La Favorita Del Actor

Epílogo 2: El día que Sofía pidió perdón de rodillas

P.O.V. Sofía – Cinco meses después del embarazo de Luciana

El sol de Medellín caía a plomo sobre la terraza de la casa de mis papás en Envigado. Era domingo de almuerzo familiar, como todos los últimos domingos desde que Luciana anunció el embarazo. La panza de mi hermana ya era evidente: redonda, firme, y ella la tocaba cada dos minutos como si no creyera que ahí dentro crecía una personita. Esteban no paraba de hacerle fotos y de decirle cosas cursis en voz alta. Mamá revoloteaba con jugos sin azúcar y ensaladas “para el bebé”. Papá, sentado en su sillón de siempre, fingía leer el periódico, pero cada rato levantaba la vista para sonreír cuando Luciana se quejaba de las patadas.

Yo llegué tarde, como siempre. Traía una caja grande en los brazos y el corazón latiéndome en la garganta.

—Perdón, perdón —dije al entrar—. El tráfico estaba imposible.

Luciana me miró con una ceja alzada.

—Segura que no fue que te quedaste dormida con Mateo, ¿eh?

Todos soltaron la risa. Yo me puse roja hasta las orejas. Sí, Mateo y yo ya éramos oficiales. Llevábamos cuatro meses juntos, y él venía los fines de semana desde Boyacá. Era tranquilo, paciente y, sobre todo, nunca me juzgaba por lo que había sido.

Pero hoy no era día de bromas. Hoy era el día que llevaba planeando semanas.

Mientras mamá servía el postre (natilla con buñuelos), yo me levanté de la mesa. Sentí las piernas temblar.

—Necesito decir algo —anuncié, con la voz más firme de lo que me sentía.

Todos se quedaron callados. Esteban bajó el celular. Luciana dejó la cuchara a medio camino. Mamá se congeló con la olla en la mano. Papá cerró el periódico lentamente.

Respiré hondo. Saqué la caja que había traído y la puse en el centro de la mesa.

—Antes de abrir esto, quiero decir algo que debí decir hace mucho, mucho tiempo.

Me arrodillé en el piso. Literalmente. Me puse de rodillas frente a ellos, frente a mi familia. Las lágrimas ya me corrían por las mejillas, pero no me importó.

—Papá, mamá, Luciana… Esteban… les hice daño. Un daño que no tiene nombre. Mentí, manipulé, lastimé, humillé. A mi propia hermana. A ustedes. A mí misma.

Luciana intentó levantarse, pero la detuve con la mano.

—No, déjame terminar.

Miré a papá directo a los ojos.

—Papá, tú siempre quisiste que fuera perfecta, y cuando no lo fui, me alejé y te alejé. Te hice sufrir un infarto por mi egoísmo. Perdóname por haberte fallado como hija.

Papá tragó saliva, los ojos brillosos. No habló, pero asintió apenas.

Miré a mamá.

—Mamá, tú me criaste para brillar, pero nunca me enseñaste que brillar también se puede hacer desde la oscuridad. Te decepcioné. Te hice llorar noches enteras. Perdóname por haber sido tan cruel contigo.

Mamá se tapó la boca, llorando.

Y finalmente miré a Luciana.

—Y tú… Lú… tú fuiste la única persona que nunca dejó de amarme aunque yo te odiara. Te quité la dignidad, la paz, casi te quito la carrera. Intenté destruirte porque no soportaba que fueras mejor que yo sin intentarlo. Fui un monstruo contigo. Y aun así, tú me diste la mano cuando nadie más lo hizo. Perdóname, hermana. Perdóname por cada lágrima que te hice derramar. Perdóname por cada noche que no dormiste por mi culpa. Perdóname por haber sido la peor hermana del mundo.

El silencio era tan grande que se oía el latido de mi propio corazón.

Me incliné hacia adelante, puse la frente en el piso, como cuando éramos niñas y nos castigaban.

—Estoy de rodillas porque es el único lugar donde merezco estar frente a ustedes. Pero si me levantan… juro por mi vida que nunca más les fallaré. Nunca más.

Luciana se levantó de un salto (o lo que una embarazada de cinco meses puede considerar un salto) y se arrodilló frente a mí. Me levantó la cara con las dos manos.

—Levántate, Sofi. Levántate ya.

—No —sollocé—. No hasta que me perdonen.

—Te perdoné hace mucho, tonta —dijo, llorando también—. Pero si quieres escucharlas… yo te perdono. Siempre te perdoné.

Mamá se tiró al piso con nosotras, nos abrazó a las dos y empezó a gritar entre lágrimas:

—¡Mis niñas! ¡Mis dos niñas! ¡Nunca más, nunca más peleas!

Papá se levantó, se agachó con dificultad y nos abrazó a las tres.

—Mi familia —dijo con voz rota—. Mi familia completa.

Esteban, que grababa todo con el celular (porque claro, tenía que grabarlo), soltó el teléfono y se unió al abrazo colectivo. Terminamos los cinco en el piso, llorando y riendo como locos.

Cuando por fin nos levantamos, abrí la caja. Dentro había cinco sobres. Uno para cada uno.

Dentro del de papá: una foto enmarcada de él conmigo cuando yo tenía cinco años, en la playa, él cargándome en hombros. Y una carta que decía: “Gracias por enseñarme que un papá también puede equivocarse y volver a querer”.

Dentro del de mamá: un pañuelo bordado a mano con sus iniciales y una carta: “Gracias por enseñarme que una mamá nunca deja de amar, aunque duela”.

Dentro del de Esteban: una bufanda tejida por mí y una carta: “Gracias por amar a mi hermana cuando yo no supe hacerlo”.

Y dentro del de Luciana: un sobre más grande. Lo abrió y sacó un body de bebé blanco, bordado a mano por mí, que decía “Tía Sofi es la mejor (y la más loca)”. Y debajo, una carta que terminé leyendo en voz alta:

“Lú,

Este bebé va a tener la suerte de tener una mamá que salva vidas y una tía que aprendió a salvarse a sí misma.

Prometo ser la tía que le cuente cuentos, que le enseñe a coser, que le diga que está bien equivocarse si después pide perdón de rodillas.

Gracias por darme otra oportunidad de ser familia.

Te amo más de lo que estas palabras alcanzan.

Tu hermana (para siempre),

Sofía.”

Luciana leyó, lloró, me abrazó y me besó la frente mil veces.

—Este body va a ser el primero que use el bebé —dijo entre hipos.

Mamá sacó el celular y nos tomó una foto a todos en el piso, abrazados, con la cara llena de lágrimas y mocos.




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