La Favorita Del Actor

Capítulo 28 (FIN)

“El día que dijimos sí”

P.O.V. Luciana – Un año después

El cielo de Medellín amaneció limpio, de ese azul tan intenso que solo se ve después de una tormenta fuerte. Me desperté antes que nadie, con el corazón latiendo rápido aunque todavía no había razón aparente. Miré el reloj: 6:12 a.m. Hoy era el día.

Esteban dormía a mi lado, con un brazo sobre mi cintura y el cabello revuelto. Me quedé un rato mirándolo. Todavía me costaba creer que este hombre, que una vez fue el sueño imposible de medio país, ahora era mi refugio, mi compañero, mi futuro. Me levanté sin hacer ruido, me puse la bata y salí a la terraza. El aire fresco me llenó los pulmones. Abajo, en la calle, ya se oían los primeros pájaros y el ruido lejano de los buses.

Hoy nos casábamos.

No en una iglesia gigante, no en un salón de lujo, no con quinientos invitados. Solo treinta personas, en la finca de un amigo de Esteban en las afueras de Santa Elena. Un lugar sencillo, con árboles de guayacanes, un corredor de madera y vista al valle. Nada de protocolo, nada de prensa, nada de apariencias.

Solo nosotros.

A las ocho llegó Sofía. Entró con una caja grande en los brazos y una sonrisa nerviosa.

—¡Ya estoy aquí, hermana! —gritó desde la puerta—. ¡Y traje el vestido!

Esteban salió del cuarto en bóxers, se rascó la cabeza y la abrazó.

—Buenos días, cuñada favorita.

—Única —corrigió ella, riendo.

Sofía había diseñado mi vestido. Blanco, pero no el blanco frío de las revistas: un blanco crema suave, de lino ligero, con bordado delicado en el escote y en la espalda. Manga tres cuartos, falda con caída natural y una cola corta que no arrastraba. Simple. Perfecto.

Cuando me lo probé por primera vez, lloré. No por lo bonito (que lo era), sino porque mi hermana lo había hecho con sus manos, puntada por puntada, mientras yo hacía guardias y ella reconstruía su vida.

—¿Lista? —preguntó Sofía, ayudándome a cerrar la cremallera.

—Nunca he estado más lista —respondí, mirándome al espejo.

Ella se puso detrás de mí y apoyó la barbilla en mi hombro.

—Te ves… como tú. Como la Luciana que siempre fuiste, pero que nadie quería ver.

—Y tú te ves feliz —le dije, porque era verdad.

Sofía había abierto su primera tienda física en El Poblado hacía tres meses. Nada lujoso: un local pequeño con paredes blancas, plantas y perchas de madera. Pero estaba lleno todos los días. Ya no era “la hermana de”, ni “la ex de”, ni “la villana”. Era Sofía, la diseñadora que hacía ropa con historia.

A las diez llegaron Laura y mis compañeras del hospital. A las once, los papás. Mamá lloró cuando me vio. Papá solo asintió, con los ojos brillosos, y dijo bajito:

—Estás hermosa, hija.

Fue la primera vez en años que me llamó “hija” sin sonar forzado.

***

P.O.V. Esteban

La finca olía a flores silvestres y café recién colado. Llegué temprano con mis amigos de toda la vida, los que me conocían antes de las cámaras. Nos pusimos camisas blancas de lino y pantalones beige. Nada de traje, nada de corbata. Uno de mis mejores amigos, Mateo, sería el maestro de ceremonia. No había padrinos ni damas. Solo gente que nos quería de verdad.

Cuando vi llegar a Luciana en el carro de Sofía, casi me caigo. Bajó con el vestido, el cabello suelto con unas flores naturales, descalza (había decidido no usar zapatos). Caminó por el corredor de madera mientras sonaba “Perfect” de Ed Sheeran en versión acústica, tocada por un amigo con guitarra. No había pasillo con pétalos, solo el camino natural entre los árboles.

Cuando llegó a mi lado, me tomó las manos.

—Hola, futuro esposo —susurró.

—Hola, doctora favorita —respondí, y los dos sonreímos como idiotas.

Mateo habló poco.

—Estos dos se encontraron en medio de un huracán. Sobrevivieron a cosas que nadie debería. Y hoy están aquí, eligiendo amarse todos los días que les queden. No hace falta decir más.

Nos miramos.

—¿Quieres casarte conmigo hoy y todos los días que vengan? —le pregunté.

—Sí, quiero —respondió ella, con la voz temblando de emoción.

—¿Y tú quieres casarte conmigo aunque ronque y deje la tapa del inodoro arriba? —preguntó ella, riendo entre lágrimas.

—Quiero, aunque ronques más que yo —contesté.

Todos rieron. Nos pusimos los anillos: dos aros de oro sencillo, grabados por dentro con la fecha y la frase “Nosotros contra todo”.

—Los declaro marido y mujer —dijo Mateo—. Pueden besarse cuando quieran, pero ya son.

Nos besamos. Lento, profundo, como si el mundo se detuviera. Cuando nos separamos, Sofía fue la primera en aplaudir, llorando y riendo al mismo tiempo.

***+

P.O.V. Sofía

La fiesta fue puro sabor colombiano: sancocho, empanadas, aguardiente y música hasta las tres de la mañana. Bailé con papá por primera vez desde mis quince años. Mamá se sentó con nosotras a recordar anécdotas de cuando éramos niñas. Laura se emborrachó y declaró su amor eterno a la jefa de enfermeras. Todo era perfecto en su imperfección.

A medianoche, Luciana y Esteban cortaron el pastel (un bizcocho de tres leches con frutas). Me llamaron para que les ayudara.

—Este primer pedazo es para la hermana que nos salvó a los dos —dijo Esteban, poniéndomelo en un plato.

—Y que diseñó el vestido más lindo del mundo —agregó Luciana.

Lloré como una tonta. Pero eran lágrimas buenas.

A la una, cuando la mayoría ya estaba borracho o bailando, me aparté un momento y fui al borde del corredor. Miré el valle iluminado por la luna. Sentí una mano en el hombro. Era Luciana, con el vestido un poco sucio de tierra y el cabello revuelto.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Todo perfecto —respondí—. Gracias por dejarme estar aquí.

—Gracias por volver —dijo ella, y me abrazó fuerte.

Esteban se acercó y nos abrazó a las dos.

—Ahora sí somos familia de verdad —dijo.

Y los tres nos quedamos así, abrazados bajo la luna, mientras sonaba “Te amo” de fondo.




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