CAP 5. Donde la luz aprende a no Arder.
No todos los amaneceres nacen con luz.
Algunos despiertan primero en la oscuridad.
Muy lejos de la floristería —o tal vez no tan lejos como Arlina creía—, algo se movía sin prisa.
Ni con rabia, ni con urgencia. Con cálculo.
Zhakar permanecía de pie ante un vacío que no era exactamente un salón ni un trono, sino una extensión de sombras organizadas a su alrededor, obedientes por pura naturaleza. En su forma humana aparentaba poco más de treinta inviernos: alto, atlético, impecablemente erguido, cabello negro y liso, bastante largo. Cada movimiento suyo parecía medido, elegante… demasiado perfecto para resultar tranquilizador.
Su rostro, de rasgos afilados y simétricos, no mostraba emoción alguna. Pómulos marcados, mandíbula firme, piel clara con un matiz frío, casi de porcelana. Pero quien se atreviera a observarlo de cerca notaría las vetas oscuras bajo esa superficie pulida, como humo sólido desplazándose lentamente por sus venas.
Sus ojos, de un ámbar brillante cercano al oro, se entrecerraron apenas.
Él no observaba el mundo como lo hacían los mortales.
Él lo sentía.
La vibración tenue de una luz que no debía haberse manifestado aún recorrió su conciencia como una nota mal colocada en una melodía antigua. No fue un estallido. No fue una llamada clara.
Fue un error aprendido. Uno interesante.
—Así que despertaste… —murmuró, más para sí que para nadie.
A su alrededor, la sombra se reconfiguró. No tomó forma humana completa, pero una presencia emergió lo suficiente para comunicar. No habló con voz; depositó conocimiento. Fragmentos. Sensaciones. El eco de un intento fallido.
Zhakar no necesitaba informes verbales.
Lo que quedaba de aquella entidad se disolvía lentamente, llevándose consigo impresiones de dolor, resistencia… y sorpresa.
No había fracaso. Solo aprendizaje.
—Respondió sin entrenamiento —continuó, caminando con calma—.
—Protegió sin invocar.
Se detuvo. Eso no era común. No era normal. No era casual.
Una sonrisa fina se dibujó en sus labios. No humana. No amable.
Una sonrisa peligrosa.
—Interesante…
Las vetas bajo su piel se agitaron levemente.
—Vigílenla —ordenó al vacío—. Sin tocarla. Sin provocarla directamente.
La oscuridad latente se tensó, expectante.
—Quiero desgaste —añadió—. Dudas. Miedos cotidianos.
Quiero grietas
Se giró apenas, como si percibiera algo más… algo antiguo.
—Y al ala perdida… —dijo, con un matiz casi divertido—. No lo enfrenten aún.
Entonces, la sombra dudó.
Una osadía mínima. Calculada.
Y depositó algo más.
No una visión.
No un recuerdo.
Una profecía.
Las palabras se imprimieron en el aire frente a Zhakar, grabadas como fuego contenido:
“La sangre mestiza será la llama que rompa la sombra del rey.”
El silencio se volvió pesado.
Durante un instante, Zhakar no reaccionó.
Luego… sus ojos cambiaron.
El ámbar se extinguió, reemplazado por un negro absoluto, atravesado por una pupila roja, delgada como una herida. Pequeñas fisuras lumínicas aparecieron en la piel alrededor de sus ojos, y las vetas bajo su porcelana falsa se iluminaron en rojo oscuro.
La temperatura descendió.
—¿Rey…? —repitió con voz baja.
Un paso. El suelo oscuro se agrietó.
—Jamás fui un rey —dijo, ahora con una calma afilada—. Los reyes heredan tronos.
Apretó los dedos, entrelazándolos con lentitud forzada.
—Yo los derribo. Incluso los del mismísimo infierno.
La sombra retrocedió, consciente del error.
—¿Sangre mestiza…? —continuó Zhakar, y esta vez la furia sí se filtró, contenida pero absoluta—. ¿Eso es lo que creen que me destruirá?
Las fisuras brillaron un segundo más… y luego desaparecieron.
Zhakar exhaló.
Se recompuso.
Volvió a ser perfecto. Intimidante. Sereno.
—No cambien el plan —ordenó finalmente—.
—Pero ahora vigílenla mejor.
Sus ojos regresaron al ámbar dorado.
—Si el mundo cree que puede encender una llama contra mí…
entonces me aseguraré de que aprenda cuánto cuesta arder.
Se sentó lentamente en un trono simulada que por poco se veía, como si el estallido nunca hubiera existido.
—El ajedrez no se dan con el primer movimiento.
La oscuridad obedeció.
Y el mundo, sin saberlo, ya estaba siendo observado.
…
El amanecer llegó a la floristería sin pedir permiso.
La luz se deslizó por los ventanales en tonos suaves, filtrándose entre hojas, tallos y pétalos aún cerrados. No fue un amanecer triunfal. Fue cauteloso. Como si incluso el sol supiera que algo había cambiado durante la noche.
Arlina despertó antes que la mayoría.
No por un ruido. Sino por una sensación.
El lirio en su pecho seguía dormido, pero ya no estaba inerte. No latía. No brillaba. Simplemente… estaba atento. Como un animal que aún no abre los ojos, pero escucha cada paso alrededor.
Se incorporó despacio, cuidando no despertar a Alice, y caminó hacia la sala principal. Sus pies descalzos apenas hicieron ruido sobre el suelo frío.
Entonces lo vio.
Kael estaba en el umbral, exactamente en el mismo lugar donde lo había encontrado horas antes. De espaldas a ella, con la mirada fija en la calle todavía vacía. La luz del amanecer delineaba su figura con suavidad, como si el día dudara en tocarlo del todo.
No parecía cansado. Pero tampoco descansado.
Parecía sostener el mundo sobre los hombros.
Arlina se quedó quieta unos segundos, observándolo sin que él lo supiera. Había algo íntimo en verlo así, sin armadura, sin palabras, sin órdenes. Solo presente.