La Favorita Del Actor

Capítulo 27

“El día que volvimos a ser familia”

P.O.V. Luciana – Cuatro meses después

El apartamento olía a arepas recién hechas y a café fuerte. Era domingo, y por primera vez en años la casa estaba llena de voces que no eran de televisión. Esteban trajinaba en la cocina con delantal puesto, cantando desafinado una canción de Carlos Vives, mientras Sofía, sentada en la barra, cortaba cebolla con una concentración casi cómica. Yo solo los miraba desde el sofá, con una taza caliente entre las manos y el corazón tan lleno que dolía.

Habían pasado cuatro meses desde aquel café en Laureles. Cuatro meses de mensajes cortos, de cafés de una hora que se convirtieron en tres, de llamadas a medianoche cuando alguna de las dos no podía dormir. Cuatro meses de pasos pequeños, torpes, pero firmes.

Sofía había dejado el taller de costura para empezar su propia marca chiquita: ropa sencilla, hecha a mano, con telas recicladas. La llamó “Segunda Piel”. No tenía página web ni influencer pagado; solo un Instagram donde ella misma subía fotos de las prendas colgadas en un tendedero, con su cara sin maquillaje y captions honestos: “Esta blusa la hice llorando el primer día que me quedé sin nada. Hoy la vendo para que alguien más tenga un comienzo”. La gente empezó a comprarle. No por lástima. Por verdad.

Yo había vuelto al hospital con más fuerza que nunca. Me ofrecieron la jefatura de neonatología y la acepté. Ahora firmaba historias clínicas con mi nombre completo y nadie dudaba.

Esteban, por su parte, había terminado la telenovela y rechazado tres ofertas de protagonista para aceptar un papel secundario en una serie independiente sobre un médico rural. “Quiero actuar de verdad”, me dijo una noche, y yo lo entendí perfecto.

Y hoy, por primera vez, los tres estábamos juntos en la misma casa sin que nadie llorara, gritara o se escondiera.

—¿Ya está la carne? —preguntó Sofía, limpiándose las lágrimas que la cebolla le sacaba.

—Casi —respondió Esteban, volteando el trozo en la sartén—. Cinco minutos más y comemos como gente civilizada.

Sofía se rio. Una risa limpia, sin sarcasmo.

—O sea que hoy no toca comer de pie como salvajes.

—Hoy toca mesa, sillas y hasta servilletas de tela —dije yo, levantándome para poner la mesa.

Cuando todo estuvo listo, nos sentamos. Esteban sirvió el jugo de maracuyá. Sofía puso las arepas en el centro. Yo encendí una vela pequeña que había comprado en el mercado de San Alejo.

Brindamos con jugo.

—Por los domingos que creíamos que nunca volverían —dijo Esteban.

—Por las hermanas que se encontraron de nuevo —agregué yo.

—Y por la comida que no se quema —remató Sofía, y todos reímos.

Comimos hablando de todo y de nada. Sofía contó que una clienta le había pedido una blusa con el bordado “Segunda Piel” en la espalda y que se la hizo llorando de la emoción. Esteban habló de su personaje en la serie, un médico que pierde a su hija y aprende a sanar. Yo conté del bebé de 620 gramos que había salido del hospital el viernes, con su mamá abrazándome como si yo fuera familia.

Después de comer, nos fuimos a la terraza. Medellín estaba en su mejor momento: cielo azul, brisa fresca, música lejana. Sofía sacó su celular y puso una playlist vieja, de esas que escuchábamos cuando éramos adolescentes y nos encerrábamos en mi cuarto a cantar Shakira a grito herido.

Esteban se sentó en el suelo con la espalda contra la pared. Sofía y yo nos acomodamos a su lado. Ninguno habló por un rato. Solo escuchábamos la música y mirábamos la ciudad.

—¿Saben qué? —dijo Sofía de repente, con voz bajita—. Todavía me despierto algunas noches pensando que todo esto es un sueño y que mañana vuelvo a estar sola en ese hotel.

Yo apoyé la cabeza en su hombro.

—No es un sueño. Y si lo fuera, no me quiero despertar.

Esteban nos rodeó a las dos con los brazos.

—Entonces no nos despertemos nunca.

***

P.O.V. Sofía

A las siete de la tarde, Luciana me pidió que la acompañara a hacer un mandado. Bajamos al carro y manejó hasta el centro. No me dijo a dónde íbamos hasta que estacionó frente a una casa antigua en Prado Centro.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunté.

—Ven —dijo solo, y me tomó de la mano.

Tocó el timbre. La puerta se abrió y apareció doña Elena. Mi madre. Más delgada, con el cabello gris que antes teñía religiosamente, los ojos hinchados. Nos miró como si viera fantasmas.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó con voz temblorosa.

—Vine a traer algo —dijo Luciana, con calma—. Y a decir algo.

Sacó del bolso un sobre grande. Lo abrió y sacó dos fotos enmarcadas: una era la de nosotras de niñas en el columpio; la otra era una selfie reciente que nos habíamos tomado las dos en la terraza, riendo con la boca llena de arepa.

—Esta va en la sala —dijo Luciana, entregándole el marco de nosotras niñas—. Y esta va en tu cuarto, para que recuerdes que todavía somos tus hijas. Las dos.

Mamá tomó los marcos con manos temblorosas.

—Rafael está adentro —susurró—. No quiere verlas.

—Entonces no lo obligamos —respondió Luciana—. Pero hoy vine a decirte que te perdono. No por ti. Por mí. Porque no quiero cargar más odio.

Yo no podía hablar. Sentía la garganta cerrada. Mamá me miró a los ojos.

—¿Y tú, Sofía?

Tragué saliva.

—Yo no sé si merezco tu perdón, mamá. Pero vine a pedirte que, si algún día puedes, me mires otra vez como tu hija. No como la que se equivocó. Como la que está intentando volver a casa.

Una lágrima cayó por la mejilla de mamá. La primera que le veía en años.

—Pasen —dijo al fin, abriendo más la puerta—. Solo un rato.

Entramos. El pasillo olía igual que siempre: a lavanda y a recuerdos. Papá estaba en la sala, sentado en su sillón favorito, con el televisor apagado. Cuando nos vio, se quedó tieso. No dijo nada. Solo miró las fotos que mamá puso sobre la mesa de centro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.