La Firma del Nudo

Capítulo 1

big_dd940674d91a692026a296a64c471aac.jpg

El aire olía distinto.

No sabría decir exactamente a qué. No era solo humedad, ni madera, ni frío. Era algo más denso, como si el lugar guardará demasiadas cosas sin decirlas. Como una habitación que estuvo cerrada por años y, al abrirla, el silencio sale primero.

Epuyén.

Leí el nombre en el cartel cuando el auto me dejó en la entrada del pueblo. Letras blancas sobre madera oscura, gastadas en los bordes. Alguien las había pintado hacía poco, pero no lo suficiente como para ocultar el paso del tiempo. Supe de este pueblo por la abuela de una amiga de la infancia, eran recuerdos que guardaba gratamente en mi memoria, de cuando nos cuidaba después de la escuela. Tardes enteras pase en su hogar, cuando mis padres olvidaban recogerme o simplemente no querían hacerlo, nos contaba que el pueblo transmitía un aire nostálgico que ayudaba a recuperar la paz del alma, cosa que no entendía pero ahora necesito.

Bajé con la mochila colgando del hombro. No era mucho lo que tenía. Nunca lo fue.Lo suficiente para empezar de nuevo.

O para fingir que podía hacerlo.

El auto se fue sin mirar atrás. Mejor. Las despedidas siempre fueron incómodas. Incluso cuando no había nada real que dejar.

Me quedé quieta unos segundos. Observando.

Casas bajas. Ventanas abiertas. Cortinas moviéndose con el viento. Un perro cruzando la calle como si tuviera todo el tiempo del mundo. Nadie parecía apurado. Nadie parecía… alerta.

Era el tipo de lugar donde las cosas malas no deberían pasar.

Caminé despacio. Necesitaba entender el ritmo del lugar. Hay pueblos que te expulsan si avanzás demasiado rápido. Otros, si dudás.

Este… parecía observar primero.

Mis pasos sonaban más de lo que deberían sobre la grava. O tal vez era solo la sensación de estar demasiado consciente de todo. El sonido del viento entre los árboles. Una puerta que se cerraba a lo lejos. Voces bajas, indistinguibles.

Y algo más.

Esa sensación.

No era nueva.Nunca lo fue.

La ignoré.

Hacía años que había aprendido que prestarle atención solo la hacía más fuerte. Como cuando de chica me convencía de que había alguien debajo de la cama. Si no miraba… no existía.

O al menos eso me decía.

Había una panadería en la esquina. No hacía falta buscarla. El aroma a pan recién hecho te guiaba más que cualquier dirección. Cálido. Familiar. Engañosamente simple.

Empujé la puerta.

El sonido de la campanilla fue suave. Casi tímido.

Adentro, el calor me envolvió de inmediato. Harina en el aire. Madera. Café. Todo ordenado de una forma que no parecía forzada. Como si cada cosa supiera exactamente dónde tenía que estar.

—Hola —dijo una voz.

Levanté la mirada.

Ella estaba detrás del mostrador. Delantal claro, manos apoyadas sobre la madera, una sonrisa que no era invasiva. No evaluaba. No exigía.

Solo estaba.

—Hola —respondí.

Mi voz sonó más baja de lo que esperaba. No frágil. Solo… contenida.

—¿Buscás algo en particular?

Negué apenas.

—Trabajo.

Silencio.

No incómodo. Pero sí… atento.

Ella inclinó la cabeza, como si me mirara un poco más de lo necesario. No de forma invasiva. Era otra cosa. Como si no estuviera evaluando lo que decía… sino lo que no.

—¿Tenés experiencia?

—Un poco.

No era mentira.

Tampoco era toda la verdad.

Sus ojos se suavizaron apenas. O tal vez lo imaginé.

—Siempre hace falta ayuda —dijo finalmente—. Sobre todo a esta altura del año.

Asentí.

Sentí el peso de su mirada un segundo más. Como si estuviera esperando algo. Una explicación. Un detalle. Algo que justificara mi presencia.

No lo hice.

No iba a hacerlo.

Después de un momento, sonrió otra vez.

—Soy Eva.

—Cassia.

Decir mi nombre en voz alta siempre tenía algo extraño. Como si no terminara de pertenecerme del todo. Como si fuera algo que había aprendido a usar… pero no necesariamente a sentir.

—Podés empezar mañana, si querés —continuó—. Franz, mi marido, va a estar también, él te muestra cómo trabajamos. No le tomes en cuenta la cara de gruñon, va a ayudarte a aprender todo lo que necesites.

—Gracias.

Y lo sentí. No como gratitud real. Como alivio. O algo parecido.

—Podés llevarte esto —agregó, extendiendo una bolsa de papel—. Pan de hoy.

Dudé un segundo, por costumbre. Aceptar cosas, nunca fue gratis. Pero igual la tomé, que podia pasar por aceptar un poco de pan.

—Gracias.

Esta vez sonó mejor. Más creíble. Salí de la panadería con el calor todavía pegado a la piel. Afuera, el aire frío me golpeó de nuevo, pero no de la misma forma que antes.

Ahora ya no era desconocido.

Caminé sin apuro. La bolsa tibia entre las manos. El ruido del papel al moverse con cada paso.

Y entonces volvió. Esa sensación. Más clara. Más cerca. Me detuve, no giré de inmediato. A veces, mirar demasiado rápido confirma cosas que todavía no querés ver.

Respiré hondo.

Uno.

Dos.

Tres.

Y recién ahí, levanté la mirada. Nada. La calle seguía igual. Vacía. Tranquila. Perfecta. Pero el cuerpo no siempre responde a lo que ve, muchas veces solo reacciona instintivamente.

Ajusté el agarre sobre la bolsa, y seguí caminando. Como si no pasara nada. Como si no sintiera nada. Como si no hubiera aprendido, hace mucho tiempo, la diferencia entre estar sola… y estar sin compañía.

Cuando llegué a la cabaña que alquilé, el sol ya se estaba apagando. Era pequeña. Madera oscura, ventanas simples. Lo justo. No necesitaba más.

Nunca lo hice.

Deje las cosas sobre la mesa, y me dedique a observar cada rincón, cada ventana. Por costumbre, un hábito adquirido.

El bosque empezaba a oscurecerse. Los árboles se movían apenas con el viento. Nada fuera de lugar. Nada evidente. Pero esa sensación, que provocaba escalofríos en mi cuerpo no se desvanecía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.