La flor del destino

Entrar en reclusión

*Cambio de perspectiva, bai hua*

Aquella mañana mi abuela en persona vino a buscarme para llevarme ella misma al lugar de mi reclusión. En el camino me encontré con mis hermanos quiénes vinieron a despedirme, me entregaron toda clase de tesoros y píldoras, núcleos y hierbas. Mis padres hicieron lo mismo. Cada uno me besó y abrazó con fuerza, entendiendo que no nos volveríamos a ver hasta los siguientes doscientos años.

—¡Tienes que hacerte muy fuerte! — dijo Bai Feng con ojos llorosos.

—¡Aparta! — lo empujó Bai Rong Rong para abrazarme fuertemente—hermana...te voy a extrañar mucho.

—Rong'er procura hacer caso a Xuan'er y a mamá. Tampoco descuides tú entrenamiento. —hizo un puchero.

—Está bien.— se retiró unos pasos cruzando sus brazos sobre su pecho.

—Ya está, ya está. Nos estamos despidiendo de Hua'er, no seas así —se rió Xuan'er, luego posó suavemente sus manos sobre mis hombros. —Hua'er, no te preocupes por nosotros —me apartó con ternura un mechón rebelde de mi pelo —tampoco del reino. Solo esfuérzate en mejorar ¿De acuerdo? Sabes que estamos siempre a tu espalda.

—¡A'Jie!—ahora fue mi turno de hacer un puchero infantil y hundir mi rostro en su pecho, buscando refugio y seguridad como cuando era niña. Xuan'er era la mayor entre las princesas. Su dulzura maternal me hacía sentir siempre a salvo.

(A'Jie*=hermana mayor)

—No eres una niña, vamos. —me dijo a pesar de estar acariciando mi cabeza.

Me separé lo justo, Bai Yu se acercó en ese momento para limpiarme una lágrima con el pulgar.

—Te ves fea cuando lloras — se burló sin malicia.

—¡A'Yu! —me quejé apartando su mano.

—No te olvides de los núcleos que he conseguido para tí, estoy seguro de que te servirán para algo.

Lo miré con ojos llorosos nuevamente y asentí. Usualmente siempre mantenía la dignidad imperial, pero en aquel instante no era princesa ni heredera. Solo una joven que iba a centrarse en su cultivo y de la que su amada familia se estaba despidiendo.

—No te apresures Hua'er, tomate tu tiempo ahí dentro — me sonrió Bai Lin, otro de mis hermanos.

—Te he conseguido un fuego esencia, está sellado en el anillo que te di. —me dijo Bai Heng.

—¡¿Un fuego esencia?! —abrí mucho los ojos sabiendo lo peligroso que era enfrentar y domar uno.

—Quizás consiga hacer tú fuego de llama escalofriante más fuerte.

Sacudí mi cabeza. Poco a poco el resto se despidió también, Bai Xuan, mi padre y madre. Algunos tíos también. Mi abuela que había esperado pacientemente a un lado finalmente habló.

—Hua'er, es la hora. —asentí limpiándome las lágrimas y caminé hasta ella.

—Sí...

El aire en las profundidades del Palacio de la Luna era distinto; más denso, cargado con el peso de milenios de ancestros que habían meditado en esas mismas piedras. Mi abuela caminaba delante de mí, sus pasos no hacían ruido, pero su autoridad hacía que incluso las sombras se apartaran.

Nos detuvimos frente a una estructura que pocos en el reino habían visto: la Torre del Espejo de Obsidiana. No era un edificio común; era una reliquia tallada en una sola pieza de piedra lunar oscura que vibraba con una frecuencia que me erizaba la piel.

—Aquí es donde entraras en reclusión, aquí la esencia del caos es más pura —dijo mi abuela, dándose la vuelta. Su rostro, siempre amable, ahora estaba imbuido de una seriedad absoluta—. Una vez que cruces ese umbral, el tiempo se doblará. Un año fuera pueden ser diez años dentro, pero el precio es la soledad absoluta y el enfrentamiento constante con tus propios límites dependerá solo de tí.

Ella tomó mi mano y deslizó un anillo de plata fría en mi dedo. Estaba grabado con runas de protección de nivel divino.

—Es un anillo espacial de grado celestial —explicó—. Contiene manantiales de agua espiritual, pergaminos prohibidos de nuestra familia y suficientes hierbas raras para que no te falte materiales para alquimia, también hay un caldero de alto grado y todo tipo de tesoros raros. Pero recuerda, Hua'er: los tesoros pueden fortalecer tu cuerpo, pero solo tu voluntad puede hacerte romper las barreras de tu nivel. Ahora solo puedes abrir hasta el octavo escalón que equivale al nivel de cultivo de un dios dorado de etapa inicial... Cuando te abras paso al noveno escalón podrás considerarte de etapa intermedia...

Miré el anillo. Era un regalo inmenso, el tipo de ayuda que cualquier cultivador mataría por tener, pero sabía que venía acompañado de un sufrimiento necesario.

—Gracias, abuela —murmuré, apretando el puño.

—No me des las gracias todavía —respondió ella con una pizca de tristeza—. Cuando sientas que tus meridianos se desgarran para romper las barreras, recuerda porque haces esto.

Mis dedos rozaron inconscientemente el lugar donde guardaba el fénix de madera. "Por qué lo hacía". No era por el trono, ni por el deber. Era para no morir en e mundo mortal. Para superar mi prueba de ascensión. Las puertas de obsidiana se abrieron con un gemido sordo. Un frío glacial emanó de las profundidades, invitándome a entrar.

—Lo conseguirás...—dijo mi abuela.

Asentí y crucé el umbral. El estruendo de las puertas cerrándose detrás de mí fue el último sonido del mundo exterior que escucharía en mucho tiempo. Me sumergí en la oscuridad, lista para centrarme en superar las barreras al siguiente nivel.

*Cambio de perspectiva, Xu Jin*

El sol aún no había asomado en el horizonte cuando mi abuelo se coló en mi habitación quitándome bruscamente las mantas de encima y dando alaridos.

—¡Muévete, pedazo de holgazán! ¡El sol ya ha salido y tú sigues despidiéndote de tus almohadas! —El rugido de mi abuelo, Xu Feng Tian, hizo que los cristales de mi habitación vibraran.

Abrí un ojo y miré vagamente por mi ventana.

—¿Donde ves tú el sol yeye? aún es de noche, déjame dormir un poco más.

Dije volviendo a esconder mi rostro en la almohada.

—Maldito mocoso...—masculló alzando su mano derecha al techo.



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En el texto hay: drama, cultivating immortals, xianxia

Editado: 20.02.2026

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