*Cambio de perspectiva, Xu Ling'er*
El sol apenas asomaba por los picos de la Secta Yun Lan cuando yo ya estaba sentada en los escalones de la entrada principal, balanceando mis pies y abrazando mi pequeña bolsa de tela. Llevaba mi mejor hanfu, uno de color rosa con bordados de nubes que mamá me había puesto con una advertencia: "Intenta no ensuciarlo en los primeros diez minutos".
—¿Lista para arruinar mi reputación y mi billetera? —preguntó mi padre, apareciendo detrás de mí.
Se había quitado sus túnicas formales de Patriarca y vestía como un cultivador noble de alto rango, pero sin las insignias que lo hacían parecer un "jarrón importante".
—¡Lista! —salté de los escalones y agarré su mano. Sus dedos eran grandes y cálidos, y por un segundo, me sentí pequeña de una forma que no me molestaba—. Recuerda el trato, papá. Si me sueltas la mano, me convierto en mariposa.
—Lo tengo grabado en la mente, pequeña tirana.
Bajamos la montaña por el sendero principal. Para un adulto era un paseo, pero para mis piernas de cinco años era una expedición. Sin embargo, no me quejé. El aire cambiaba a medida que descendíamos: el olor a pino y nieve de la secta fue reemplazado por el aroma a tierra húmeda, flores silvestres y, finalmente, por el olor a comida frita y gente.
Cuando entramos en la ciudad de Anhe, mis ojos casi se salen de las órbitas. Había puestos de colores por todas partes, gente gritando sus mercancías y... ¡ahí estaban!
—¡Papá, mira! ¡Dragones de azúcar! —tiré de su brazo con tanta fuerza que casi lo hago tropezar.
—Ling'er, acabamos de llegar, al menos espera a que...
—¡Dragones! —repetí, señalando al artesano que soplaba azúcar caliente para crear figuras increíbles.
Me quedé hipnotizada viendo cómo el azúcar dorado tomaba forma. El artesano hizo un dragón pequeño y feroz. Me recordó a algo, algo que no podía atrapar. Quizás un cuento que papá me habían contado antes, quizás un sueño pasado. No sabría decirlo con certeza.
—Dragón...
Pero antes de que pudiera pensar en ello, mi padre pagó y me entregó el dulce en un palito sacándome de mis pensamientos. Le di un lametazo triunfal. Sabía a victoria.
—Ahora —dije con la boca pegada al dulce—, quiero ver dónde venden esos bollos al vapor que sueltan humo. Y luego los juguetes. Y luego...
—Y luego me voy a declarar en bancarrota —susurró mi padre, pero sonreía mientras me dejaba guiarlo por el mercado.
Me alzó en sus brazos y me colocó sobre sus hombros. Mi padre y yo paseamos por las concurridas calles, incluso me compró una horquilla nueva con flores de cerezo con cadenetas doradas colgado en el extremo. Me llevó al puesto de bollos mientras yo comía, mi padre se encontró con un viejo conocido y se pusieron hablar.
Yo me entretuve acariciando a un gatito cercano. El problema vino cuando el gatito se asustó por una señora que gritó a su padre, corrí tras el gatito y acabé perdida en medio del mercado.
El gatito era rápido, pero yo era una Xu, y no iba a dejar que se escapara. Doblé una esquina, alejándome del bullicio de la calle principal, y me metí en un callejón estrecho flanqueado por muros altos de piedra.
—¡Te tengo! —exclamé cuando el minino se detuvo al final, frente a una puerta cerrada.
Me agaché para recogerlo, pero el aire se volvió pesado de repente. El gatito erizó el lomo, soltó un bufido aterrado y salió disparado trepando por una pila de cajas. Un escalofrío me recorrió la nuca. No era el frío de la montaña, era una sensación pegajosa y maligna.
Tap. Tap.
Tres figuras descendieron de los tejados con una agilidad silenciosa. Iban vestidos de negro de pies a cabeza, con capuchas que solo dejaban ver unos ojos fríos y carentes de emoción. No eran simples ladrones; el brillo de sus dagas y la forma en que se movían gritaban "asesinos de cultivadores".
—Vaya, vaya... —dijo uno de ellos, su voz sonando como grava arrastrándose—. El pequeño tesoro de la Secta Yun Lan se ha entregado sola en bandeja de plata.
—¿Porque el jefe estará tan empeñado en cargarse a esta mocosa? No es la gran cosa.
—Que más da, el jefe dijo que había que matarla a cualquier costo.
Retrocedí un paso, apretando mi palito del dragón de azúcar (que ya se había roto en la carrera) como si fuera un arma real. Mi corazón martilleaba, pero no era solo miedo... era una furia antigua que empezaba a arder en mi pecho.
—¿Quiénes sois? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara—. Mi papá es el Patriarca. Si me tocáis, os convertirá en cenizas.
—Tu padre está muy ocupado hablando de política en el otro extremo del mercado —se mofó el del centro, dando un paso hacia delante—. Para cuando nos encuentre, estarás muy lejos de aquí.
Los tres se lanzaron al mismo tiempo. En ese momento, algo dentro de mí se rompió. No fue el miedo, fue el instinto. Mis pies se movieron solos. Eché a correr a toda la velocidad de la que era capaz. Asustada, con lágrimas en los ojos, corrí entre la gente de la calle principal siendo perseguida por esos hombres.
—¡Papiiii!
Mis pulmones ardían. Esquivaba piernas de adultos, puestos de fruta y cestas de mimbre, pero sentía las sombras justo detrás de mí. No me importaban los dulces, ni el gatito, ni mi vestido rosa ahora manchado y roto. Solo quería que esas manos enguantadas no me alcanzaran.
—¡PAPÁ! —volví a gritar, mi voz rompiéndose entre la multitud.
Vi a lo lejos la túnica de mi padre, pero estaba rodeado de gente, de espaldas, todavía sumido en esa aburrida conversación. Estaba demasiado lejos. El líder de los hombres de negro se lanzó hacia adelante, estirando su mano para atrapar mi cabello.
Sentí el frío del metal de su daga rozando mi nuca. El miedo me paralizó un segundo, pero entonces, una chispa de calor puro estalló desde mi marca de nacimiento en el pecho. No iba a dejar que me atraparan como a un conejo.
Me giré bruscamente, tirándole lo que quedaba de mi dragón de azúcar a la cara. El hombre parpadeó, sorprendido por mi reacción, y aproveché ese segundo para patear con todas mis fuerzas su espinilla, justo como había hecho con mi padre hace días.