La Favorita Del Actor

Capítulo 18

El silencio en el apartamento se había vuelto un enemigo. Luciana lo sentía en cada rincón y en cada respiración que intentaba mantener tranquila. No era el silencio del descanso, era el de la derrota. Se instala cuando parece que todo el mundo está de acuerdo en señalarte.

Esteban dormía en el sofá, con el cuerpo doblado y los pies colgando. Había insistido en quedarse junto a ella, por si necesitaba algo. Pero Luciana llevaba tres noches sin dejarlo dormir en la misma cama. No porque no quisiera que estuviera cerca, sino porque necesitaba acostumbrarse a estar sola con ese peso.

Fuera, el amanecer llegaba pálido, casi triste. En la mesa todavía quedaban restos del café frío y unas hojas arrugadas donde Luciana había intentado escribir algo, pero no pudo. Su mente daba vueltas a las mismas palabras: suspendida, denuncia, fraude ético. La vida que había construido con esfuerzo se desmoronaba, como si no tuviera base alguna.

Tomó su bata doblada, que había dejado encima de la mesa desde que la quitaron, y la apretó contra el pecho. Tenía el olor del hospital, del desinfectante y del cansancio. Un olor que ahora formaba parte de ella, pero que ya no podía tocar.

Esteban se movió en el sofá, medio dormido.

—¿Otra vez despierta? —murmuró con voz ronca.

Luciana no respondió. Él se levantó, caminó hacia ella y la abrazó por detrás.

—No quiero que te apagues, Lú.

Ella apoyó la frente en el dorso de su mano.

—No estoy apagada. Solo intento no romperme.

Él cerró los ojos, impotente. Quiso salvarla, pero en el intento la arrastró a un abismo.

Sonó el timbre. Ambos se miraron, sin esperar visitas.

Cuando Luciana abrió la puerta, el pasillo se volvió pesado. Era su madre: Doña Elena, impecable como siempre, con el cabello bien recogido, el perfume caro, la mirada de hielo.

—Mamá…

—¿Podrías dejarme pasar? —dijo Elena sin sonreír.

Luciana se apartó del marco y dejó que entrara. Esteban se levantó incómodo en el sofá.

Elena recorrió el apartamento como quien inspecciona una herida abierta.

—No esperaba que vivieras así —dijo, mirando con desdén—. Pero, en realidad, no me sorprende.

Luciana respiró profundo.

—¿Qué quieres, mamá?

Elena se giró hacia ella.

—Vine a pedirte que te vayas.

Sus palabras la golpearon fuerte.

—¿Qué dices?

—Destrozaste a nuestra familia. Humillaste a tu hermana, a tu padre y a mí. No sabes cuánto daño nos hiciste. Rafael no puede salir sin que lo señalen. Sofía no deja de llorar. —Su tono era frío, pero sus ojos brillaban de rabia—. Si tienes algo de decencia, toma tus cosas y vete del país.

Luciana quedó quieta, en el suelo. Esteban se acercó, pero ella levantó una mano para detenerlo.

—¿Piensas que soy una vergüenza? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Eso crees?

—No pienso, lo veo. Desde que llegaste arruinaste todo. No fuiste como Sofía: ella nació para brillar. Tú… solo existes.

Esas palabras le atravesaron como cuchillos. Luciana sintió que el aire se le escapaba.

—Siempre la defendiste —dijo con voz temblorosa—. Siempre fuiste incapaz de ver lo que hacía.

—No me hables así —replicó Elena, alzando la voz—. Ella cometió errores, pero no destruyó nuestra familia. Nunca se metió con el prometido de su hermana.

—Yo no me metí con nadie. Me enamoré.

—¡Te metiste con su prometido! —gritó Elena, perdiendo el control por primera vez—. ¡Y tu padre te odia por eso!

Luciana dio un paso atrás, con un nudo en el estómago.

—¿Papá… me odia?

Elena no respondió. Su silencio fue suficiente.

Esteban intervino, con voz firme.

—Doña Elena, esto no va a arreglarse así.

Ella lo miró con desprecio.

—Deberías ser el primero en avergonzarte. Un hombre de tu edad, jugando con dos hermanas. Eres un cobarde, Esteban.

Él bajó la cabeza, sin responder. Sabía que no cambiaría su opinión.

Elena se dio la vuelta y salió. Antes de irse, se detuvo.

—Luciana, si todavía tienes algo de respeto por nosotros, no te acerques más a Sofía. Déjala sanar. Olvídanos y que no existas más.

Después de que se cerró la puerta, el silencio volvió, pero de otra forma. No el de la derrota, sino el vacío total.

Luciana se dejó caer en el suelo, abrazando sus rodillas.

—Mi propia madre… —susurró—. Mi padre me odia…

Esteban se acercó, queriendo tocarla, pero ella apartó la mano.

—No digas nada. No quiero consuelo. No ahora.

Se quedó quieto, viéndola llorar, entendiendo que algunas cosas ni el amor puede arreglar.

El resto del día fue como una nube. Luciana no hablaba. Solo se sentaba en la ventana, mirando la lluvia caer, buscando respuestas en las gotas. En un momento, Esteban le dejó el cuaderno en las piernas.

—Escribe —le dijo con suavidad—. Usa esto para lo que siempre usas el dolor.

Ella abrió el cuaderno, tomó el bolígrafo, y empezó a escribir sin pensar. Las palabras salían solas:

“Mi madre me borró. Mi padre me niega. Y mi hermana me odia con una intensidad que da miedo. Pero aun así, respiro. No sé por qué, ni para qué, solo respiro. Quizá porque todavía hay una parte de mí que cree que algún día volveré a ser alguien, aunque no sea para ellos.”

Cuando levantó la vista, Esteban seguía allí, mirándola con ese amor cansado que también dolía.

—¿Todavía quieres seguir conmigo después de todo esto? —preguntó ella.

—Ahora más que nunca.

Luciana sonrió triste.

—No sé si algún día podré darte algo más que ruinas.

—Entonces viviremos en ruinas —dijo él—. Pero juntos.

Ella apoyó la cabeza en su pecho. Por un momento, el mundo pareció detenerse.

Esa noche, mientras dormían abrazados, Sofía miraba una foto en su celular: Luciana llorando en el suelo del apartamento, tomada por uno de los fotógrafos que ella misma había contratado para vigilarla.

La amplió con los dedos y Sonrió.




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