La Favorita Del Actor

Capítulo 19

Luciana despertó con un sobresalto. El ruido del celular vibrando sobre la mesa la sacó del sueño, o tal vez de la pesadilla. Eran las tres y diez de la madrugada. Por un segundo dudó si contestar o no. Luego, la pantalla se iluminó: número desconocido.

Respondió con un hilo de voz.

—¿Aló?

Silencio.

—¿Quién es?

El silencio duró apenas unos segundos más. Después, una respiración. Lenta. Casi disfrutando el momento. Y una voz distorsionada, grave, sin emoción.

—No te duermas tranquila, Luciana. No lo mereces.

El corazón se le detuvo.

—¿Quién eres? ¡¿Quién eres?!

Pero la llamada ya había terminado.

Luciana dejó caer el teléfono sobre la mesa. Le temblaban las manos. En el reflejo del ventanal vio su propio rostro pálido, los ojos hinchados, el miedo. Esteban dormía en el sofá, y por un momento pensó despertarlo. No lo hizo. Se abrazó a sí misma y se quedó mirando la oscuridad hasta que el amanecer empezó a teñir las paredes de gris.

A las siete, Esteban la encontró sentada en el suelo, con el celular entre las manos.

—¿Otra vez no dormiste? —preguntó, acercándose—. Tienes los ojos rojos.

Ella lo miró sin decir nada y le pasó el teléfono. Le mostró el registro de llamadas.

—Me llamaron. A las tres.

Esteban leyó, frunciendo el ceño.

—Número privado.

—Dijeron mi nombre. —Luciana tragó saliva—. Dijeron que no debía dormir tranquila.

Él apretó el celular, furioso.

—¡Maldita sea! Voy a la policía, ahora mismo.

—¿Y qué les vas a decir? —preguntó ella, con voz seca—. Que alguien me odia. Ya lo saben. No van a hacer nada.

Esteban se agachó y la abrazó.

—No me digas eso, Lú. No me digas que te vas a rendir.

Ella apoyó la frente en su pecho.

—No me rindo. Solo estoy cansada.

Él cerró los ojos.

—Vamos a poner cámaras. Voy a cambiarte el número. No quiero volver a verte así.

Luciana no respondió. Se limitó a respirar contra su pecho, tratando de calmar el temblor en las manos.

En otra parte de la ciudad, Sofía estaba sentada frente a su tocador. Llevaba la bata de seda arrugada, el cabello enmarañado, los ojos hinchados. El maquillaje corrido le daba un aire de mujer al borde del colapso. En la pantalla de su celular, la grabación de su propia voz distorsionada sonaba una y otra vez.

—“No te duermas tranquila, Luciana…”

Volvió a reproducirla. Y sonrió.

En la mesa había varios chips de teléfono, un vaso de whisky a medio terminar y un cenicero con cigarrillos apagados. Sofía levantó uno de los chips con los dedos y lo observó como si fuera una joya.

—No te imaginas lo fácil que es asustarte, hermanita —susurró—. No te imaginas lo fácil que es destruirte.

De repente, la puerta del dormitorio se abrió. Elena entró sin tocar.

—¿Qué estás haciendo?

Sofía dio un brinco, ocultando el teléfono bajo una carpeta.

—Nada. ¿Por qué entras así?

—Porque ya no confío en ti —respondió la madre, con voz cansada—. No comes, no duermes, no dejas de hacer llamadas en la madrugada. ¿Qué te pasa, Sofía?

—¡Me pasa que esa mujer me robó la vida! —gritó Sofía, poniéndose de pie—. ¿Tú no lo entiendes? ¡Me quitó todo!

—Luciana no te quitó nada —replicó Elena—. Esteban te dejó porque quiso. No porque ella lo obligara.

Sofía soltó una carcajada amarga.

—Claro. La pobrecita inocente. Siempre la víctima. Siempre la preferida del público.

Elena la observó con un nudo en la garganta.

—Sofía, mírate. No eres tú.

—¿Y quién soy entonces? —preguntó Sofía, alzando la voz—. ¿La loca? ¿La histérica? ¿La villana?

—Eres mi hija —dijo la madre, acercándose—. Pero me estás dando miedo.

Sofía retrocedió un paso. En sus ojos se mezclaban las lágrimas y la furia.

—¿Miedo? El miedo lo tiene ella. No yo.

—Ya basta, Sofía. No sigas.

—No, mamá —susurró, con una sonrisa torcida—. Ahora es cuando apenas empiezo.

Elena quiso responder, pero algo en la mirada de su hija la detuvo. Esa mirada vacía, desorbitada, que ya no le pertenecía a la Sofía que conocía. Salió de la habitación en silencio, cerrando la puerta tras ella.

Sofía volvió a sentarse frente al espejo. Tomó el vaso de whisky y lo vació de un trago. Luego encendió otro cigarrillo, el quinto de la noche, y marcó un número nuevo.

Luciana estaba en la cocina cuando el mensaje llegó.

Un video. Sin texto, sin remitente. Lo abrió con manos temblorosas. En la pantalla, un clip de apenas cinco segundos: ella misma, cruzando la calle frente al hospital el día anterior. Grabada desde un coche.

El video terminaba con un Zoom lento a su rostro.

Esteban estaba detrás de ella cuando lo vio.

—Dios mío… —susurró él—. Te están siguiendo.

Luciana cubrió su boca con la mano.

—¿Cómo sabe dónde estoy?

—Esto se acabó —dijo Esteban, furioso—. No vamos a esperar más. Voy a llevar esto a la policía.

—¿Y si es Sofía? —preguntó ella, con voz quebrada—. ¿Qué pasa si lo es y nadie me cree?

Él la miró a los ojos.

—Entonces la enfrentaremos.

—No. No quiero enfrentarla. Quiero que me deje en paz.

Esteban apretó los puños.

—No la va a dejar hasta que la detengamos.

Luciana lo miró, cansada, derrotada.

—Y si la detienen… seguirá odiándome.

Él la abrazó, y ella se quebró por completo. Lloró contra su pecho hasta quedarse sin aliento.

Esa misma noche, Sofía recibió una llamada de su madre.

—Tu padre no quiere verte —le dijo Elena, sin rodeos—. Está cansado. Cree que todo esto ya se fue demasiado lejos.

—¿Lejos? —repitió Sofía, riendo con amargura—. No hemos llegado ni a la mitad.

—¿Qué planeas hacer?

—Lo que haga falta.

Elena guardó silencio.

—Sofía, escúchame. Estás enferma.

—No —susurró ella, levantando la vista hacia el espejo—. Estoy despierta.

Colgó.

Se quedó sola, observando su reflejo. Se vio hermosa y destruida a la vez. Ojeras profundas, labios temblorosos, el brillo de los ojos convertidos en un abismo.




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