P.O.V. Luciana
El sol de Medellín entraba por la ventana del apartamento con una luz dorada que parecía lavar todo lo que tocaba. Era sábado, y por primera vez en semanas no tenía turno en el hospital. Me desperté antes que Esteban, con el aroma del café que él había programado la noche anterior flotando en el aire. Me quedé un momento en la cama, escuchando su respiración tranquila. Había algo en esa calma que me hacía sentir segura, como si el mundo, por un instante, hubiera decidido darnos un respiro.
Me levanté sin hacer ruido, me puse una camiseta vieja y bajé a la cocina. Sobre la mesa estaba el sobre de Sofía, abierto, con las fotos esparcidas como un rompecabezas de nuestra infancia. Las miré de nuevo. En una de ellas, estábamos en el parque de la 93, las dos con helados de vainilla que se nos escurrían por las manos. Sofía tenía el cabello recogido en una cola alta, y yo llevaba un vestido azul con volantes que mamá había comprado para mí, pero que nunca usé en público porque “no era de marca”. En la foto, Sofía me limpiaba la barbilla con una servilleta, riendo. Yo la miraba como si fuera mi heroína.
Tomé la foto y la sostuve entre los dedos. ¿Dónde estaba esa Sofía ahora? ¿La había perdido para siempre, o seguía enterrada bajo capas de odio y miedo? La nota que había escrito seguía allí, arrugada por mis manos inquietas de la noche anterior. “Recuérdame como la hermana que fui antes de perderme”. Esas palabras me pesaban más que cualquier titular.
Esteban apareció en la puerta, con el cabello revuelto y una sonrisa somnolienta.
—Buenos días, doctora —dijo, acercándose para besarme la frente—. ¿Otra vez con las fotos?
Asentí, sin apartar la mirada.
—No puedo dejar de pensar en ella. En lo que escribió.
Él se sirvió café y se sentó frente a mí.
—¿Y qué quieres hacer?
—No lo sé —admití—. Parte de mí quiere odiarla para siempre. Pero otra parte… recuerda a la Sofía que me defendía cuando los niños del colegio se burlaban de mis gafas.
Esteban tomó una de las fotos, la de nosotras en la playa.
—Las personas cambian, Lú. A veces para peor. Pero a veces… solo se pierden.
Me quedé en silencio, mirando el vapor que subía de mi taza. Había pasado tanto tiempo sintiendo que Sofía era un monstruo, que casi olvidé que también era humana. Que también tenía heridas. Que también había crecido bajo la sombra de unos padres que premiaban la apariencia sobre el alma.
—Voy a ir a verla —dije de pronto, sorprendida de mis propias palabras.
Esteban alzó una ceja.
—¿Estás segura?
—No. Pero si no lo hago, nunca sabré si hay algo que salvar.
Él me tomó la mano.
—Entonces ve. Pero no sola. Llévame contigo.
Negué con la cabeza.
—Esto es entre ella y yo.
P.O.V. Sofía
El hotel era un lugar olvidado, con paredes descascaradas y un televisor que solo captaba tres canales. Sofía había pagado por una semana, aunque no sabía si se quedaría tanto. Se despertó con el sonido de la lluvia golpeando la ventana. Miró el reloj: mediodía. Había dormido más de lo que lo había hecho en meses.
Se levantó, se duchó con agua tibia que apenas salía, y se vistió con jeans y una camiseta que había comprado en una tienda de segunda mano. Sin maquillaje, sin joyas, sin nada que la identificara como la Sofía Domínguez de las portadas. Se miró en el espejo empañado del baño. Por primera vez, no sintió asco. Solo… vacío.
Bajó al comedor del hotel, un espacio pequeño con mesas de plástico y un olor a arepas quemadas. Pidió un café y un pan de bono. La mesera, una mujer mayor con una sonrisa amable, le sirvió sin mirarla dos veces. Nadie la reconoció. Era libre, de una manera extraña y dolorosa.
Mientras comía, sacó un cuaderno que había comprado en una papelería cercana. Era barato, con tapas de cartón azul. Empezó a escribir, sin pensar demasiado:
“Día 1 sin odio.
No sé si puedo hacerlo. Pero lo intento.
Anoche soñé con Luciana. Estábamos en el columpio del parque. Ella reía. Yo la empujaba. Luego me desperté y lloré. No sé por qué.
Tal vez porque extraño a la Sofía que empujaba columpios.”
Cerró el cuaderno. Tomó el café. Quemaba, pero lo bebió de un sorbo.
P.O.V. Luciana
El hospital me había dado el día libre, pero igual pasé por allí para recoger unos papeles. Laura me interceptó en el pasillo.
—¡Lú! ¿Ya viste las noticias?
—¿Qué pasó ahora? —pregunté, con el corazón en un puño.
—Sofía canceló todas sus apariciones públicas. Su agente dice que está “tomando un descanso”. Y hay rumores de que está en un hotel barato en las afueras.
Fruncí el ceño.
—¿Un hotel?
Laura asintió.
—Nadie sabe exactamente dónde. Pero los paparazzi están como locos buscándola.
Salí del hospital con una idea clara. Fui a casa, tomé el sobre con las fotos y la nota de Sofía, y busqué en mi celular. Había guardado la dirección del hotel donde Julián, el asistente de Sofía, había dicho que podría estar. No estaba segura de cómo lo sabía, pero confiaba en él. Había sido el único que no me había tratado como una enemiga en los peores momentos.
Conduje hasta las afueras de Medellín, donde las calles se volvían más estrechas y los edificios más humildes. El hotel era un lugar modesto, con un letrero descolorido que decía “Hotel El Horizonte”. Estacioné frente a la entrada y respiré hondo. No sabía qué esperaba encontrar. No sabía si estaba lista para lo que vendría.
Subí las escaleras. El recepcionista, un hombre mayor con bigote, me miró con curiosidad.
—¿Busca a alguien?
—Sofía Domínguez —dije, con voz firme.
Él dudó, pero señaló el segundo piso.
—Habitación 204. Pero no recibe visitas.
Subí sin responder. Toqué la puerta. Nada. Toqué de nuevo, más fuerte.
—¿Quién es? —la voz de Sofía, ronca, cansada.
—Soy yo —dije, simplemente.
Silencio. Luego, el sonido de la cerradura. La puerta se abrió apenas, lo suficiente para que viera su rostro. Sin maquillaje, con ojeras profundas, el cabello suelto y desordenado. No era la Sofía de las revistas. Era… mi hermana.
Editado: 13.04.2026