*Cambio de perspectiva, Bai Hua*
Una vez que crucé el portal, caí en medio de la galaxia, polvo de estrellas y oscuridad a mi alrededor, luego sentí una fuerza tirar de mi, dolorosamente mi alma fue arrancada de mi cuerpo. Aún así lo sentí todo. Como caer desde un precipicio a toda velocidad.
Con un nudo en la garganta, mientras caes en la nada, más y más profundo, casi como si entrase en estado de sueño. Luego un murmullo. Luego nada.
*Cambio de perspectiva, Qing Liang*
Lugar: Secta Yun Lan, continente, Xie Lie.
La niebla descendía suave sobre las montañas de Yun Lan, como cada madrugada en que el cielo bendecía la tierra con su silencio. Yo jadeaba, envuelta en sudor, el cabello pegado al rostro. La habitación olía a medicina, incienso y flores de loto.
El doctor y la partera se movían con rapidez a lo largo de la habitación mientras yo emitía sonidos entre el gruñido y el llanto, podía oír desde fuera los ansiosos murmullos de los ancianos de la secta preguntándose por qué estaba tardando tanto.
Mis manos se aferraron a las sábanas mientras otra ola de dolor me partía a la mitad. Me mordí el labio inferior para tragarme otro grito.
—¿Dónde está el patriarca? —escuché decir a la partera.
—Ya ha sido llamado, debe estar en camino. —respondió el doctor Hu.
—Bien, señora Qing. Es hora de empujar ¿De acuerdo?
No pude siquiera responder, solo asentí, cultivadora como era, pero seguía siendo mortal. Lo estaba experimentando en carnes propias, estaba asustada y sufría como nunca antes en mis años de vida. Pero todo quedó atrás cuando la escuché llorar.
—¡La niña! —gritó la partera, con emoción en la voz—. ¡Es una niña!
Me dejé caer hacia atrás, temblando. Mi pecho se alzaba y bajaba como si aún librara una guerra espiritual… pero entonces, Xu Yao Chen cruzó el umbral. Mi esposo. Se acercó a mí, con los ojos brillantes, con lágrimas no derramadas, un patriarca no debía llorar.
—¡Liang'er! — corrió a mi lado, tomando mi mano en las suyas — lo siento. Llegué tarde ¿Como estás?
—Estoy bien... Ya estoy bien... ¿La bebé?
—La están limpiando, pronto podrás verla.
Asentí , él beso mi frente, tras unos minutos, Yao Chen fue llamado y para cuando volvió a mi lado, en sus brazos, cargaba a una pequeña envuelta en tela de seda de gusano de mil fuegos. Caminó hasta la cama sentándose a la orilla, me incorporé lo suficiente y la miré, y el mundo pareció detenerse.
—Es preciosa...
—Es… perfecta —susurró, con la voz quebrada por la emoción.
La bebé tenía los ojos cerrados con fuerza, el cabello oscuro y una marca de nacimiento en forma de pétalo rojo justo en el centro del pecho.
—Xu Ling’er, —dije con ternura—. Como la flor que florece incluso en la tormenta.
Yao Chen se sentó a mi lado, sosteniéndola con una devoción imposible de fingir.
—Esta niña… será el orgullo de la Secta Yun Lan.
La luz de la mañana se filtró por las celosías, dorando su piel. Y por un segundo, sentí que el cielo nos estaba bendiciendo. Apoyé la cabeza en el hombro de Yao Chen mientras juntos admirábamos a nuestra recién nacida, nuestro pequeño tesoro.
*Cambio de perspectiva, Ru Mei*
Mientras en otro lugar...
Lugar, reino de Hou Fei, parte sur del continente de Xie Lie.
En la gran mansión de la familia de los Lei, familia de cultivadores y comerciantes de renombre. Entre jade y oro, los gritos en la mansión no eran de dolor… sino de alegría y celebración. Al menos en la mayoría de la mansión mientras los ancianos, el cabeza de familia y sirvientes celebraban.
En la cámara privada de la esposa del cabeza de familia,Ru Mei había entrado en labor de parto, y luchaba por mantener la conciencia mientras los dolores de las contracciones amenazaban con dejarla fuera de combate. Sin embargo, para Ru Mei, todo mereció la pena una vez que escuchó a la partera gritar.
—¡Mi señora, es un varón! ¡Un niño fuerte y sano!
Me dejé caer en el lecho de sándalo, jadeando entre lágrimas. Mi esposo, Lei Xuan, entró a la carrera con el rostro pálido y un rastro de polvo en los bordes de su túnica. Su aura de comerciante refinado había desaparecido por completo; ahora solo era un padre primerizo.
—¡Ru Mei! ¿Estás bien?
—Lo estaré… —dije sonriendo—. Solo míralo…
La partera le entregó al bebé, y su expresión cambió como si todo el peso de los años se derritiera. Observé a mi esposo que nunca lloraba, mostrar su lado más vulnerable permitiendo que una lágrima cayese por su mejilla.
—Tiene… mi nariz —dijo con sorpresa.
—Y mi ceño —añadí con orgullo.
El pequeño lloró apenas un momento. Luego se quedó en silencio, como si observara el mundo.
—Lei Tian. Que su camino sea tan vasto como el trueno que rompe el cielo.
—Ese es un buen nombre. — Mi esposo rió.
—No sabíamos que tendríamos un hijo tan solemne. ¡Apenas ha nacido y ya parece un sabio en miniatura!
El bebé estiró los dedos… y una chispa sutil de energía eléctrica crepitó en su piel. Lei Xuan y yo nos miramos, no dijimos nada, pero lo supimos. Este niño no era ordinario.
—¿Crees que sea un talento innato? — pregunté suavemente.
—No sería raro. Después de todo proviene de una familia donde salen monstruos del cultivo. — Leí Xuan se rió.
—Yo solo espero que crezca sano, lo demás, no es importante.
—Mi Mei'er nunca ha tenido grandes ambiciones —se burló el viejo pícaro.
—Solo digo, que valoro más la felicidad y salud de nuestro hijo.
*Cambio de perspectiva, Xu Ling'er*
Cinco años más tarde...
—¡Ling’er! ¡Devuélveme mi amuleto! ¡Ese no es un brazalete! — dijo el anciano De persiguiéndome, yo me reía corriendo.
—¡Ahora es mi corona! ¡Soy la emperatriz de la Secta Yun Lan! —grité entre risas, corriendo entre los pabellones con mi sable de madera colgado a la espalda como si fuera una gran espada divina.