La Favorita Del Actor

Epílogo 5 (último): El círculo que se cierra

P.O.V. Sofía – Tres años y medio después del nacimiento de Rafael

La finca en Santa Elena olía a café recién colado, a flores de guayacán y a tierra mojada por la lluvia de la madrugada. Era el mismo lugar donde Luciana y Esteban se casaron, solo que ahora estaba lleno de risas de niños, globos de helio y mesas largas cubiertas de manteles blancos.

Habíamos organizado una “fiesta de la familia” sin motivo aparente, solo porque podíamos. Porque queríamos celebrar que seguíamos juntos, que seguíamos vivos, que seguíamos amándonos después de todo.

Rafael, con tres años y medio, corría descalzo detrás de su primita Valentina (la hija de Laura, que había nacido seis meses después que él). Los dos gritaban como locos persiguiendo mariposas. Esteban los vigilaba con una cerveza sin alcohol en la mano mientras hablaba con papá sobre fútbol.

Mamá y la mamá de Esteban preparaban bandeja paisa en la cocina abierta, riéndose de cualquier cosa. Luciana, con su segundo embarazo de cinco meses ya visible, descansaba en una hamaca con una limonada, mirando todo con esa sonrisa tranquila que solo tienen las mujeres que saben que ganaron la batalla más importante.

Yo estaba nerviosa. Más nerviosa que el día que pedí perdón de rodillas. Llevaba en el bolsillo del vestido un sobre y un anillo. Mateo estaba a mi lado, con la mano en mi cintura, tan tranquilo como siempre.

—¿Lista? —me susurró al oído.

—Muerta de miedo —respondí.

—Entonces es el momento perfecto —dijo, y me besó la sien.

Di un par de palmadas fuertes para llamar la atención. Todos se callaron poco a poco. Rafael vino corriendo y se abrazó a mis piernas.

—¡Tía Sofi! ¡Juega!

—Espera un poquito, mi amor —le dije, acariciándole el cabello—. La tía tiene que decir algo importante.

Me paré en el centro del corredor de madera, el mismo donde Luciana había caminado hacia Esteban el día de su boda. Sentí que las piernas me temblaban. Respiré hondo.

—Primero —empecé, con la voz quebrándose un poco—, quiero darles las gracias por estar aquí. Por seguir aquí. Hace unos años esta escena era imposible. Yo estaba rota, ustedes estaban heridos, y nuestra familia parecía un rompecabezas que nadie quería armar. Pero aquí estamos. Riendo, comiendo, celebrando. Y eso solo pasó por una palabra que aprendí tarde, pero que ahora llevo tatuada en el alma: perdón.

Miré a papá, que tenía los ojos húmedos.

—Papá, gracias por enseñarme que un hombre de verdad también sabe pedir perdón y recibirlo.

Miré a mamá, que ya lloraba.

—Mamá, gracias por nunca cerrar la puerta aunque yo la azoté mil veces.

Miré a Esteban.

—Gracias por amar a mi hermana cuando yo no sabía cómo hacerlo.

Y miré a Luciana, que me sonreía con lágrimas rodando.

—Y tú, Lú… gracias por ser la persona más grande que conozco. Por perdonarme cuando no lo merecía. Por darme una segunda, tercera y milésima oportunidad. Por enseñarme que la familia no es perfecta, es perseverante.

Saqué el sobre del bolsillo y se lo entregué a Luciana.

—Ábrelo —le pedí.

Ella lo abrió con manos temblorosas. Dentro había una ecografía. Una sola imagen en blanco y negro con una flechita que señalaba un puntito diminuto. Y debajo, escrito a mano:

“Futuro/a sobrino/a n.º 3 – Llegada prevista: Octubre”.

Luciana soltó un grito que asustó a las mariposas.

—¡¿Estás embarazada?!

Asentí, llorando y riendo al mismo tiempo.

—De trece semanas —dije—. Y… hay más.

Mateo se acercó, se arrodilló frente a mí (sí, otra vez de rodillas en esta familia) y sacó una cajita de terciopelo. La abrió. Dentro había un anillo de oro blanco con un diamante pequeño y dos piedras laterales: una esmeralda por Colombia y una turquesa por Boyacá.

—Sofía Domínguez —dijo Mateo, con la voz temblorosa—, hace tres años llegué a tu tienda con telas y me quedé con tu corazón. Me enseñaste que el amor de verdad no juzga el pasado, solo construye futuro. ¿Quieres casarte conmigo y criar conmigo a este bebé y a todos los que vengan?

No pude hablar. Solo asentí como loca mientras las lágrimas me caían. Mateo me puso el anillo y me levantó para besarme. El grito colectivo fue ensordecedor.

Luciana se levantó de la hamaca como pudo y corrió a abrazarnos, panza contra panza.

—¡Vamos a estar embarazadas y ahora sera juntas conmigo otra vez! —gritó.

—¡Y nuestros hijos van a ser primos-hermanos del alma! —respondí.

Mamá se desmayó dramáticamente en los brazos de papá, que reía y lloraba al mismo tiempo. Esteban levantó a Rafael en brazos y gritó:

—¡Tengo un sobrino/a en camino y una cuñada comprometida! ¡Esto se celebra con aguardiente!

La fiesta se volvió una locura hermosa. Alguien puso música, todos bailamos, Rafael y Valentina corrieron en círculos gritando “¡tía Sofi se casa!”. Mamá sacó el teléfono y nos grabó a todos saltando y abrazándonos. Papá brindó con voz ronca:

—Por mis hijas. Por mis nietos. Por la familia que casi perdimos y que nunca más soltaremos.

Esa noche, cuando el sol se escondió y las luces de la finca se encendieron, nos sentamos todos en círculo. Rafael dormía en los brazos de Luciana, Valentina en los de Laura. Mateo me tenía abrazada por detrás, con la mano sobre mi pancita apenas perceptible.

Luciana levantó su vaso de jugo.

—Brindemos por el perdón —dijo—. Porque sin él, nada de esto existiría.

Todos alzamos nuestros vasos.

—Por el perdón —repetimos.

Y en ese momento supe que el círculo se había cerrado.

Que todo el dolor, todas las lágrimas, todos los errores habían valido la pena.

Porque nos trajeron aquí.

A este amor inmenso.

A esta familia imparable.

*FIN*

A mis queridos lectores y lectoras

Gracias por acompañarnos en este viaje corto, intenso, refrescante y lleno de corazón.

Gracias por reír con nosotros, por llorar, por enojarse con Sofía y terminar amándola.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.