La Flor del Ángel Caído

CAP 7. Razones para quedarse.

La casa había vuelto al silencio.

No al silencio cómodo de la noche, sino a ese otro que aparece cuando algo importante ya ocurrió y nadie se atreve a nombrarlo. Un silencio denso, expectante, como si las paredes todavía estuvieran escuchando.

Los platos de la cena seguían sobre la mesa. Migas de panqueques. Vasos a medio vaciar. El olor dulce aún flotaba en el aire, casi fuera de lugar después de todo. Como si la casa insistiera en fingir normalidad.

Lía recogía los platos con movimientos lentos, demasiado cuidadosos. No preguntaba. No insistía. Pero su expresión delataba que estaba escuchando cada respiración.

Elías la ayudaba en silencio.

Kael, apoyado contra la pared un poco más atrás, observaba sin intervenir. Brazos cruzados. Mandíbula tensa. Como si supiera que esto tenía que salir… y que iba a doler.

Arlina estaba sentada junto a Alice. No hablaba. Tenía las manos entrelazadas con fuerza, los pulgares presionándose uno contra otro, gesto inconsciente de ansiedad. Sus ojos recorrían los rostros uno a uno, como si buscara algo que no terminaba de encontrar.

Fue Adrián quien rompió el silencio.

—Elías… —dijo, con la voz baja, insegura—. Hay algo que me preocupa.

Elías alzó la vista de inmediato.

—Dime.

Adrián respiró hondo.

—Mis padres… —empezó—. Yo grité. De verdad grité.
Se pasó la lengua por los labios, secos.
—Sentí que me iba a romper la garganta.

Alice apretó la mandíbula.

—Y aun así… —continuó Adrián—. Ellos no escucharon nada.

Lía se detuvo con un plato en las manos.

Arlina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No miró a Kael. No todavía. Algo en su pecho ya sabía la respuesta.

—No fue un error —añadió Adrián, levantando la vista—. No puede haberlo sido.
Esta vez sí miró a Kael.
—¿Verdad?

Kael sostuvo su mirada durante un largo segundo. No esquivó la verdad.

Luego, asintió.

El aire pareció tensarse de golpe.

—No —dijo Kael—. No fue un error.
Hizo una pausa.
—Realmente sucedió.

Alice fue la primera en reaccionar.

—¿Cómo que sucedió? —saltó, con la voz cargada de rabia—. ¿Estás diciendo que alguien decidió que no escucharan? ¿Que alguien eligió eso?

Elías dio un paso al frente.

—Zhakar —dijo con calma, aunque sin suavizarlo—. Él eligió que tus padres no escucharan.

—¡Eso es enfermizo! —espetó Alice, poniéndose de pie—. ¡Es retorcido!
Golpeó la mesa con la palma.
—¡Jugar con eso! ¡Con padres, con miedo…!

Arlina se levantó también, pero no gritó. Su voz salió más baja, más tensa.

—¿Por qué? —preguntó—.
Miró a Kael esta vez.
—¿Por qué hacer algo así?

Kael respiró hondo antes de responder.

—Porque el miedo es más efectivo cuando es íntimo —explicó—. Cuando no hay testigos. Cuando crees que estás completamente solo, y te sientes vulnerable…

Iván frunce el ceño — Pero no estaba solo…— Respondió en susurro

Arlina sintió que el estómago se le encogía.

—Cuando dudas de si alguien va a venir —añadió Elías.

Adrián apretó los puños.

—¿O sea que…? —su voz tembló—. ¿Podía haberlos dejado oír? ¿Podía haberlos hecho subir?

—Sí —respondió Kael sin rodeos.

Alice soltó una risa corta, amarga.

Mientras Iván cerró los ojos un segundo. La ira le cruzó el rostro, contenida, peligrosa. Sus dedos se crisparon sobre la mesa.

—Entonces lo sabía —dijo—. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—Y aun así no lo hizo —continuó Kael— porque si tus padres hubieran entrado, el quiebre habría sido distinto.
Inclinó apenas la cabeza.
—Más caótico. Menos controlado.

—Más humano —escupió Alice.

Elías cerró los ojos un instante.

—Zhakar no quería daño colateral —dijo—. Quería precisión.
Abrió los ojos.
—Quería herirte en el punto exacto.

—¿En la cabeza? —preguntó Alice, con irritación.

—En el corazón —respondió Elías—. Que dudaras. Que pensaras que nadie iba a venir.

Sam bajó la mirada. Con manos temblorosas.

—Que te sintieras solo.

Chloe alzó la vista de golpe.

—¿Manipulación emocional?

—Exacto —dijo Elías.

Adrián se pasó una mano por el rostro, respirando hondo.

—Entonces… —murmuró—. Todo eso fue para mí.

Kael asintió despacio.

—Sí.
Hizo una pausa.
—Pero no porque seas débil.

Arlina levantó la vista de golpe.

—¿Entonces por qué? —preguntó, tensa.

—Porque a Adrián le importa mucho los demás —respondió Kael—. Porque gritaste esperando que alguien te oyera.

Eso fue lo que terminó de romper algo.

Alice golpea ligeramente la mesa por ira, sus ojos brillantes.

—Odio que eso sea cierto —murmuró.

Iván se inclinó hacia adelante.

—¿Y ustedes lo sabían? —preguntó—. ¿Desde el principio?

Elías no esquivó la pregunta.

—Sabíamos que era una posibilidad —respondió—.
Bajó la voz.
—Y, aun así, no había forma de detenerlo sin empeorar las cosas.

—¿Y por qué no nos lo dijeron? —preguntó Sam, alzando la voz sin darse cuenta. No sonó a enojo. Sonó a miedo acumulado—. ¿Por qué no advertirnos?

Kael habló despacio.

—Porque hay verdades que, dichas antes, no protegen.
Hizo una pausa.
—Solo paralizan.

Arlina cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, habló con una claridad que sorprendió a todos.

—Entonces lo que intentó hacer… fue aislarnos —dijo—. Hacer que cada uno creyera que estaba solo.

Elías asintió.

—Exactamente.

El silencio volvió a caer sobre la casa. Pero ya no era solo miedo.

Era rabia. Era preocupación. Era la conciencia brutal de lo que había estado en juego.

Arlina miró a todos, uno por uno.

Seguían allí. Respirando.

Juntos.

Y entendió algo con una certeza dolorosa y firme:

Aquella noche, mientras los padres dormían al otro lado de la pared,
algo había intentado romperlos desde dentro.




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