La Favorita Del Actor

Epílogo 1: La Segunda Oportunidad de Sofía

P.O.V. Sofía – Dos años después de la boda

Medellín seguía siendo la misma ciudad bulliciosa, con sus calles llenas de gente apresurada, vendedores ambulantes gritando ofertas y el aroma a café y arepas flotando en cada esquina. Pero para mí, todo había cambiado. Mi tienda

“Segunda Piel” ya no era un local chiquito en El Poblado; ahora tenía dos sucursales, una en Envigado y otra en Laureles. No era un imperio de moda de lujo, como el que soñé alguna vez, sino algo más humilde, más real: ropa hecha con telas recicladas, diseños simples pero con historias bordadas en cada costura.

Cada prenda llevaba una etiqueta con un mensaje corto, como “Esta falda fue hecha en una noche de tormenta, recordando que después de la lluvia sale el sol”. La gente venía no solo por la ropa, sino por las historias. Y yo, por fin, me sentía dueña de la mía.

Aquella mañana de sábado, abrí la tienda temprano. El sol entraba por las ventanas grandes, iluminando las perchas con blusas de algodón orgánico y vestidos de lino. Mi asistente, una chica joven llamada Camila que había contratado hacía seis meses, ya estaba allí, organizando el inventario.

—Buenos días, jefa —dijo con su sonrisa eterna—. Hoy viene el proveedor de telas de Bogotá. ¿Quieres que prepare el café?

—Claro, Camila. Y pon música suave, que hoy va a ser un día largo —respondí, colgando mi bolso en el perchero.

Mientras acomodaba unas bufandas en el mostrador, pensé en cómo había llegado hasta aquí. Dos años atrás, después de la boda de Luciana y Esteban, me había mudado a un apartamento pequeño en Sabaneta, lejos del bullicio de los paparazzi que todavía me seguían de vez en cuando.

Había pasado meses en terapia, hablando de mi odio, de mis inseguridades, de cómo el miedo a no ser suficiente me había convertido en un monstruo. La terapeuta, una mujer paciente con gafas gruesas, me había dicho una vez: “Sofía, el perdón no es para los demás. Es para que tú puedas soltar el peso”. Y poco a poco, lo solté.

Luciana y yo nos veíamos todas las semanas. Al principio eran cafés cortos, llenos de silencios incómodos. Luego, cenas en su casa con Esteban, donde reíamos de anécdotas viejas y evitábamos las nuevas heridas. Mamá y papá se habían unido despacio: una cena familiar al mes, luego dos. Papá todavía me miraba con un poco de reserva, pero mamá me abrazaba fuerte cada vez que me veía, como si temiera que me fuera a evaporar. “Somos una familia rota, pero rota no significa destruida”, decía Luciana siempre. Y tenía razón. Con perdón, con tiempo, con unión, todo se resolvía. O al menos, empezaba a resolverse.

El timbre de la puerta sonó, sacándome de mis pensamientos. Entró un hombre alto, con el cabello castaño ondulado y una sonrisa tímida. Llevaba una caja grande en los brazos: el proveedor de telas.

—Buenos días, Sofía. Traje las muestras de lino orgánico que pediste. Y un poco más, porque encontré unas en color lavanda que pensé que te gustarían.

—Hola, Mateo —respondí, sintiendo un cosquilleo familiar en el estómago. Mateo era el dueño de una finca en Boyacá donde cultivaban algodón y lino sostenible. Nos habíamos conocido seis meses atrás en una feria de artesanos en Bogotá.

Al principio era solo negocios: pedidos de tela, charlas sobre colores y texturas. Pero luego vinieron los cafés después de las entregas, las llamadas para “confirmar detalles” que duraban horas, y esa mirada que él me daba, como si viera más allá de la Sofía famosa que fui.

Mateo dejó la caja en el mostrador y sacó una muestra.

—Mira esto —dijo, extendiendo un pedazo de tela suave como seda—. Es de una cosecha nueva. Perfecto para blusas de verano.

Lo toqué, fingiendo concentración, pero mi mente estaba en otra parte. En cómo Mateo nunca me había preguntado por mi pasado, por los escándalos, por las portadas de revistas que todavía circulaban en internet. Solo me veía como Sofía, la diseñadora que luchaba por un negocio honesto. Y eso me hacía sentir… vista. De verdad.

—Está perfecto —dije, sonriendo—. ¿Quieres un café? Camila acaba de hacer.

—Claro —respondió, sentándose en el taburete alto—. Y cuéntame, ¿cómo va la nueva colección?

Hablamos una hora. De telas, de diseños, de cómo el clima afectaba las cosechas. Pero entre líneas, había algo más: una conexión tranquila, sin dramas, sin flashes. Cuando se fue, me dejó con una promesa: “La próxima entrega la traigo en persona, y tal vez con cena incluida”.

Salí de la tienda esa tarde con el corazón ligero, pensando que quizás, después de todo el daño que causé, merecía una segunda oportunidad en el amor. No un amor de película, sino uno real, uno que creciera despacio, como las plantas en la finca de Mateo.

Esa noche, Luciana me llamó.

—Hola, hermana. ¿Cómo fue tu día?

—Bien —respondí, acostada en mi cama con una taza de té—. El proveedor trajo telas nuevas. Y… creo que me gusta.

Luciana se rio al otro lado.

—¿El de Boyacá? ¿Mateo? Cuéntame todo.

Le conté. De las charlas, de las sonrisas, de cómo me hacía sentir normal.

—Suena bien —dijo ella—. Mereces alguien que te vea como eres ahora, no como fuiste.

—Y tú, ¿qué tal? —pregunté—. ¿Todo bien con Esteban?

—Todo perfecto —respondió, con una voz que sonaba un poco rara, como si estuviera conteniendo algo—. Oye, ¿vienes mañana a almorzar? Mamá y papá también.

—Claro —dije—. ¿Hay algo especial?

—Solo familia —dijo, riendo—. Nos vemos.

Al colgar, sentí una paz que no había conocido antes. Me dormí pensando en Mateo, en las telas lavanda, en cómo el perdón me había dado una vida nueva.

***

P.O.V. Luciana – El día siguiente

La casa de mamá y papá en Envigado estaba llena de olores caseros: arroz con pollo, plátano maduro frito, jugo de lulo. Llegué temprano con Esteban, que llevaba una caja de postres de una panadería del barrio. Mamá nos recibió con abrazos, papá con un beso en la mejilla y un “bienvenidos” que sonaba cada vez más cálido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.