*Cambio de perspectiva, Bai Hua*
Las semanas pasaron y, con ellas, la urgencia de hacernos más fuerte se volvió una sombra constante sobre nosotros. Mis encuentros con Xu Jin se volvieron más silenciosos, no porque nos faltaran palabras, sino porque no sabía cómo decirle que quizás no nos volveríamos a ver durante mucho tiempo.
La noche anterior mi abuela me había llamado para hablar conmigo, solo mi padre además de nosotras estábamos presente en la habitación. Con calma me explicaron que aunque pierda mi memoria y cultivo actual en el mundo mortal, lo aprendido, lo cultivado seguiría resonando en mi alma.
Eso determinaría cuán fuerte y lejos podría llegar mi o mis reencarnaciones al pasar las pruebas, fue entonces cuando comencé a plantearme la pregunta que hasta ahora me atenaza el corazón.
¿Y si mi otro yo es tan débil que falla y muere antes de acabar las pruebas? ¿Y si no lo consigo? Apreté mis puños ocultos tras las mangas de mi elegante y adorable hanfu rosa con delicados patrones de mariposas.
El viento agitó mi flequillo metiéndolo hacia atrás junto con las cadenas de oro y amatistas colgantes que acompañaban y adornaban mis horquillas.
Esa tarde, el cielo del Reino de la Luna estaba teñido de un naranja brillante, tranquilo, tan pacífico que me sabía mal romper el momento. Estábamos sentados en el borde de un pequeño puente de madera sobre el estanque de lotos de mi patio. El agua reflejaba la luz del atardecer.
—Dicen que en el mundo mortal, las flores no brillan —dijo Jin de repente, rompiendo el silencio. Estaba tallando distraídamente una pequeña pieza de madera con una daga de jade—. Que todo es efímero. Los animales solo viven un par de años, que hay incluso un tipo de insecto llamado efímera que solo vive un día ¿Sabes? y los mortales solo viven unas pocas décadas y que un amor puede durar cincuenta años y ser considerado "eterno" para ellos.
—Cincuenta años... —susurré. Para nosotros, eso era un parpadeo—. Parece tan poco tiempo para conocer a alguien. Incluso una bestia espiritual de bajo rango puede vivir milenios...
—Puede, aunque ellos creen que puede suficiente para no olvidarlo nunca —replicó él, deteniendo su tarea. Me miró de reojo—. Hua’er, ¿crees que si nos reunimos en el mundo mortal, nos reconoceremos?
Mi corazón dio un vuelco. Era la primera vez que tocaba el tema de forma tan directa. Me abracé las rodillas, mirando los pétalos de loto.
—Te he dicho un montón de veces que no me llames así. —pretendía estar enojada, como cada vez.—¿y quién quiere reunirse contigo en el mundo mortal?
—Te queda bien ese sonrojo. —Lo miré furiosa e hice un pequeño puchero.
—¡¿Quién está sonrojada idiota?! — le golpeé el hombro solo lo suficiente como para evitar que dijese algo más, luego suspiré y miré al cielo.
—¿Que pasa?
—Mi abuela dice que las almas poderosas tienen más posibilidades de sobrevivir... Pero cuando descendamos seremos como hojas en blanco, Jin. Podríamos ser enemigos, o extraños, o... nada.
—Yo no lo creo —dijo él con una seguridad que me irritó y me conmovió a partes iguales. Dejó la talla de lado y se acercó un poco más. Podía sentir el calor de su hombro rozando el mío—. Creo que si te viera en una multitud de diez mil mortales, habría algo que me diría: "Ah, ahí está la maestra".
Solté una risa involuntaria, aunque sentía los ojos húmedos.
—Solo eres un hablador de palabras dulces...
—Puede, pero lo digo en serio. Tengo esa sensación de que te reconocería entre un millón.
—Eres un presumido. Seguramente estarías demasiado ocupado siendo un príncipe mortal mimado como para fijarte en nadie.
—Y tú estarías siendo una emperatriz de hielo —contraatacó, pero su voz era suave.
Se hizo un silencio largo, cargado de una electricidad diferente a la habitual. Jin extendió la mano y, con una lentitud que me dejó sin aliento, tomó un mechón de mi cabello que bailaba con el viento. No lo soltó. Lo enrolló suavemente en su dedo, uniendo simbólicamente nuestros espacios.
—Si nos encontramos... —prometió en un susurro— te buscaré. No importa si soy un mendigo o un rey. Voy a encontrarte.
No pude evitarlo. Me incliné ligeramente hacia él. Podía oler la esencia de sándalo y lluvia que siempre lo acompañaba. Fue un momento suspendido en el tiempo, un hilo invisible tensándose entre los dos, algo mucho más peligroso que cualquier técnica prohibida del abismo.
—Jin... —mi voz tembló.
Justo cuando el aire parecía volverse demasiado pesado para respirar, el sonido de la voz de mi abuela llamándome me sobresaltó.
—Hua'er ¿Donde estás?
La realidad me golpeó como un balde de agua fría. Lo empujé sin compasión al estanque y me giré para correr hacia donde estaba mi abuela llamándome. El rostro ardiendo, el corazón martilleando contra mis costillas.
—Hua'er ¿Otra vez despistada mirando al cielo? — dijo mi abuela con su suavidad habitual, si mano acarició mi cabeza por un segundo. — ¿has pensado en lo que te dije?
Asentí — Sí, aunque aún no estoy segura de cuando empezar...
—Hua'er ya habíamos hablado de esto. El tiempo apremia, cada segundo cuenta.
Me mordí el labio inferior.
—Lo sé... Solo... ¿Tres días? ¿Puedo tener eso al menos?
La miré con ojos suplicantes, entonces asintió suavemente.
—Tres días, no más. Ahora date prisa en volver dentro, la cena está lista.
Con una última palmadita en mi cabeza, mi abuela se giró y marchó, solo entonces Xu Jin emergió del estanque desesperado por aire, me giré y caminé nuevamente hasta la baranda del puente.
—¿No podía haberse quedado en reclusión?
—Cuida que mi abuela no te escuche y te descubra, entonces serás dragón a la parrilla. — Me burlé, luego me puse tensa al recordar la hora que era —¡Y ya es tarde! —exclamé, levantándome de un salto y alisando mi hanfu con manos temblorosas—. ¡Deberías haberte ido hace una hora! ¡Si mi abuela vuelve y te encuentra aquí ahora, no habrá tratado de paz que te salve!