Observé cómo Xu Feng Tian, conocido en todo el Noveno Cielo como el Dios de la Guerra, se movía con una elegancia letal.
Su técnica, las Siete Lanzas de la Muerte, había cobrado más vidas de las que podría llegar jamás a imaginar. Humanos, demonios, bestias sagradas… ninguna raza se salvaba cuando su lanza bailaba.
¿Cuántos habrían perecido bajo sus manos? ¿Cuántas líneas de sangre se habían borrado? Valientemente, di un paso al frente, ascendiendo en el aire, cada pisada sostenida por un escalón de Matrix en color morado de energía espiritual pura
Xu Feng Tian estaba por atravesar el pecho de mi padre con su lanza, agité mi manga y en un instante el abuelo de Xu Jin estaba congelado en el aire.
Mi elegante hanfu de tela vaporosa en tonos violetas ondeando con la brisa. Miré hacia arriba, cientos de escalones con forma de mariposas hechas con energía espiritual aparecieron delante de mi.
—Cúan noble es el noveno cielo — dije con un deje venenoso mientras comenzaba elegantemente a subir aquellos escalones — si no aparezco hoy… —fulminé a Feng Tian con la mirada — ¿Seguirías pensando que no hay nadie en el reino de la luna?
Sin embargo, la feroz batalla entre Xu Feng Tian y mi padre, Bai Zhen, no cesaba. El retumbar de los golpes y el aullido de sus técnicas elementales hacía temblar la llanura.
Cada choque dejaba grietas en el espacio y distorsionaba el cielo. Lanza contra sable.
—¡Deténganse en esta instancia! —dije suavemente, mi voz calmada, pero firme como una orden real.
Xu Feng Tian no me miró y trató de seguir luchando, la espada de mi padre y su lanza chocaron a toda velocidad atreves de los cielos provocando rupturas del espacio, choques de energía hacían temblar el páramo entero.
—¡Xu Feng Tian! —grité con furia—. ¿Seguirás ciegamente las órdenes del Noveno Cielo y lucharás contra el Reino de la Luna por un absurdo?
El anciano de ojos plateados finalmente giró su rostro hacia mí aunque solo por un instante, su expresión fría como el acero.
—Tú… —dijo con voz grave—. ¿La mocosa demonio que usa la maldad? ¿La que fue rechazada por el segundo príncipe celestial? —se burló con saña, escarbando sin piedad en la humillación que sufrí en el Noveno Cielo.
—¡El caos es mi elemento natural! —le respondí con voz firme, mis ojos brillando con energía púrpura, el símbolo del caos flameando en mi frente—. ¡Es equilibrio! ¡Y no te atrevas a mencionar a esa escoria del Noveno Cielo en mi presencia!
—¡Blasfemia! —espetó—. ¿Qué equilibrio puede traer un mero demonio?
—¿Y tú puedes hablar de equilibrio? ¿Tú, que luchas una guerra ciegamente porque el Noveno Cielo nos llama demonios? ¡Somos el Clan Bestia Celestial, descendientes de las Diez Bestias Ancestrales Divinas! ¿En qué momento nos convertimos en demonios? —Mi voz creció con furia—. ¡Y no conforme con eso, sigues las distorsionadas palabras de tu príncipe, matando a sangre fría a cientos de inocentes! ¡¿Dónde está el equilibrio en eso?!
Las ondas de energía se agitaron violentamente cuando activé mi técnica de Inversión de Leyes.
El flujo del Qi se detuvo en un radio de varios kilómetros, congelando el campo de batalla en una atmósfera densa e inmóvil. El tiempo mismo pareció retorcerse.
—¡Tú! —tronó Feng Tian. Su voz hizo eco como un trueno, y el cielo mismo pareció vibrar, pero tampoco tuvo palabras para rrefutar las mías. Mi padre, Bai Zhen, me miró sorprendido.
—¿Hija…? ¿Por qué estás aquí?
—Para evitar que esta locura destruya nuestros clanes. —respondí sin apartar la mirada de Xu Feng Tian.
El dios de la guerra apuntó su lanza hacia mí, pero no atacó. Todavía.
—¡Yeye! —gritó entonces Xu Jin desde la multitud, volando hacia nosotros con expresión severa—. ¡Acabemos con esta locura! Sabes que esta guerra no es nuestra. El Clan Xu siempre ha sido neutral… ¿vamos a obedecer aún sabiendo que está mal?
El silencio cayó como una losa. Ni un solo cultivador se atrevió a moverse. Los miembros de su clan fruncieron los celos sabiendo que sus palabras eran ciertas.
—¿Estos niños… trabajan juntos? —gruñó Xu Feng Tian, su mirada alternando entre nosotros—. ¿Lo sabías?
—No —admitió mi padre bajando su espada—. Bai Hua… ¿ese joven?
—Un amigo —respondí sin titubeos.
—¡Ella es una amenaza! ¡El caos solo trae destrucción! ¡Yo mismo vi con mis ojos cómo disolviste la Secta Celestial del Oeste! —bramó Xu Feng Tian, su lanza temblando por la presión espiritual que contenía—. ¡Tus sombras se tragaron todo!
—¡Eran traidores! ¡Mataban niños bestia para refinar sus núcleos! —le grité, mi voz quebrada de ira y rabia—. ¡Tú no viste eso porque nunca te importó ver!
Xu Jin apretó los puños, su poder espiritual comenzando a arder como brasas vivas.
—Yeye… —dijo, con un tono que jamás había usado—. Si insistes en continuar esta batalla, entonces… lucharé contra ti.
—¿Te enfrentarás a tu clan por ella? — bramó Feng Tian.
—No por ella. Por la verdad. Por lo justo. Porque si dejamos que el Noveno Cielo nos convierta en su espada, entonces el Clan Xu ya no será libre. Sólo seremos sus perros.
Los ojos del viejo guerrero se entornaron con una mezcla de pesar y cólera. Todo el mundo contuvo el aliento.
—Bruja… —espetó con voz helada Feng Tian—. ¡Luchemos!
La lanza del viejo alto inmortal chispeó con electricidad espiritual dorada. Sus ojos brillando con energía espiritual dorada.
Yo abrí los brazos con decisión, el símbolo caótico de m línea de sangre un dibujo de llama brillando con furia en mi frente, mi energía envolviéndome en una aura púrpura negruzca.
—Entonces que sea aquí, Xu Feng Tian. Que el cielo decida quién tiene el alma más limpia.