El aire se volvió denso, cargado de presiones espirituales que hacían vibrar los huesos. El cielo mismo parecía contener la respiración.
A mi alrededor, las miradas se clavaban en mí: Xu Jin, Xu Liang, Xu Qiao, Xu Wei, Xu Yan, los ancianos de la familia Xu contenían el aliento frunciendo las cejas, los demás cultivadores del clan Xu miraban sorprendidos, y los habitantes de mi reino de la luna miraban con esperanza… mis hermanos se habían reunidos todos esperando no verme en peligro.
Bai Feng, el mayor, con su expresión firme y el aura dorada del estado dios vibrando en su interior. Bai Xuan, con sus ojos afilados e inteligencia aguda, analizando cada gesto.
Bai Lin, de temperamento impetuoso, ya tenía la mano en la empuñadura. Bai li’er y Bai Rong Rong mantenían sus manos en sus corazones rezando en silencio, Bai Xuan’er, la menor, la única que no podía ocultar el miedo en sus ojos.
Bai Jin, Bai Heng los dos hermanos menores hombres más jóvenes se miraban entre ellos preocupados, Bai Yu me miraba con confianza por el contrario al resto.
—Hermana… —susurró Xuan’er—. ¿de verdad va ha enfrentarse al Dios de la Guerra… sola?
—Ella no está sola —respondió Bai Feng, sin apartar la vista del campo— yo seré el primero en intervenir si algo ocurre.
—Ella estará bien — dijo Bai Yu sonriendo mientras miraba mi figura en el cielo.
En lo alto, me encontraba frente a Xu Feng Tian. Su lanza giraba en su mano como si el viento la llevara. El cielo sobre su cabeza rugía, cargado de nubes negras electrificadas tan oscuras como la noche.
El elemento trueno se arremolinaba en torno a él como si fuera parte de su carne.
—Última oportunidad, pequeño demonio —dijo, su voz resonando como una a través del desierto—. Arrodíllate y tendré clemencia. Lucha… y lo perderás tú vida.
—¿Eres siquiera digno para hacerme arrodillar? —respondí con firmeza en un tono burlón — además si muero… ¡al menos será con dignidad!
Extendí los brazos, y el símbolo de mi espíritu primordial se encendió. La imagen de un fénix divino ancestral dorado de siete colores surgió a mi espalda: herencia directa de mi linaje, del Fénix Celestial de la Reencarnación, una de las Diez Bestias Divinas Celestiales, nacidas desde los albores de los tiempos.
La energía del abismo se arremolinó a mi alrededor, torciendo el espacio como si el mismo plano de la realidad se quebrara.
—¡Primer Escalón Abisal: Caída del Ángel! —grité, y un círculo de oscuridad pura se expandió bajo mis pies.
El primer impacto ocurrió sin previo aviso. Feng Tian se movió como un rayo, su lanza envuelta en relámpagos blancos. La bloqueé con mi palma abierta y un escudo negro amorfo que se retorcía como sombra líquida.
El choque del ataque desviado creó un cráter en el aire. El sonido fue ensordecedor. Rocas y polvo volaron kilómetros. Desde abajo, Xu Liang entrecerró los ojos.
—Esa técnica… es distinta. No está usando una forma definida. Es como si su energía fluyera sin patrón alguno…
—Eso es el caos —dijo Xu Qiao, impresionada—. Ninguna forma, todas las formas. Ninguna ley… y todas a la vez. El camino del Dao en su plenitud… Ying y Yang… El caos es todo y nada a la vez… Increíble…
—Segundo Escalón Abisal: Dominio del Caos. —musité con voz baja pero letal.
A mi alrededor, el mundo tembló. Se quebraron tres montañas cercanas. El dominio alteró las leyes del entorno: la gravedad se quebró, el tiempo fluctuaba.
Los truenos que caían del cielo retrocedían. El suelo bajo nosotros se curvaba hacia arriba. Xu Feng Tian se lanzó con una técnica que hacía retumbar su nombre:
—¡Sexta Lanza Celestial: Corte del Trueno Estelar!
La lanza trazó una línea blanca que desgarró el cielo, partiendo el aire en dos. Extendí ambas manos e invoqué un remolino púrpura que absorbió parte del impacto.
El resto me golpeó el hombro izquierdo. Gruñí, apretando los dientes mientras una delgada línea de sangre se deslizaba desde mi comisura hasta mi barbilla.
—Tercer Escalón Abisal: Noche sin Luna.
La oscuridad cayó como un telón. Todo se cubrió de negro. Solo mis ojos, resplandecientes, eran visibles. Xu Feng Tian retrocedió un paso, por primera vez en milenios, cauteloso.
Pero fue tarde una cortina de oscuridad se cernió sobre él antes de que pudiera escapar quedando encerrado en una esfera de un violeta oscuro la realidad dentro de la esfera de distorsiono y resquebrajo explotando tan ferozmente que Feng Tian salió disparado contra el suelo donde una gran grieta se abrió durante el impacto.
Sin embargo el alto dios se elevó una vez más en el aire con una brecha en su frente, su armadura rota en su hombro izquierdo, jadeaba frunciendo las cejas.
Desde la llanura, todos observaban sin poder pestañear.
—Está desatando… ¡los Pasos al Abismo! —murmuró Bai Lin—. ¡¡En plena batalla contra un Dios Dorado!!
—Y no se está conteniendo —agregó Bai Xuan, con una media sonrisa—. Vaya idiota ese anciano, no sabe a quién provocó.
—¡Hermana mayor! ¡Es demasiado! —gritó Xuan’er, asustada.
—Déjala —dijo Bai Feng—. Hua’er no está perdiendo… está floreciendo.
—¡Está activando demasiados pasos a la vez! ¡A este paso su cuerpo no podrá soportarlo! —gritó Xuan’er, desesperada.
—Quinto Escalón Abisal: Espinas del Vacío. —pronuncié.
Las sombras a mi alrededor se condensaron en miles de agujas flotantes, que se dispararon como cometas negras. Xu Feng Tian conjuró una tormenta de relámpagos, desintegrando muchas, pero tres lograron atravesar su defensa y le inutilizaron el brazo izquierdo. El gritó enfurecido su lanza giró, cargada de rabia.
—¡Séptima Lanza de la Muerte: Juicio Celestial!
Una columna de luz descendió del cielo. El relámpago era tan puro que abrasaba el alma. El impacto abrió un desgarro dimensional en el aire. Me cubrí con mis alas, resistiendo a duras penas.
—¡Bai Hua! —gritó Jin desde abajo, queriendo intervenir.