*Cambio de perspectiva, Xu Jin*
Lo primero que oí cuando recuperé la consciencia, fue el llanto de mi madre, seguido de las quejas de mi padre y terminando con los insultos de mi abuelo. Abrí los ojos lentamente, luego tosí violentamente.
—No estoy muerto... — dije con hilo de voz
—¡Jin'er! ¡Mi Jin'er! — mi madre corrió hasta mí cama arrodillándose en el suelo mientras se aferraba a mi mano.
—¡Maldito mocoso! ¡Si te llego a encontrar un poco más tarde estaría cavando tú tumba!
—Está vez has sido demasiado imprudente Jin'er. — me regañó mi padre.
—Lo siento... Pero necesitaba saber que ella estaba bien. —sonreí débilmente.
—¡No me importa lo mucho que te guste esa chica no vale más que tú vida! —lloró mi madre.
—Yan Ling... —la llamó mi padre.
—No... Tiene que entender... No puedo verlo arriesgarse así otra vez Ying Feng.
—Mamá estoy, bien...
—Hijo... —me miró—¿De verdad mereció la pena?
—Ella lo vale.
—Tch... Maldito mocoso adolescente ¡Más te vale no levantarte a buscar flores hasta que estés recuperado!
Se quejó mi abuelo saliendo de la habitación, mi padre se acercó y se llevó a mi madre, dejándome solo en mi habitación. Miré el techo y suspiré. Los días se sucedieron en una rutina simple de cuidados de mi madre, regaños y compañía de mi abuelo, visitas de Xi Qi, mis primos y hermanos. Todo sin poner un solo paso fuera. Cuando una semana más tarde fui capaz de mantenerme de pie. Una mañana mi padre vino a buscarme a mi habitación.
—Jin’er, ven conmigo al salón ancestral.
—¿Ha ocurrido algo?
—Nada de lo que debas preocuparte, ahora ven conmigo.
Asentí, me ajusté el hanfu y seguí a mi padre a través de los pasillos, pabellones y caminos al iré libre de la mansión. Cuando llegamos al salón ancestral mi abuelo estaba ya allí, de pie frente al altar familiar, con los nombres de generaciones tallados en jade. La atmósfera era solemne.
—Ha llegado el momento —dijo él—. La prueba del reino mortal se abrirá en poco más de medio siglo. Necesitamos decidir quién te acompañará hasta el portal de entrada en el Reino de las Flores.
—¿No iré solo?— miré a mi padre, luego a mi abuelo.
—Las reglas lo prohíben. Cada candidato debe ser escoltado por alguien del clan de alto nivel para presentar la ofrenda y garantizar que no se intente alterar el destino. El viaje en sí es largo, y el Reino de las Flores no es un lugar común.
Asentí. Había oído hablar de ese reino. Un paraíso flotante, regido por la poderosa inmortal Xue Yun Hua, una de las pocas cultivadoras eternas que jamás tomó partido en ninguna guerra. Bella como el amanecer sobre una montaña congelada, pero con un carácter helado que no admitía errores.
—¿Ella nos recibirá?
—Ella tolerará la presencia de todos los candidatos a las pruebas. Si es que la ofrenda 'de paz' es aceptada, te permitirá entrar a la sala donde las almas son selladas y conducidas al mundo mortal.
—¿Y si no?
—Entonces volverás… sin alma. O no volverás de su humor —bromeó mi abuelo.
Sin embargo yo me lo tomé en serio y tragué saliva.
—¿Quién me acompañará?
Mi padre miró hacia los retratos de los ancestros. Su expresión fue distante unos segundos, como si revisara siglos de historia.
—El anciano Xu Shan He, te escoltará. Su palabra es respetada incluso por los grandes reinos.
—¿Y Bai Hua? —pregunté sin pensar.
—Este maldito mocoso no tiene nada más en ese cerebro. ¡Tch! Los rayos le frieron las neuronas. —se quejó mi abuelo.
—El Reino de la Luna ya ha hecho sus propios preparativos. Ella también será llevada por alguien de su clan. Pero, hijo…
—¿Sí?
Mi padre me dio la espalda, acariciando su pequeña barba con esa lentitud que solo usaba cuando iba a decir algo que sabía que me pondría incómodo.
—Jin'er... — empezó suavemente— podría ser que te hayas enamorado realmente de esa niña fénix? —dijo en tono burlón mirándolo finalmente.
Me sorprendí ante su comentario, no pude evitar el sonrojo que tiñó mis mejillas, traté de mirar hacia otro lado rascando incómodamente su nuca, no quería admitirlo directamente pero tampoco me había esforzado demasiado en ocultarlo con mis frecuentes escapadas al reino de la luna en el reino de los demonios.
Se giró al final de la frase, alzando una ceja con una sonrisa apenas dibujada, como si no quisiera reírse… pero le costaba contenerse.
Mis escapadas al Reino de la Luna, las flores que dejaba flotando en su ventana, los colibríes de papel espiritual. Los guardias ya ni siquiera me detenían. A esas alturas, probablemente todo el clan Bai estaba enterado. Hasta las bestias del bosque sabían a qué iba.
—No lo sé —dije finalmente, con voz baja— nunca he sentido algo parecido. Así que no estoy seguro, solo sé... que no puedo evitar que ella sea lo primero en lo que pienso.
Xu Yin Feng me observó en silencio unos segundos. Luego asintió despacio, como si comprendiera más de lo que yo podía poner en palabras.
—Eso que sientes… no es una debilidad, Jin’er —murmuró—. Puede que en el mundo mortal no recuerdes su rostro. Puede que te odien, o que no se crucen nunca. Pero si lo que tienen es real… se encontrarán.
Guardé sus palabras en silencio. Porque sabía que no hablaba como padre… sino como alguien que también había perdido algo una vez.
—Ahora ve —dijo con un leve movimiento de cabeza—. Cultiva bien estos últimos años. Y si te escapas… lleva al menos un tesoro decente. No esas cosas ácidas que le dejaste la última vez.
No pude evitar soltar una risa. Pero acabé suspirando.
— Ojalá pudiese verla. Está entrenando con su abuela.
—¡¿Esa vieja Ling Bing sigue viva?! — dijo mi abuelo, su rostro tenía expresión de haber visto a un fantasma.
—¿La conoces abuelo?
—¿Conocerla? ¡Ha! Éramos rivales y amigos. — se acarició la barba pensativo — me preguntó porque no ha ascendido aún. — tras unos segundos me golpeó la parte posterior de la cabeza — ¡Eres tan inútil que esa mocosa fénix se está escondiendo de tí!