*Cambio de perspectiva, Xu Jin*
Aquella mañana me había despertado antes de tiempo, impaciente, nervioso, había prometido a mi padre y a mí abuelo que me sometería pronto a un entrenamiento de puerta cerrada, que entraría en reclusión para centrarme en mi cultivo. Me quedaba sin tiempo y no sabía bien como despedirme de Bai Hua.
Me encontraba en el salón principal desayunando en compañía de Xi Qi y mi madre cuando el viejo apareció con los brazos cruzados en el pecho y la mirada fija en mí, traté de disimular mientras atraía los palillos hacia mí boca.
—¿Lo harás verdad? — dijo mi abuelo entrecerrando los ojos en mi dirección.
—No sé de qué me hablas... —dije comiendo aún más rápido.
—¡Maldito mocoso! ¡Del entrenamiento! ¿De que voy ha hablar?
—Yo... —detuve mis movimientos por un segundo.
—Prometiste entrenar con esmero.
Lo miré por un segundo, después en un movimiento rápido salté por encima de m8 abuelo y eché a correr sin mirar atrás. <<Si me atrapa estoy seguro que me arrastrará a la montaña de rayos donde el tiene su santuario para recluirse>>
—¡Vuelve aquí, mocoso insolente! ¡El Camino del Trueno no se domina mirando las nubes!
La voz de mi abuelo, el Gran Dios de la Guerra Xu Feng Tian, hizo que las montañas del Valle Fénix vibraran, pero yo no me detuve. De hecho, inyecté una dosis extra de energía espiritual en mis pies, dejando tras de mí un rastro de chispas blancas.
—¡Lo siento, Yeye! —grité por encima del hombro mientras esquivaba un rayo que por poco me chamusca la túnica—. ¡Tengo una "misión de vida o muerte" en el Reino de la Luna! ¡Considéralo un entrenamiento de agilidad extrema!
—¡¿Misión?! ¡Si te pillo, te voy a dar una misión de limpieza en los establos de las bestias sagradas durante cien años! —rugió él, pero su voz ya se desvanecía en la distancia.—¡Ya has salido a jugar con esa mocosa fénix mucho durante este tiempo, ponte serio!
Salté sobre el precipicio que marcaba el límite de nuestras tierras y activé el pergamino de teletransporte que le había robado a mi primo Wei esa misma mañana. Mi corazón martilleaba, no por el esfuerzo físico, sino por la urgencia. No podía llegar tarde. Hoy no. Era el último de los tres días. El último amanecer antes de que el muro del silencio se levantara entre nosotros.
<<Apuesto a que me despellejara cuando vuelva a casa>>
Crucé la frontera del Reino de la Luna con el sigilo de un fantasma. A estas alturas, conocía las patrullas mejor que los propios guardias. Corrí a través de los callejones, el aroma a glicinias haciéndose más fuerte a medida que me acercaba a su palacio.
Me detuve frente al muro de siempre, tratando de recuperar el aliento y de peinarme un poco con los dedos. Estaba sudado y mi túnica azul tenía un par de quemaduras por los rayos del abuelo, pero puse mi mejor sonrisa de "héroe despreocupado".
—Muy bien, Jin. Actúa normal. Solo es un entrenamiento —me dije a mí mismo, saltando el muro con la agilidad de un gato.
Aterricé de pie, de forma impecable, dispuesto a soltar algún comentario burlón sobre su tardanza. Pero las palabras se murieron en mi garganta. Allí estaba ella, acomodándose un mechón de pelo detrás de su oreja mientras la brisa insistía en desordenarlo.
No llevaba sus pesados vestidos de emperatriz, ni las capas oscuras de cuando luchamos. Llevaba un vestido de un azul cristal tan puro que parecía robado del cielo matutino. Se veía... diferente. Más ligera, más real.
El viento jugaba con la falda de su vestido y con los listones de su cabello, y por un segundo, el mundo se detuvo. El "idiota narcisista" que vivía en mi cabeza se quedó mudo. Me quedé allí, parado como un pasmarote con una mano todavía en el borde del muro, incapaz de decir una sola palabra.
—¿Te vas a quedar ahí mirando como un tonto o vas a bajar de una vez? —dijo ella, aunque noté que evitaba mi mirada y que jugaba nerviosa con sus mangas.
Tragué saliva, sintiendo que mi cara empezaba a arder más que el fuego fénix.
—Yo... —balbuceé, bajando por fin del muro—. Es que... te has puesto azul. Es mi color favorito.
*Cambio de perspectiva, Bai Hua*
Sentí que el calor me subía por el cuello hasta las orejas al escuchar su confesión. "Es mi color favorito". Tres palabras simples que me hicieron agradecer internamente haberme pasado la noche entera peleando con vestidos y accesorios. Crucé los brazos, intentando recuperar mi postura de maestra severa, aunque por dentro mi corazón bailaba al ritmo de su voz.
—Lo sé —murmuré, forzando una voz neutral que no me salió del todo bien—. Por eso lo elegí, idiota. No quería que tuvieras excusas para distraerte hoy diciendo que mi ropa era "demasiado solemne".
Jin soltó una risa nerviosa, rascándose la nuca mientras terminaba de acercarse. Sus ropas estaban chamuscadas en los bordes y olía ligeramente a ozono y rayos, señal de que su huida de la mansión Xu no había sido precisamente pacífica.
—¿Distraerme yo? —recuperó parte de su arrogancia habitual, aunque sus ojos no dejaban de recorrer los detalles de mi vestido—. Maestra, soy un profesional. Podrías vestirte con pétalos de loto y yo seguiría siendo el mejor espadachín de esta generación.
—Sigue soñando —le corté, dándome la vuelta para ocultar mi sonrisa—. Ven. El tiempo corre.
Caminamos hacia el centro del patio, donde la sombra de las glicinias era más espesa. La atmósfera era diferente a la de otros días; el peso de la despedida flotaba en el aire, volviendo cada paso más lento, cada mirada más pesada.
Me detuve y, con un movimiento fluido de mi manga, hice aparecer la pequeña caja de jade que contenía la píldora que me había costado una herida en el corazón y una noche de agonía.
—Menos palabras y más acción, alumno —dije, aunque mis ojos brillaban—. Tienes tres horas antes del atardecer.
Jin sonrió, pero esta vez fue una sonrisa de guerrero. Desenvainó su espada, el aire alrededor de él comenzando a chisporrotear.