticas de la marginada.

Mientras hablaba, una sombra cruzó la pantalla gigante de la sala de reuniones: Luciana, filtrada sin permiso en un reportaje, salvaba a un niño de tres meses de una parada cardiaca. Sofía detuvo la conversación y observó la escena con furia creciente. La verdad de su hermana florecía con más fuerza que cualquier artimaña mediática.

Esa misma noche, Luciana volvió a casa después de un turno maratónico. Al entrar al edificio, el vigilante la saludó con respeto y un auténtico “buenas noches” auténtico. En el penthouse, la luz permanecía encendida en la sala de estar. Esteban la esperaba con dos tazas de té verde humeante.

—Tenía que verte —dijo él, cediéndole una taza—. Vi tu última transmisión en el canal local. Tu voz tembló solo un instante. Fue humano. Fue real.

Luciana apretó la taza contra el pecho.

—Hoy fue duro. Aparecieron heredades de expedientes internos. Rumores de maltrato. Todo lo que mi hermana sembró.

Él apoyó la mano sobre su hombro.

—Y yo vi cómo la sala de operaciones guardó silencio ante ellos. Vi los ojos de tu equipo, confiando en ti. Y vi al bebé respirar al final. Eso es lo único que importa.

Luciana cerró los ojos y apoyó la frente contra su pecho.

—Me siento atrapada— susurró—. Entre el bisturí y los flashazos. Entre quienes mueren por mis errores y quienes mueren de rabia por mis aciertos.

Esteban la abrazó con ternura.

—No estás sola. Construyamos un espacio donde tu voz sea la que marque el pulso.




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