La Flor del Ángel Caído

CAP 8. Importa tanto que duele

La cocina estaba despierta antes que el resto de la casa.
Había luz entrando por la ventana, tibia y dorada, y el sonido suave de platos apoyándose sobre la mesa. Lía se movía con naturalidad entre la cocina y el comedor, como si aquella rutina fuera un ancla. Como si preparar desayuno fuera su forma silenciosa de asegurarse de que todo seguía en pie.

Arlina apareció con el cabello suelto, todavía desordenado por el sueño, arrastrando un poco los pies. Se quedó quieta apenas cruzó la puerta, olfateando el aire como si buscara algo invisible.

—¿Hay…? —empezó, con voz somnolienta.

—Sí —respondió Lía antes de que terminara—. Hay dulce.

Arlina sonrió de inmediato, como si alguien hubiera accionado un interruptor secreto, y fue directo a la mesa.

Kael, que ya estaba sentado con una taza de algo oscuro entre las manos, alzó la vista justo a tiempo para verla servirse pan, mermelada, miel… y luego dudar, mirando el frasco de chocolate.

—No —dijo Alice desde la otra punta de la mesa—. Ni lo pienses.

Arlina la miró, con una inocencia sospechosa.

—¿Qué? ¿Por qué no?

—Tres cosas dulces es el límite —continuó Alice—. Si no, después no hay quien te aguante.

—Eso es mentira —replicó Arlina, untando igual el chocolate—. Yo soy encantadora.

Iván soltó una risa mientras se servía leche.

—Eso también es mentira —dijo—. Ayer intentó convencerme de que el lirio reaccionaba mejor si ella comía azúcar.

—¿Y funcionó? —preguntó Sam, divertida.

—No —respondió Iván—. Pero habló durante veinte minutos sin respirar. ¿No se dieron cuenta? Fue antes de salir.

Adrián soltó una risa breve, apoyándose en la mesa.

—Por eso nos escapamos antes —dijo—. Te la dejamos a ti.

Iván hizo una mueca.

—Cierto… traidores.

Las risas fueron suaves. Reales. No forzadas.
Ese tipo de risa que no intenta tapar nada, solo existir.

Kael observaba en silencio.

No la escena en general.
A Arlina.

Cómo se encogía apenas de hombros cuando se burlaban de ella.
Cómo no se defendía con enojo, sino con humor.
Cómo parecía… cómoda. Como si ese espacio le perteneciera.

—¿Siempre desayunas así? —preguntó Kael al fin, con tono neutro.

Arlina giró hacia él, sorprendida.

—¿Así cómo?

Kael señaló la mesa, con un gesto mínimo.

—Dulce primero.

Arlina dudó un segundo, como si la pregunta fuera más importante de lo que parecía.

—Sí —admitió—. Me ayuda a empezar el día sin sentir que todo pesa.

El silencio duró apenas un latido.

—Si no come dulce —intervino Chloe—, se pone demasiado seria… e insoportable. Y eso es peligroso.

—Oye —protestó Arlina.

—Es verdad —añadió Alice—. Arlina no puede empezar el día sin azúcar. Es casi una ley natural.

Kael bajó la mirada a su taza de café negro. Sin azúcar.

—También odia el café —continuó Sam—. Dice que es un sabor amargo innecesario.

—Porque lo es —replicó Arlina—. ¿Para qué empezar el día sufriendo?

Kael casi sonrió.
Casi.

—Pero hace dos días te tomaste una taza —dijo él entonces, levantando la vista—. ¿No fue con leche… y mucha azúcar?

Hubo un silencio breve. El tipo de silencio que confirma una verdad sin necesidad de palabras.

Kael arqueó una ceja, el labio curvándose apenas.

—¿Así que sí?

Todos rieron y asintieron.
Arlina solo se hundió un poco en su silla, completamente sonrojada.

—Le gustan las cosas simples —siguió Iván—. El pan caliente. Las mantas gruesas. Dormir abrazando algo.

Hizo una pausa.

—Generalmente un peluche grande.

Arlina ya parecía un tomate.

—¡No tenías que decir eso!

—Sí tenía —respondió Iván—. Es información vital.

Kael alzó la vista, atento.

—¿Vital? —repitió.

Iván lo miró de frente.

—Para cuidarla bien.

Kael sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario… y asintió apenas, aceptando algo que no necesitaba palabras.

—Y hay más —intervino Adrián, apoyando los codos en la mesa—. La conozco desde que éramos chicos.

Arlina lo miró, alarmada.

—Adrián…

—Tranquila —sonrió él—. Solo lo importante.

La observó con una ternura antigua.

—Le gustan las flores silvestres —continuó—. No las grandes ni las elegantes. Las que crecen torcidas, entre piedras. Siempre decía que eran las más valientes.

Kael sintió un tirón en el pecho.

—Y cuando era niña —añadió Adrián—, se quedaba horas mirando el cielo. Podía olvidarse de todo si había nubes raras o estrellas.

Arlina bajó la mirada, con una sonrisa pequeña, casi nostálgica.

—También —dijo Lía desde la cocina—, cuando está nerviosa, juega con los dedos. Y cuando está triste… cocina para otros, aunque no coma.

Arlina tragó saliva.

—Mamá…

—¿Qué? —respondió ella con suavidad—. No dije nada malo.

Kael sintió algo apretarle el pecho.

No era información estratégica.
No era una profecía.
No era poder.

Era Arlina.

—Y no le gustan las pesadillas —dijo Elías de pronto, desde la puerta.

Todos guardaron silencio.

Elías se acercó despacio, apoyando una mano sobre el respaldo de la silla de Arlina.

—Nunca le gustaron —continuó—. Desde pequeña.

Arlina no levantó la vista.

—Cuando despierta así —añadió él—, no hay que hacer preguntas. Solo quedarse.

Se inclinó apenas y besó su frente con un gesto natural, antiguo, protector.

—Eso siempre la calma.

Arlina cerró los ojos un segundo.

Kael apretó los dedos alrededor de su taza.

—¿Y qué te gusta? —preguntó entonces, mirándola a ella—. No lo que esperan de ti. Lo que te gusta de verdad.

Arlina parpadeó, sorprendida.

Miró la mesa.
A sus amigos.
A la cocina.
A la luz entrando por la ventana.

—Esto —dijo al fin—. Quedarme. Estar con quienes amo.

Levantó la vista.

Sus ojos encontraron los de Kael.




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