La tarde comenzó a caer despacio sobre la floristería.
Los amigos seguían allí, dispersos entre sillones, cajas de donas medio vacías y plantas que parecían escuchar más de lo que deberían. El ambiente era tranquilo, pero no liviano. Era esa calma tensa que aparece después de una verdad demasiado grande.
Arlina estaba sentada en sillón, con las piernas recogidas, observando sus manos como si fueran ajenas.
Kael permanecía de pie, cerca del mostrador, en silencio. Desde que había hablado, algo en él se había vuelto más rígido. No distante. Contenido.
Elías fue quien rompió el silencio.
—Antes de seguir… —dijo con voz grave— hay algo que deben saber todos.
Se acercó a una de las estanterías más antiguas y retiró una maceta de cerámica blanca. Debajo, grabado directamente en la madera del suelo, había un símbolo circular, casi borrado por el tiempo.
Líneas finas. Pétalos. Alas.
—Esta floristería —continuó— no fue elegida al azar.
Chloe se inclinó hacia adelante, ajustándose los lentes.
—¿Cómo que no al azar?
Kael habló antes que Elías.
—Está construida sobre tierra consagrada —dijo—. Antigua y celestial. Aquí, muchas cosas con malas intenciones, no pueden entrar… al menos que ustedes mismos se lo permitan, y otras no pueden manifestarse del todo.
Arlina levantó la vista de golpe.
—¿Por eso la sombra no pudo…? —no terminó la frase.
Kael asintió.
—Por eso sobreviviste.
Un escalofrío recorrió la habitación.
Iván tragó saliva.
—O sea que… ¿hemos estado comiendo donas sobre un lugar sagrado?
—Básicamente —respondió Alice—. Respeta la dona.
Sam levantó el pulgar.
—Donas benditas. Me gusta.
Arlina sonrió apenas, pero la sensación de peso seguía ahí, apretándole el pecho.
Kael se movió entonces hacia el centro de la sala.
—Arlina —dijo con suavidad—. Antes de que intentes entender qué puedes hacer… necesito decirte qué no puedes.
Ella se tensó.
Kael tomó un pequeño cuenco de metal, lo llenó con ceniza que salían de su propia mano y pétalos secos de lirio blanco. Con movimientos lentos, comenzó a dibujar un círculo en el suelo.
—No puedes invocar la luz por voluntad propia —continuó—. No todavía.
—No puedes usarla para atacar.
—No puedes usarla para proteger a otros si tú no estás estable.
El círculo se cerró.
—Y, sobre todo… —levantó la mirada hacia ella— no puedes forzarla.
Arlina frunció el ceño.
—Pero yo la sentí —dijo—. Está ahí. Como… como si respondiera.
—Responde al peligro —corrigió Kael—. Al miedo. Al amor. A la pérdida.
No a la orden.
Elías observaba en silencio, con los brazos cruzados, como si cada palabra confirmara algo que ya sabía.
—La luz no es un arma —añadió Kael—. Es un pacto.
Arlina se levantó despacio.
—Quiero intentarlo —dijo.
Kael abrió la boca para negarse… pero Elías habló primero.
—Déjala.
Kael lo miró, sorprendido.
—Elías—
—Si va a fallar —continuó el padre—, prefiero que lo haga aquí. Con nosotros.
Arlina entró al círculo.
Cerró los ojos.
Respiró hondo.
Está ahí, pensó. Lo sé.
Recordó el lirio.
La voz en el sueño.
La calidez en sus manos.
Extendió los dedos.
Por un segundo… algo respondió.
Un destello suave, apenas perceptible.
Y luego—
El dolor.
Un golpe seco en la cabeza, como si el mundo se inclinara. Arlina jadeó, llevándose la mano a la nariz. La sangre brotó de inmediato.
—¡Arlina! —Alice corrió hacia ella-.
Pero Elías la detiene sujetándola del brazo— No puedes tocar el circulo, es peligroso para ti.
Alice solo frunce el ceño, frustrada.
Kael estuvo a su lado en un instante, sosteniéndola antes de que cayera.
—Eso es lo que pasa cuando fuerzas la luz —dijo con voz tensa—. Te consume primero a ti.
Arlina respiraba agitada, mareada, con los oídos zumbando.
—Entonces… —susurró— tiene un precio.
Kael la miró a los ojos.
—Siempre.
No de forma catastrófica, pero sí lo suficiente como para que el aire de la floristería cambiara. El círculo de pétalos de lirio secos y cenizas que Kael había trazado en el suelo aún conservaba restos de ceniza, y el aroma floral estaba mezclado con algo metálico: sangre.
No mucha. Apenas un hilo que Arlina había limpiado ya de su nariz, pero suficiente para que todos lo notaran.
Chloe fue la primera en romper el silencio.
—Ok… —dijo despacio—. Esto ya no es “raro”. Esto es oficialmente peligroso.
Iván, que había intentado bromear durante todo el día, no dijo nada. Observaba a Arlina con los brazos cruzados, el ceño fruncido, como si intentara memorizar cada detalle por si algo salía mal después.
Sam bajó la cámara.
No tomó ninguna foto.
Eso, para Arlina, fue más significativo que cualquier palabra.
—¿Te duele todavía? —preguntó Alice, arrodillada frente a ella.
—No —respondió Arlina—. Ya pasó.
No era del todo cierto, pero no quería preocuparlos más.
Kael permanecía de pie, un poco apartado, con el cuerpo tenso. Desde que la luz se le había desbordado a Arlina, él sentía otra cosa: una presión densa, como si algo al otro lado de la noche hubiera notado el fallo.
Elías también lo sentía.
No como Kael, pero sí como alguien que reconoce cuando su casa deja de ser solo una casa.
—Chicos —dijo Elías finalmente, con calma medida—. Necesito hablar con ustedes.
Todos alzaron la vista.
—Lo que ocurrió hoy no es algo que podamos tomar a la ligera. Afuera… —miró de reojo hacia la ventana— las cosas no están tranquilas.
Adrián tragó saliva.
—¿“No tranquilas” tipo… sirenas? ¿O tipo “no mires por la ventana después de medianoche”?
Kael habló por primera vez.