La Favorita Del Actor

Epílogo 3: El baby shower mas loco de Medellín

P.O.V. Sofía – Siete meses y medio de embarazo de Luciana

El salón del restaurante en Provenza estaba irreconocible. Lo había decorado yo misma con la ayuda de Camila, Laura y un equipo de globos que parecía haber declarado la guerra al techo. Había guirnaldas de papel crepé en tonos pastel, mesas llenas de dulces, un photocall con un fondo de nubes y una sillita de bebé gigante donde Luciana iba a sentarse para abrir regalos. El letrero principal, hecho por mí con letras de madera pintadas a mano, decía:

“Bienvenido/a, pequeño/a Domínguez-Fernández. ¡Aquí te esperamos con todo el amor del mundo!”

Luciana llegó a las cuatro en punto, con un vestido azul claro que le quedaba perfecto a pesar de la panza enorme. Esteban la guiaba con las manos en sus hombros y los ojos vendados.

—¿Ya puedo quitarme esto? —preguntaba ella, riendo nerviosa.

—¡Sorpresa! —gritamos todos al unísono cuando Esteban le quitó la venda.

Luciana se quedó con la boca abierta. Éramos más de cuarenta personas: compañeros del hospital, amigos de Esteban, nuestros papás, Laura, Camila, Mateo (que ya era parte oficial de la familia), hasta la jefa de neonatología que nunca iba a fiestas. Todos con gorritos de bebé y silbatos.

—¡Ay, no! ¡Esto es demasiado! —gritó Luciana, tapándose la cara mientras lloraba de la risa.

Esteban la abrazó por detrás y le besó la coronilla.

—Todo lo hicimos con amor, doctora.

El plan era simple: comer, jugar, abrir regalos y terminar bailando. Lo que nadie esperaba era que la familia Domínguez convertimos “simple” en “caos absoluto”.

Primero fue el juego de “adivina el tamaño de la panza”. Mamá trajo un rollo de papel higiénico y todos teníamos que cortar la cantidad que creíamos que rodeaba la panza de Luciana. Papá cortó como medio rollo y quedó corto por casi un metro.

—¡Eso es imposible! —gritó, rojo de vergüenza.

—¡Es que el bebé es grande como su abuelo! —respondió Esteban, y todos nos morimos de la risa.

Después vino el juego de “prohibido decir bebé”. Cada vez que alguien decía la palabra “bebé”, tenía que poner un peso en una alcancía con forma de chanchito. En menos de diez minutos el chanchito estaba repleto y Esteban ya debía como cincuenta mil pesos por no poder callarse.

El momento estrella fue cuando sacamos la caja gigante de pañales. Luciana tenía que adivinar qué había dentro solo tocando. Metió la mano, sacó un pañal tamaño recién nacido y gritó:

—¡Un pañal! ¡Obvio!

Pero debajo había una nota mía:

“Este es el primero de los 8.000 que vas a cambiar. ¡Suerte, mamá!”

Luciana se puso a reír y a llorar al mismo tiempo. Esteban la abrazó y le susurró algo al oído que la hizo llorar más.

Luego llegó el turno de los regalos. Uno a uno fuimos pasando. Laura le dio un estetoscopio pediátrico con el nombre del bebé grabado (aún no sabían el sexo). La jefa de neonatología le regaló un libro de firmas médicas antiguas. Mamá le dio el moisés que usamos Luciana y yo de bebés, restaurado y pintado de blanco.

Cuando llegó mi turno, me paré frente a ella con una caja envuelta en papel kraft.

—Este es de parte de la tía más loca —anuncié.

Luciana abrió la caja y sacó un álbum de fotos gigante. En la portada decía: “La historia de nosotras, para que tu hijo/a sepa que el amor siempre gana”.

Empecé a pasar las páginas mientras todos miraban.

Página 1: fotos de cuando éramos niñas, felices.

Página 2: fotos mías en portadas de revistas, sonriendo falsa.

Página 3: titulares de los escándalos, las peleas, el odio.

Página 4: la foto de nosotras arrodilladas en la casa de papás el día que pedí perdón.

Página 5: fotos de la boda, del embarazo, de los domingos familiares.

Y la última página estaba en blanco, con una nota:

“Aquí irá la primera foto del bebé con su tía favorita. Porque esta familia se rompió, pero se volvió a pegar más fuerte. Te amo, Lú.”

Luciana lloraba tanto que Esteban tuvo que pasarle pañuelos. Se levantó como pudo, me abrazó y no me soltó en varios minutos.

—Este es el regalo más hermoso que me han hecho en la vida —dijo entre hipos.

Y entonces llegó el momento que nadie olvidará nunca.

Mateo y yo habíamos preparado una “sorpresa final”. Mientras todos estaban distraídos comiendo pastel, salimos al pasillo y regresamos empujando un carrito gigante de supermercado lleno hasta el tope de pañales, leche, cremas, ropa de bebé… todo lo imaginable. Encima del carrito había un letrero que decía:

“De parte de la tía Sofi y el tío Mateo: para que nunca les falte nada… ¡y porque vamos a malcriar a este bebé como se merece!”

Luciana abrió los ojos como platos.

—¡¿Cuánto gastaron en esto?!

—Demasiado —respondió Mateo, riendo—. Pero valió cada peso.

Esteban se puso a sacar cosas del carrito y a gritar como locutor de subasta:

—¡Pañales para tres años! ¡Leche para seis meses! ¡Unos zapaticos que le van a quedar grandes hasta los dos años!

Y de repente, en el fondo del carrito, sacó una cajita pequeña envuelta en papel rosa y azul.

Luciana lo miró confundida.

—¿Qué es eso?

Esteban se arrodilló frente a ella (sí, otra vez de rodillas en esta familia) y abrió la caja. Dentro había un par de areticos de oro chiquitos con una notita:

“Para cuando nazca. Para que sepa que tiene una tía que daría todo por él/ella.”

Luciana chilló tan fuerte que casi se cae de la silla. Todos aplaudimos, gritamos, lloramos. Mamá se puso a bailar un vallenato imaginario. Papá sacó el aguardiente y brindamos (Luciana con jugo de mango, obvio).

La fiesta terminó a las diez de la noche. Luciana estaba agotada pero feliz. Esteban la llevó cargada al carro porque “los pies de la futura mamá no tocan el suelo hoy”. Yo me quedé ayudando a recoger con Mateo.

Cuando ya todo estaba guardado, nos sentamos en la terraza vacía. Él me tomó la mano.




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