La Favorita Del Actor

Capítulo 22

La noticia ya había dejado de ser nueva, pero seguía viva.
Luciana lo sabía porque cada vez que encendía el teléfono, encontraba un nuevo comentario, una nueva foto, un nuevo rumor.
La gente se aburría rápido de los escándalos, sí, pero antes de olvidarte te exprimían hasta el último suspiro.

Habían pasado cuatro días desde su suspensión en el hospital. Cuatro días en los que el silencio era su única defensa.

Esteban insistía en que debía hablar con la prensa, limpiar su nombre.
Luciana lo entendía, pero no tenía fuerzas.
Ya no quería convencer a nadie.
Solo quería volver a sentirse normal.

Esa mañana, mientras desayunaban en silencio, el noticiero volvió a poner su rostro en pantalla.

Sofía.

De nuevo Sofía.
Vestida de azul, en una conferencia organizada por una fundación de mujeres.

El presentador la introducía con una sonrisa profesional:
—“Sofía Domínguez continúa con su campaña por la verdad y la integridad en los medios. Hoy habló sobre la importancia de la honestidad y la lealtad en la familia.”

Luciana dejó caer el tenedor.

—No puede ser…

Esteban giró hacia la televisión justo cuando Sofía tomaba el micrófono.
La imagen era clara, el sonido nítido:

—“He aprendido —decía Sofía, con voz pausada— que no todas las heridas son visibles. Que hay personas que sonríen mientras te destruyen. Pero también he aprendido a perdonar.”

El público aplaudió.
Luciana apagó el televisor de un golpe.

—Ya no puedo más —dijo en voz baja—. No puedo verla fingir que es buena.

Esteban se acercó y le sostuvo la cara entre las manos.

—Mírame. No eres ella. No entres en su juego.

—No quiero ser ella —susurró Luciana—, pero me está empujando a su infierno.

Esa misma tarde, Sofía estaba en su camerino.
Se miraba fijamente, las luces del espejo la cegaban, el maquillaje se derretía en su piel.

El aire olía a perfume caro y sudor.

Su manager hablaba con ella desde la puerta:

—Fue una buena conferencia, Sofía. Los medios te aman. Hay una propuesta para un documental.

—Perfecto —respondió ella sin levantar la vista.

—Y… —el hombre vaciló— el hospital confirmó la suspensión de tu hermana. Eso también está dando vueltas.

Sofía sonrió de lado.

—Qué coincidencia, ¿no?

—¿Tú… tuviste algo que ver con eso? —preguntó él, bajando la voz.

Ella lo miró, despacio.

—¿Y si sí?

El hombre se aclaró la garganta.

—Solo te aconsejo que tengas cuidado. Estas cosas se devuelven.

—No me hables como si fuera una niña —dijo Sofía, levantándose de golpe—. Nadie me devolvió nada cuando me arrebataron todo.

El manager se retiró sin responder. Cerró la puerta, y Sofía quedó sola.

En el silencio, el aplauso imaginario de la conferencia seguía resonando en su cabeza.

Pero debajo de ese eco había algo más: un zumbido constante, como si una parte de ella no pudiera apagarse.

Abrió su cartera, sacó el teléfono y revisó las redes.
Cientos de comentarios la elogiaban, otros la odiaban.
Uno en particular la hizo detenerse:

“Eres peor que tu hermana. Estás enferma.”

Sofía se quedó mirando esa frase.
Por primera vez, no la borró.

Esa noche, Esteban convenció a Luciana de salir a caminar.
Solo un rato, sin rumbo, sin tanta gente su alrededor.
El viento era tibio, y la ciudad, aunque ruidosa, parecía menos cruel bajo las luces de la noche.

Caminaron en silencio un buen trecho.

—¿Sabes qué me duele más? —dijo Luciana, mirando las luces—. Que Sofía no siempre fue así.

—¿Cómo era antes?

—Era divertida. Insoportable a veces, pero divertida. Cuando éramos niñas, si me pasaba algo, era la primera en correr a defenderme. Era mi sombra. Yo era su refugio.

—¿Y cuándo cambió?

Luciana se encogió de hombros.

—Supongo que cuando creció y empezó a necesitar admiración. Ya no le bastaba con ser querida, tenía que ser adorada.

Esteban la miró, con ternura.

—A veces las personas que más daño hacen son las que menos saben amar.

—O las que más miedo tienen —agregó ella—. Miedo de no ser suficientes.

Él le sonrió.

—Tú sí lo eres.

Luciana bajó la mirada, sonriendo por primera vez en días.

—Gracias por no soltarme, Esteban.

—Ni lo pienses. —Él la tomó de la mano—. No pienso hacerlo.

En el Penthouse, Sofía abría otra botella de vino.
El reloj marcaba las once y media.
Tenía la televisión encendida sin volumen.
En el noticiero nocturno hablaban de ella, otra vez.

“Sofía Domínguez, la actriz que ha conquistado al público con su valentía…”

Apagó la pantalla de un manotazo.
El silencio se volvió insoportable.

Tomó una copa, la llenó hasta el borde y se dejó caer en el sofá.
Miró alrededor:
el piso cubierto de revistas, copas vacías, recortes con titulares sobre Luciana.

Una parte de ella sabía que había ido demasiado lejos.
La otra parte… no quería detenerse.

Sacó su celular y abrió la grabadora de voz.
Durante unos segundos no dijo nada.
Luego, con la voz temblorosa, empezó a hablar:

—Luciana… no sé por qué sigo haciéndolo. No sé si quiero verte sufrir o si solo quiero que me mires. Pero no puedo parar. Cada vez que intento, me vuelvo a sentir vacía. Y cuando te destruyo, por un momento, siento que existo.

Se quedó en silencio.
Guardó el archivo.
Pero no lo envió.

Miró su reflejo en la ventana: su rostro distorsionado, su piel brillante por las lágrimas.
De repente, una rabia ciega le subió al pecho.
Arrojó el celular contra la pared.

El golpe fue seco.
El dispositivo cayó al suelo, partido.

Sofía se llevó las manos a la cara y rompió en llanto.
No el llanto de la cámara.
El verdadero.
El que duele y asfixia.

Luciana, esa misma noche, se despertó con una sensación rara.
Había soñado con Sofía.
En el sueño, su hermana estaba parada frente a ella, llorando, pidiéndole que no la odiara.
Era tan real que por un momento creyó que la oía hablar.




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