La Favorita Del Actor

Capítulo 23

P.O.V. Sofía

El sol de Medellín entraba a raudales por las ventanas del Penthouse, pero para Sofía era como si una niebla espesa lo cubriera todo. Se despertó en el sofá, con el cuerpo entumecido y un dolor punzante en la sien.

El suelo estaba salpicado de fragmentos de vidrio del celular roto; anoche, en su arrebato, no había tenido fuerzas para limpiarlo. Se incorporó despacio, sintiendo cómo el mundo giraba a su alrededor. El vino derramado había dejado una mancha roja en la alfombra, como una herida abierta que se negaba a cicatrizar.

Miró el reloj: las diez de la mañana. Su agenda estaba llena: una reunión con su agente a las once, una sesión de fotos para una revista de moda a las dos, y por la tarde, una entrevista en vivo para un programa de chismes que había prometido “revelaciones exclusivas”.

Pero nada de eso importaba ahora. Lo único que ocupaba su mente era el zumbido constante de las notificaciones que llegaban a su tablet de respaldo. La había encendido hacía unos minutos, y el torrente de mensajes la había golpeado como una ola fría.

Abrió la aplicación de redes sociales con manos temblorosas. Su nombre era tendencia, pero no como antes. No con elogios ni con envidia disfrazada de admiración. Ahora era.

#SofíaDescontrolada.

#MentirasDomínguez.

#JusticiaParaLuciana.

Los comentarios se acumulaban como cuchillas: “Eres una psicópata”, “Cómo pudiste hacerle eso a tu propia hermana” “y manipuladora”. Alguien había filtrado las grabaciones de voz, los borradores de mensajes, incluso capturas de sus búsquedas en internet sobre “cómo falsificar documentos médicos”. Todo estaba allí, expuesto al mundo.

Sofía sintió un nudo en el estómago. ¿Cómo había sucedido? El celular roto… tal vez el servicio de nube había sincronizado todo automáticamente. O quizás Julián, su asistente, había traicionado su confianza. No importaba. El daño estaba hecho. La prensa que ayer la elevaba como una mártir ahora la desmenuzaba: “De heroína a villana: Sofía Domínguez expuesta en sus propias mentiras”.

Un artículo de un tabloide sensacionalista mostraba una foto suya de anoche, tomada por un paparazzi desde la calle: el rostro demacrado, los ojos enrojecidos, la copa de vino en la mano. “La caída de la reina: ¿Obsesión o locura?”

Se levantó de golpe, ignorando el mareo, y caminó hasta el baño. Encendió la luz y se miró en el espejo. ¿Quién era esa mujer? La piel pálida, los labios agrietados, el cabello enmarañado como el de una loca. No era la Sofía Domínguez que había construido con años de sesiones de fotos, cirugías estéticas y sonrisas ensayadas.

Era un fantasma de sí misma, consumida por un odio que ya no sabía si era suyo o si se había convertido en una entidad propia, devorándola desde adentro.

—Esto no puede estar pasando —murmuró, apoyando las manos en el lavabo. Las lágrimas empezaron a caer, calientes y saladas, mezclándose con el sudor en su rostro.

Recordó la nota de voz que había grabado anoche, esa confesión susurrada en la oscuridad: “No sé por qué sigo haciéndolo… solo quiero que me mires”.

¿Por qué? ¿Por qué Luciana? ¿Por qué esa obsesión con destruir a la única persona que, en el fondo, había sido su ancla en la infancia?

Flashbacks inundaron su mente. Recordó cuando eran niñas, en la casa familiar de Medellín. Sofía, la mayor, siempre la líder: organizando juegos en el jardín, protegiendo a Luciana de los niños del barrio que se burlaban de su timidez. “No llores, Lú, yo te cuido”, le decía entonces, abrazándola con fuerza.

¿Cuándo se había torcido todo? Tal vez cuando los padres empezaron a compararla con Luciana: “Sofía es la bonita, pero Luciana es la lista”. O cuando Esteban entró en escena, y por primera vez sintió que algo le pertenecía solo a ella, hasta que Luciana, con su calma y su mirada triste, se lo arrebató sin esfuerzo.

Sofía se dejó caer al suelo del baño, abrazando las rodillas contra el pecho. El frío de las baldosas se filtraba a través de su bata de seda. “No soy una villana”, pensó, pero las palabras sonaban huecas, incluso en su cabeza. Había falsificado documentos, había pagado a hackers para filtrar audios manipulados, había llamado en la madrugada con voz distorsionada.

Todo por ver a Luciana sufrir. Y ahora, el boomerang había vuelto con fuerza. Su agente la había llamado hace media hora: “Sofía, cancela todo. Los patrocinadores se están retirando. La fundación de mujeres quiere distanciarse de ti”.

Un sollozo escapó de su garganta, ronco y profundo. ¿Qué haría ahora? Su carrera, su imagen, su vida… todo colgaba de un hilo. Pensó en llamar a su madre, pero Doña Elena ya no contestaba sus llamadas; anoche le había enviado un mensaje seco: “Has ido demasiado lejos. Tu padre no quiere saber de ti”. Incluso Don Rafael, siempre distante, pero protector, la había bloqueado. Sofía estaba sola, verdaderamente sola, en un Penthouse que de repente se sentía como una cárcel dorada.

Se levantó con esfuerzo, se lavó la cara y se vistió con lo primero que encontró: un vestido negro sencillo, sin maquillaje. Tomó las llaves de su auto y salió del edificio, ignorando los flashes de los paparazzi que la esperaban abajo.

“¡Sofía, ¿es cierto que falsificaste documentos?!”, gritaban. Ella no respondió, solo aceleró el motor y se alejó rumbo a las afueras de la ciudad, hacia el Club Campestre, el lugar donde todo había empezado aquella noche de gala.

El camino fue un borrón de luces y recuerdos. Llegó al club y estacionó en un rincón apartado. Caminó hasta la terraza donde, Luciana había llorado sola. El viento de Medellín le revolvió el cabello, y por un instante, sintió una paz extraña.

Se sentó en la misma banca de hierro forjado y sacó un cuaderno que había encontrado en su bolso: era uno viejo, de cuando era modelo emergente, lleno de anotaciones sobre dietas y poses. Pero ahora, impulsada por algo que no podía explicar, empezó a escribir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.