La Favorita Del Actor

Capítulo 17

El murmullo estalló como un trueno. Preguntas se dispararon desde todos los rincones. Luciana sintió que las luces la cegaban, pero no apartó la mirada de Esteban.

En ese momento, las pantallas del salón se encendieron de improviso. Una voz en off comenzó a reproducirse: audios editados, supuestamente de Luciana hablando con frialdad en la sala de urgencias, burlándose de pacientes, descalificando a colegas. Las imágenes eran borrosas, pero suficientes para provocar un escándalo.

El público enmudeció. Esteban golpeó la mesa, furioso.

—¡Eso es mentira! ¡Es un montaje!

Luciana, sin embargo, no se movió. Inspiró hondo y dio un paso al frente.

—Quiero que me escuchen. Soy médica. He cometido errores como cualquiera, pero jamás he faltado al respeto a un paciente. No voy a permitir que manipulen mis palabras para destruirme. Si quieren pruebas, revisen los registros del hospital, hablen con los pacientes reales. Yo no necesito defenderme de mentiras.

Su voz resonó más fuerte que el eco de los audios falsos. Por primera vez, no temblaba. Esteban la miraba con una mezcla de orgullo y dolor.

Las preguntas volvieron a llover, pero Luciana sostuvo la mirada. No huyó. No se quebró.

Cuando salieron de la sala, los flashes los siguieron como una jauría. Afuera, la lluvia caía otra vez, mojándoles el rostro. Esteban la abrazó con desesperación.

—Perdóname. Nunca debí arrastrarte a esto.

Luciana apoyó la frente en su pecho y susurró:

—No me arrastraste. Yo elegí. Y lo volvería a hacer.

La ciudad los devoraba con su ruido, con su juicio, con sus miradas. Pero en ese instante, al menos por un segundo, supieron que lo único real era lo que había entre ellos.

***

La ciudad amaneció en un hervidero. La rueda de prensa de la noche anterior se había convertido en la comidilla de cada programa de televisión, cada emisora, cada red social. Algunos hablaban de la valentía de Esteban y Luciana al decir la verdad; otros los despedazaban sin piedad, calificándolos de traidores, inmorales, destructores de una familia ejemplar.

Luciana despertó con el estómago revuelto, como si llevara dentro una piedra imposible de digerir. Intentó levantarse, pero el cansancio le pesaba en cada músculo. En la mesa de noche, el celular vibraba sin cesar. Un mensaje tras otro, todos con enlaces a noticias donde su nombre aparecía en titulares crueles:

“Luciana Domínguez, la hermana que traiciona y destruye.”
“Audios filtrados muestran la verdadera cara de la doctora Domínguez: fría e insensible.”
“¿Puede una mujer así cuidar vidas?”

Sintió un vacío en el pecho. El montaje de los audios había logrado sembrar dudas en todo el país.

Esteban entró a la habitación con dos tazas de café. La miró con ternura y preocupación.

—No mires esas cosas, amor. Solo quieren herirte.

Ella apartó la vista del celular, pero las lágrimas ya se le escapaban.

—No es tan fácil. Si mi nombre queda manchado, no solo pierdo dignidad. Pierdo mi carrera. Nadie confiará en una médica señalada como insensible.

Esteban dejó las tazas y se arrodilló frente a ella, tomándole las manos.

—Yo voy a defenderte. Vamos a demostrar que esos audios son falsos.

Luciana lo miró con los ojos empañados.

—¿Y si ya es tarde? La gente cree lo que quiere creer. Y Sofía sabe dónde golpear.

Un silencio pesado los envolvió.

El día continuó con la tensión creciendo. A media mañana, Luciana recibió una llamada inesperada: era la directora del hospital. Su voz sonaba fría, protocolaria.

—Luciana, necesito que vengas de inmediato.

En cuanto llegó, el aire en la sala de juntas era helado. Varios miembros del comité de ética estaban presentes. En la mesa había un expediente grueso con su nombre en la portada.

—Hemos recibido denuncias formales sobre tu trato hacia los pacientes —dijo la directora, sin rodeos—. Y, después de la difusión de esos audios, el comité ha decidido suspenderte temporalmente mientras se investigan los hechos.

Luciana se quedó helada.

—¿Suspenderme? ¡Esos audios son un montaje!

—Eso lo determinaremos en la investigación —respondió otro médico, con expresión severa—. Mientras tanto, no puedes ejercer en este hospital.

Sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. Toda su vida había girado en torno a la medicina, a salvar vidas, a estudiar noches enteras. Y ahora, de un plumazo, se lo arrancaban todo.

Salió del hospital con la bata doblada en los brazos, como si fuera un cadáver. Afuera, las cámaras la esperaban. Los periodistas la rodearon con preguntas hirientes.

—¿Es cierto que maltrata a sus pacientes?
—¿Cómo piensa ejercer después de esto?
—¿Cree que Esteban Fernández estará orgulloso de una mujer con esa reputación?

Luciana no respondió. Caminó con el rostro endurecido, aunque por dentro se rompía en mil pedazos.

Cuando llegó al apartamento, Esteban la esperaba ansioso. Al verla entrar con la bata en los brazos y el rostro desencajado, supo lo que había pasado.

—¿Qué te hicieron?

Ella apenas pudo articular las palabras.

—Me suspendieron.

Esteban la abrazó, pero Luciana se mantuvo rígida, como si el contacto no pudiera atravesar el dolor.

—Esto es obra de Sofía —dijo él, con rabia contenida—. Voy a denunciarla públicamente. Voy a desenmascararla.

Luciana negó con la cabeza.

—No. Eso es justo lo que ella quiere: que parezcamos víctimas llorando ante el mundo.

Se apartó de él y dejó la bata sobre la mesa. La miró como quien mira un cuerpo sin vida.

—Todo lo que soy, Esteban… todo lo que luché por construir… ella me lo arrebató en un día.

Esteban quiso hablar, pero las palabras no le salieron. Lo único que pudo hacer fue tomarla de nuevo entre sus brazos, aunque sabía que no bastaba.

Esa noche, Luciana se encerró en el baño y lloró en silencio. No quería que él la viera rota. Se miró en el espejo con los ojos rojos, la piel húmeda de lágrimas, y se preguntó si acaso Sofía tenía razón: si de verdad ella nunca había sido suficiente, si solo había nacido para ser la sombra.




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