La Favorita Del Actor

Capítulo 21

Luciana llevaba dos días sin salir del apartamento. No porque quisiera esconderse, sino porque simplemente no encontraba fuerzas para abrir la puerta. El aire afuera le parecía hostil, lleno de ojos que la miraban, de voces que la señalaban.

Esteban trataba de animarla como podía. Cocinaba, le hablaba de cualquier cosa, ponía música suave. Pero a veces bastaba un silencio para que el ánimo se viniera abajo.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo ella una mañana, mientras revolvía el café sin probarlo—. Que empiezo a dudar de mí.

—¿De ti? ¿Por qué?

Luciana lo miró. Tenía los ojos cansados, la voz baja.

—Porque cuando todos te repiten lo mismo una y otra vez, algo se te queda. Es como si empezaras a verte a través de sus ojos, y ya no sabes si la versión que ves es real o inventada.

Esteban se acercó y le tocó la mano.

—Lo que ellos ven no es la verdad, Lú. Es ruido.

Ella lo miró con una sonrisa triste.

—A veces el ruido también duele.

Se quedaron en silencio. Afuera, el tráfico seguía como si nada. La vida seguía, aunque la de ellos pareciera en pausa.

Mientras tanto, en el Penthouse, Sofía no dormía.
Llevaba tres días sin hacerlo más de un par de horas. Caminaba descalza de un lado a otro, con el cabello suelto, el teléfono en la mano. Cada notificación era un nuevo impulso, una chispa que la mantenía encendida.

Su asistente, Julián, intentó calmarla.

—Sofía, necesitas descansar. Estás agotada.

Ella se detuvo y lo miró con los ojos brillantes, casi febriles.

—¿Tú crees que ella duerme tranquila? No, ¿verdad? Entonces, ¿por qué debería hacerlo yo?

—Porque estás empezando a verte… —buscó la palabra— mal. La gente lo nota.

Sofía soltó una risa seca.

—¿La gente? La gente ama el drama. Se alimenta de él. Y ahora yo soy el drama, Julián. La víctima. La mujer engañada. Si dejo de hablar, dejan de mirar. ¿Quieres eso?

Julián la miró, con una mezcla de pena y miedo.

—Yo solo quiero que no te destruyas.

Sofía lo ignoró. Tomó el teléfono, abrió su cuenta falsa de redes y escribió:

“¿Hasta cuándo el país va a soportar mentiras? ¿Hasta cuándo aplaudiremos a quienes rompen familias?”

Publicó.
Miró la pantalla.
El primer comentario apareció en menos de un minuto.
Luego otro.
Y otro.

Sofía sonrió.

Pero detrás de esa sonrisa había una grieta. La euforia le duró poco. Minutos después, su cuerpo empezó a temblar, una mezcla de rabia y vacío. Apoyó las manos en el tocador y se miró al espejo.

No se reconocía.
El maquillaje corrido, los labios partidos, los ojos enrojecidos.
Parecía otra persona.

—¿Qué me estás haciendo, Luciana? —susurró.

Se sentó en el suelo. Se cubrió el rostro con las manos.
Por primera vez, no sintió odio. Sintió miedo.
Miedo de sí misma.

Esa misma tarde, Luciana recibió un mensaje de su amiga Laura, la única que aún se atrevía a visitarla.

“Voy a verte. Necesito hablar contigo. Es urgente.”

Una hora después, Laura llegó con cara de preocupación. Apenas cruzó la puerta, Luciana supo que traía malas noticias.

—¿Qué pasó?

Laura dudó.

—Lú… acabo de salir del hospital. Están revisando los informes de tus pacientes.

Luciana frunció el ceño.

—¿Por qué harían eso?

—Alguien filtró documentos diciendo que manipulaste resultados. Que falsificaste firmas.

Luciana se quedó helada.

—Eso es mentira. Yo jamás…

Laura le tomó las manos.

—Lo sé. Pero los auditores ya están adentro. Y lo peor es que los documentos parecen reales. Tienen tu firma, tus iniciales.

Luciana dio un paso atrás, con la respiración entrecortada.

—¿Mi firma? ¿Cómo…?

—Alguien los falsificó.

Esteban, que escuchaba desde la sala, se acercó.

—Es Sofía —dijo con rabia contenida—. Tiene que ser ella.

Laura bajó la mirada.

—Tal vez. Pero esto va a explotarte en la cara, Lú. Van a abrir una investigación formal.

Luciana se sentó, con la cabeza entre las manos.

—No puede ser… no puede ser.

Esteban la abrazó, pero ella estaba rígida, sin respuesta.

—Voy a ir al hospital —dijo él—. Voy a hablar con quien tenga que hablar.

Luciana lo detuvo.

—No. Si apareces tú, dirán que estás interviniendo. Déjame hacerlo sola.

—No vas a ir sola.

—Por favor —pidió ella, mirándolo con los ojos vidriosos—. Déjame un poco de dignidad.

Él quiso protestar, pero no lo hizo.

Luciana tomó su abrigo, se lavó la cara, y salió sin mirar atrás.

El camino al hospital fue largo. No por la distancia, sino por el peso. Cada paso le recordaba lo que estaba en juego.
Cuando llegó, la mayoría de sus compañeros evitó saludarla. Algunos bajaban la mirada, otros fingían estar ocupados.

Entró a la oficina del director.

—Doctora Domínguez —dijo él, serio—. Hay irregularidades en tres informes de su sección. Firmas que no coinciden y protocolos alterados.

Luciana se sentó frente a él.

—Esos informes son falsos. Yo no los hice.

—Entiendo —respondió el director, pero su tono era más político que empático—. Aun así, debemos suspenderla hasta que esto se aclare.

Luciana asintió despacio.

—¿Puedo ver los documentos?

Él se los pasó.
Los tomó entre las manos.
Y ahí estaba.
Su firma. Perfecta.
El trazo idéntico.

Se le escapó un suspiro.

—Esto es una pesadilla.

El director la miró con cierta compasión.

—Lo siento, Luciana. De verdad.

Ella se levantó sin decir nada y salió.
En el pasillo, un grupo de enfermeras la observaba en silencio.
El murmullo la siguió hasta la puerta.

Cuando llegó al apartamento, Esteban ya sabía.

—Vi la noticia —dijo él, al verla entrar—. Ya lo publicaron.

Luciana dejó caer el bolso.

—¿Tan rápido?

—Un periodista subió una nota con los documentos. Dice que el hospital investiga “una posible falsificación cometida por la doctora Domínguez”.




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