*Cambio de perspectiva, Xu Jin*
Cumbre del rayo eterno, ciento cincuenta años totales desde la reclusión.
Tras mil y un intentos, ahí estaba yo finalmente. Enfrentando a un dragón dorado, el último paso para completar la técnica. La última etapa era para evolucionar mi cuerpo original de dragón, de un dragón de cristal a un shenlong divino. Sin embargo, la prueba no era sencilla. Debía absorber al dragón antes de que el dragón me tragase a mi.
El Dragón Dorado no era una simple construcción de energía; era la manifestación del orgullo de mis ancestros. Sus escamas brillaban con una luz cegadora que quemaba mis retinas, y su rugido no se escuchaba con los oídos, sino con el alma. Un verdadero dragón, en comparación a mí un dragón jiao del trueno, una especie de bestia inmortal a medio paso de ser un dragón verdadero yo, era la presa.
—¡Ven aquí! —grité, extendiendo mis manos hacia sus fauces abiertas.
El choque fue sísmico. Sentí cómo mis huesos empezaban a resquebrajarse bajo la presión absoluta de la divinidad dorada. El dragón me envolvió, intentando desintegrar mi voluntad para alimentar la matriz, pero yo no era el mismo niño que entró aquí hace siglo y medio.
<<Absorber o ser devorado>>
Cerré los ojos, concentré mi energía, al abrirlos brillaban en un color violeta intenso, mi cuerpo cambió a mi forma original, el abrazo del dragón dorado se aflojó, tomé ventaja y está vez fui yo quién se enroscó a su alrededor como una serpiente en su presa. Ambos éramos una maraña de escamas y gruñidos. Rugí y le mordí el cuello empezando a absorber su energía.
Con un esfuerzo que me hizo sangrar por los ojos, forcé la esencia del Dragón Dorado a entrar dentro de mi pecho. Mi núcleo espiritual giró a una velocidad imposible, comprimiendo la energía hasta que un destello de luz blanca cubrió toda la cumbre.
Cuando la luz se desvaneció, la matriz había desaparecido.
Me encontraba de pie, en medio de un cráter de roca fundida. Mi cuerpo de dragón ahora era blanco y dorado, largo y refinado, con unos cuernos dorados, patas finas y elegantes con fuertes garras, hocico largo y fino, con un bigote fino y largo a cada lado ondeando.
y mi aura emitía un zumbido constante que hacía que la gravedad a mi alrededor se distorsionara. Había nacido el Shenlong Divino. Miré hacia arriba. Mi abuelo ya no estaba en su silla flotante. Estaba de pie frente a mí, observándome con un silencio solemne.
—Ciento cincuenta años —dijo en voz baja—. Lo has logrado, Jin'er. Te has hecho fuerte.
—¿Puedo irme ya? —mi voz sonaba diferente, cansada, volví a mi forma humanoide.
Mi abuelo sonrió, una sonrisa de puro orgullo guerrero. Sin embargo perdí el conocimiento en el siguiente segundo, mi abuelo me atrapó antes de que tocase el suelo.
—Has llegado a tu límite y aún así solo piensas en volver a casa. Maldito mocoso.
Xu Feng Tian se rió. Cargó a su nieto sobre su hombro antes de convertirse en un gran en imponente dragón azul zafiro alzándose sobre los cielos tormentosos sobre la cumbre de del rayo eterno, y del estanque ancestral de rayos celestiales que se había convertido en su hogar el último siglo y medio. Ahora, ambos volvían finalmente a casa.
*Cambio de perspectiva, Bai Hua*
El sol apenas se había alzado y yo ya estaba en el jardín, mis pies chapoteando en el pequeño estanque de lotos, mi rostro sostenido entre mis manos con una expresión de fastidio. Suspiré por enésima vez desde que me había despertado mientras veía el amanecer.
Alcé mi mirada al cielo naranja y rosa solo para ver un par de pavos inmortales haciendo su baile de cortejo. Fruncí las cejas y gruñí antes de tirarles una pequeña piedra cuando revolotearon coquetamente sobre mi, lejos en las alturas.
—¡Largo de aquí!
Ambas aves se asustaron y me graznaron insultos antes de volar en dirección contraria, les enseñé la lengua, sabía que había sido grosera pero en aquel momento no me importaba demasiado. El haber escuchado la gran historia de los abuelos el día anterior me hacía sentir algo melancólica.
—Ciento cincuenta años... ¿Donde estás?
Murmuré poniendo frente a mi un colgante que Xu Qiao me había dejado a la puerta de la torre de obsidiana como regalo de parte de Xu Jin. Lo dejé colgar entre mis dedos como un péndulo. Era una cadena sencilla y fina con un adorno con forma de un fénix en una postura de alas abiertas haciendo como un círculo, un gran rubí incrustado en medio de dicho círculo.
—La abuela… —suspiré—. Debe echar mucho de menos al abuelo. Pero es bueno que fuera feliz, incluso después de perder aquel primer amor del que me habló.
Recordar sus palabras me llenaba de una mezcla extraña: ternura, respeto, miedo. ¿Era así el amor verdadero? ¿Una llama tan profunda que incluso la eternidad no podía apagar? ¿Anhelo y preocupación?
—Hua’er —llamó la voz firme y elegante de Bai Ling Bing desde el interior de la mansión..
—¡Voy!
Me puse de pie, guardando en mi pecho otro suspiro. Pronto no habría más tiempo para preguntas ni recuerdos. El camino hacia la prueba se acercaba. Entré de nuevo en el salón de la mansión, mi abuela estaba allí frente a una mesa dispuesta con el desayuno.
—Hoy te has levantado más temprano de lo habitual ¿Algo te inquieta?
Preguntó mi abuela mientras yo me sentaba y ella me servía un cuenco de sopa de jabalí flameante de quinientos años, con una gran variedad de vegetales y setas espirituales. Yo negué con la cabeza, ella no indagó más. No hacía falta de cualquier modo, a Bai Ling Bing nunca se le escapaba un solo detalle. Tomé mis palillos.
—Bueno, desayunemos, se que usualmente digo que los materiales para la alquimia no deberían derrocharse a la ligera. Sin embargo creo que tras todo tú entrenamiento, una comida alta en energía espiritual y mimo de tu abuela te hará bien.
—Gracias.
—Si quieres agradecerme, deja de suspirar y come.