La Favorita Del Actor

Capítulo 16

La mañana amaneció gris sobre Medellín, como si la ciudad misma presintiera que algo estaba a punto de estallar. Luciana abrió los ojos con la sensación de tener el pecho comprimido, no por el peso de Esteban a su lado, sino por el torbellino que la esperaba allá afuera. Apenas giró la cabeza, lo encontró dormido, con el rostro hundido en la almohada. Había algo casi infantil en esa expresión cansada, tan distinta al hombre que ella había visto en las alfombras rojas, siempre perfecto, siempre contenido.

Se levantó en silencio, caminó hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua. El celular sobre la mesa vibraba sin cesar: notificaciones de prensa, llamadas desconocidas, mensajes de colegas de la universidad. Todo parecía arder alrededor de su nombre. Tragó saliva y pensó en lo que significaba la rueda de prensa que Esteban había decidido dar esa tarde. Si antes habían sido un rumor, ahora serían una declaración oficial. Y esa verdad, dicha frente a las cámaras, podría hundirlos o liberarlos.

El sonido de pasos la hizo girar. Esteban apareció en la puerta, despeinado, con una camiseta arrugada. Se frotó los ojos y le sonrió con cansancio.

—No te acostumbras a dormir tranquila, ¿verdad? —murmuró, acercándose para tomarle el vaso de la mano.

Luciana lo miró con una mezcla de ternura y ansiedad.

—No sé si pueda acostumbrarme a esto. A vivir entre titulares.

Él bebió un sorbo de agua y se inclinó para besarle la frente.

—Yo tampoco. Pero quiero que, al menos, lo enfrentemos juntos.

Ella asintió, aunque una punzada de miedo le atravesó el pecho.

La mañana transcurrió en un vaivén extraño. Afuera, en la calle, se escuchaban voces de periodistas que habían logrado ubicar el apartamento. Cada tanto, un destello de cámara se filtraba entre las cortinas cerradas. Luciana intentó concentrarse en repasar algunos apuntes de neonatología, pero las letras se desdibujaban frente a la avalancha de pensamientos. Esteban, por su parte, hablaba en voz baja con su representante, discutiendo la logística de la rueda de prensa.

—Va a ser un circo —dijo él al colgar, frotándose las sienes—. Pero si no hablamos ahora, la historia la seguirá contando Sofía.

Luciana lo miró desde el sofá.

—¿Y si ella ya tiene algo preparado? Conociéndola, no se quedará de brazos cruzados.

Esteban se encogió de hombros.

—Que lo haga. No podemos seguir viviendo con miedo a sus amenazas.

El silencio se instaló entre los dos. A Luciana le pesaba no solo el miedo, sino la certeza de que Sofía siempre encontraba la manera de golpear donde más dolía.

Cuando llegó el mediodía, Luciana decidió salir a comprar algunas cosas al supermercado cercano. Esteban quiso acompañarla, pero ella insistió en que necesitaba unos minutos sola, aunque sabía que los fotógrafos la perseguirían. Al salir del edificio, las cámaras se abalanzaron sobre ella como una jauría.

—¡Luciana, ¿qué opinas de la rueda de prensa?!
—¡¿Estás enamorada de Esteban Fernández?!
—¡¿Qué le dices a Sofía Domínguez, que asegura que la traicionaste?!

Luciana apretó el paso, ignorando los flashes, y entró en la primera tienda abierta. Su respiración era agitada, como si hubiera corrido kilómetros, y, sin embargo, lo único que había hecho era caminar una cuadra. Tomó lo necesario, pagó rápido y salió por la puerta trasera para evitar a los reporteros. Caminó sola por una calle más tranquila, donde los vendedores ambulantes apenas la reconocían.

Se detuvo frente a una vitrina y, por un instante, se vio reflejada: una mujer con bata de médica doblada bajo el brazo, el cabello recogido sin esmero, el rostro cansado. ¿Era esa la imagen de la mujer que decían había robado al actor más deseado del país? Una risa amarga le subió a la garganta. Sofía siempre había sido la del glamour, la perfección, la portada. Ella, en cambio, apenas era alguien que había aprendido a sobrevivir en silencio.

Cuando regresó al apartamento, Esteban la esperaba en la sala. Parecía más inquieto que nunca, con el celular en la mano.

—Me escribió Sofía —dijo, mostrándole la pantalla.

El mensaje era corto, pero letal:

“Si te atreves a humillarme en público, mostraré todo lo que sé. Y créeme, no será bonito.”

Luciana sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Qué significa?

Esteban negó con la cabeza.

—Probablemente nada. Sofía amenaza por costumbre. Pero puede inventar cualquier cosa.

Ella se sentó junto a él, apretándole la mano.

—Entonces tenemos que estar listos. No podemos dejar que su mentira pese más que nuestra verdad.

Él la miró con una mezcla de admiración y culpa.

—¿Te das cuenta de lo valiente que eres? Yo, que llevo años bajo los reflectores, me siento aterrado. Y tú, que siempre viviste en las sombras, eres la que sostiene todo esto.

Luciana sonrió con tristeza.

—Tal vez porque ya me acostumbré a pelear sola.

Esteban la abrazó fuerte, como si quisiera protegerla de todo.

La tarde cayó con una lentitud insoportable. Cuando por fin llegó la hora, se vistieron con sencillez. Esteban con una chaqueta oscura, Luciana con una blusa blanca y un pantalón sobrio. Ninguno buscaba aparentar nada, solo hablar con claridad.

El camino hacia el hotel donde se haría la rueda de prensa fue un infierno de fotógrafos y gritos. Luciana sintió el pulso en las sienes, el sudor en las manos, la presión de un país entero sobre sus hombros. Pero cuando Esteban le tomó la mano en medio de la multitud, respiró hondo y avanzó.

La sala estaba llena de periodistas, luces, cámaras encendidas. El murmullo era ensordecedor. Cuando ellos entraron, el silencio cayó como un golpe. Todos esperaban. Todos querían sangre.

Esteban se acercó al podio, con Luciana a su lado. Tomó el micrófono y su voz sonó firme, aunque sus dedos temblaban apenas.

—Gracias por estar aquí. Sé que lo que voy a decir no será fácil de aceptar para muchos, pero necesito ser honesto.




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