El mediodía avanzó sin dramatismos aparentes.
Eso, en sí mismo, ya era sospechoso.
La floristería volvió a oler a normalidad: tierra húmeda, pétalos abiertos, madera tibia. Afuera, la calle seguía igual de tranquila que siempre, con vecinos que saludaban sin saber que, bajo ese mismo cielo, algo estaba aprendiendo a observar más de cerca.
Elías fue el primero en romper la calma.
—Bien —dijo, apoyando las manos sobre la mesa—. Necesitamos ropa, cargadores, cepillos de dientes… y versiones coherentes de la realidad.
Sam alzó la vista de golpe.
—¿Versiones coherentes de qué realidad?
—La que van a contarle a sus padres —respondió con serenidad—. No podemos simplemente desaparecer una semana sin explicación. Eso solo atrae atención. Y la atención… —miró brevemente a Kael— no nos conviene.
Chloe asintió de inmediato.
—Excusa corta, aburrida y verificable. Nada heroico.
—“Ayudando en una floristería” —murmuró Adrián— sigue sonando sospechoso.
—Entonces no digan floristería —replicó Elías—. Digan casa familiar. Digan verano, amistad, apoyo emocional. La gente cree cualquier cosa si suena cansada.
Iván dejó escapar una risa.
—Mi madre va a pensar que estoy en terapia grupal.
—Perfecto —dijo Elías—. Eso siempre tranquiliza.
Kael observaba desde la pared, atento, silencioso.
Cuando Elías se giró hacia él, ya sabía lo que venía.
—Vendrás con nosotros —dijo—. Pero no hablarás con los padres. Ni te presentarás. Ni llamarás la atención.
Kael inclinó la cabeza.
—Eso puedo hacerlo.
—Excelente —añadió Sam—. El hombre invisible.
Arlina los miraba con una mezcla de nervios y gratitud. No era solo que se quedaran. Era que eligieran quedarse.
El grupo salió poco después, caminando juntos por calles conocidas. No usaron autos. Elías insistió en ir a pie.
—Mientras más normal parezca —explicó—, mejor.
Y durante los primeros minutos… lo fue.
Risas. Bromas. Comentarios triviales.
Hasta que el aire cambió.
No fue un golpe. Fue un roce.
Arlina fue la primera en detenerse.
—¿Lo sienten…? —preguntó, bajando la voz.
Sam frunció el ceño.
—Sí. Como… presión. Pero no en un lugar específico.
Iván miró alrededor.
—No hay nadie.
Kael ya estaba alerta. Su postura había cambiado apenas, imperceptible para cualquiera que no lo conociera.
—No está aquí —dijo—. Está probando.
La sombra no se mostró. Solo se deslizó.
Un reflejo en una ventana que no coincidía.
Una sensación de ser observado desde un ángulo imposible.
Una risa que nadie escuchó, pero todos sintieron.
Chloe apretó los puños.
—Esto no es desgaste normal.
—No —confirmó Kael—. Solo nos observa, nos estudia.
Aceleraron el paso.
Por suerte, todos vivían cerca.
Eso, que antes siempre había sido una comodidad, ahora se sentía como una trampa bien calculada.
Las calles conocidas parecían otras. No distintas del todo, sino mal colocadas, como si alguien las hubiera estado observando con atención excesiva, memorizando cada esquina, cada ventana, cada puerta que se abría y se cerraba. Las sombras no se movían mal… se movían demasiado bien.
Chloe y Sam recogieron sus mochilas primero. Ropa básica, cargadores, libretas. Nada que llamara la atención. Todo rápido. Demasiado rápido para sentirse normal.
—No me gusta esto —murmuró Sam mientras cerraba la cremallera—. Siento que nos están contando los pasos.
—Eso no es paranoia —respondió Chloe, ajustándose la correa de su mochila—. Es una conjetura basada en patrones.
El siguiente punto fue la casa de Adrián.
Elías se ofreció a entrar con él. Conocía a sus padres desde hacía años; vecinos, amigos, confianza construida con tiempo y silencios compartidos. La conversación fue tranquila en apariencia: estudios, verano, planes, lo bien que Adrián había crecido. Sonrisas medidas. Mentiras limpias. Hablaba con los padres de Adrián en la cocina con buena familiaridad.
Mientras tanto, Adrián subió a su habitación acompañado de Iván dejando atrás a las chicas y a Kael en el umbral de la casa.
Apenas cruzó el umbral, algo se cerró.
No fue un ruido.
Fue una sensación brutal de encierro.
—¿Lo sientes? —preguntó Iván, bajando la voz.
Adrián no respondió enseguida. Se quedó quieto, mirando su habitación como si no la reconociera del todo. Las paredes parecían más estrechas. El aire… más pesado.
—Esto es una estupidez —dijo al fin—. Deberíamos irnos. Nada de esto es normal.
—Nunca lo fue —replicó Iván, intentando sonar firme—. Pero dijiste que no ibas a huir.
Adrián apretó los dientes.
—No es huir si es sentido común.
Entonces, la temperatura cayó.
La luz parpadeó una sola vez.
Y la sombra apareció.
No surgió de un rincón.
Se desprendió del techo.
Una figura oscura, uniforme, demasiado grande para el espacio que ocupaba, con bordes que no terminaban de definirse. Sus ojos —si es que lo eran— se abrieron lentamente, fijándose primero en Adrián.
—Siempre dudas —susurró—. Siempre eliges tarde.
Iván dio un paso adelante.
—Aléjate de él.
La sombra giró apenas, divertida.
—Tú no importas.
Adrián sintió que le faltaba el aire.
—Esto… esto no es real…
—Claro que lo es —respondió la sombra—. Soy la parte que no quieres aceptar.
Abajo, Arlina jadeó de pronto, doblándose hacia adelante como si algo le hubiera golpeado el pecho desde dentro.
—Adrián… —susurró, con la voz rota.
Sin pensarlo, salió corriendo hacia las escaleras.
—¡Arlina! —gritó Kael, sorprendido.
Elías lo entendió de inmediato.
—Baño —dijo en voz alta, mirando a los padres de Adrián—. ¿Me permiten?
No esperó respuesta.