Con la Luna sirviendo de vela, Maîa redactaba una carta a Nâya. No había tenido tiempo desde su partida y eran demasiadas las cosas que quería que supiera, especialmente porque imaginaba sus noches en vela y la maraña de sus conjeturas.
Su caligrafía bailaba sobre el papel, en cursiva, haciéndola lo más pequeña posible para que cupiese todo en una sola hoja. El resto de las criadas dormían, así que usaba su almohada como pupitre haciendo el menor ruido posible. Redactaba lo mejor que podía los sucesos, mientras el escozor de su garganta la ahogaba en pesadumbre.
Querida Naya:
Te escribo esta carta desde donde me dejaste; pero con la diferencia de que ya no me encuentro en los aposentos reales, más bien en el cobertizo de las mucamas. Descansaría más si supiera que tu familia y tú estáis bien. Espero que los daños del asalto sean fáciles de recuperar y que en el bosque los pájaros hayan vuelto a cantar.
Aquí los días son tediosos. No recuerdo haber cenado más de dos veces seguidas. En ocasiones me he encontrado con las sábanas rasgadas o el interior de mis zapatos repleto de cristales. No puedo negar que, sino duermo, es por temor a que me sucedan cosas peores, ya que por suerte he salido ilesa de estos sucesos. Sin embargo, aún no te he comentado lo peor… ¡Me han arrebatado el collar! El que me regaló mamá la tarde que sucedió esta calamidad. Dijeron que una sirvienta no podía ir presumiendo abalorios y que toda joya pertenecía a la emperatriz y su familia. ¡Me acusaron de haberlo robado, como si quisiera guardarme algo de este lugar! Ahora el recuerdo de mi madre se haya enterrado entre algún corazón negro.
Te preguntarás el motivo por el que me encuentro en esta situación: me escabullí del Palacio Interior, siguiendo al emperador hasta las afueras. Quería hablar con él, pero mis impulsos han resultado ser una ofensa a su mandato y a mi cargo como cortesana. Curiosamente, al que menos encolericé fue al propio emperador. En situaciones como esta, Naya, tengo que confesarte que me río más de ellos, que de mí misma. ¡De haber sabido que era tan fácil despacharme de esta posición lo hubiera hecho mucho antes!
Mis tareas no son complejas, por lo que mi torpeza no tiene por qué relucir. No quiero pensar que podría llegar a sucederme si trastabillo ahora. Me limito a limpiar y organizar, mi momento favorito es, por supuesto, cuando me encargo de los jardines. ¡El área de los oficiales está lleno de lirios, ojalá pudieras verlos!
Me gustaría que no te preocuparás para cuando leas esta carta, pero pedirte eso es como suplicar que llegue el verano, estando en invierno. No sé si recibiré tus respuestas, o si incluso te llegarán estas palabras; pero confía en que estoy siendo lo más prudente posible.
Te echo de menos, Naya, ojalá que las estrellas de Abbadon te estén cuidando desde ahí arriba. Como mamá lo hace conmigo ahora desde el cielo.
Te quiere, Maîa.
Esa noche descansó a lo sumo cuatro horas. A las siete del día siguiente la Mucama General la despertó arrojándola un cubo de agua fría. La conmoción la impidió si quiera secarse.
—¡En pie, niña!
Las sirvientas de su alcoba se burlaban, mientras sus pestañas retenían la lágrima que insistía en deslizarse por su mejilla. Una vez se vistió salió escopetada de la habitación, siguiendo la senda al ala militar. Al ser la primera hora de la mañana el centro se encontraba en reposo, sin nadie que la acechara dedicándole malas palabras.
Depositó su nota en la cartería y como todas las mañanas se topó con Iwa en el marco de la puerta. Su ceguera no le impedía seguir sus pasos en la lejanía. Ella le dio los buenos días (pocas veces lo recibía de vuelta) y con paso apresurado siguió su camino, alarmada por si aparecía la emperatriz o Heishi.
El campo de entrenamiento estaba cercado por una valla, detrás estaba el espinar, donde muchos tulipanes comenzaban ya a marchitarse por el cambio de temporada. La albina arrancó las malas hiervas y las espinas más punzantes, temiendo que alguna cortesana o miembro de la familia imperial se dañase. Se acercó con la regadera a la fuente, maravillada por la salida del Sol y el color amoratado del cielo. Sus pies jugaban entre ellos mientras silbaba un ritmo inventado, aunque perfectamente ajustado al ambiente del momento. El sonido del agua taponó los pasos de la visita:
—¿No pierde usted nunca el buen humor, Alteza? — el sobresalto provocó la caída de la regadera, angustiándola enormemente ante cualquier error que pudiera tomarse en su contra. A Rem le resultó insignificante.
—No creo que sea apropiado responder a ese llamamiento.
Al principio creyó que estaba inesperadamente feliz, pero ahora que la tenía delante y podía observar de cerca el mar de sus ojos, estaba convencido del artificie de su ánimo. Su mirada era melancólica, el lagrimal estaba rosáceo y la punta de su nariz ligeramente hinchada. Sus cejas no miraban hacia arriba y la tonalidad de su voz no revelaba su naturalidad. Lo más significativo le parecían sus pupilas dilatadas y el azul de su iris, que parecía una borrasca a punto de irrumpir en su espíritu.
En la Casa de las Mucamas el Sol difícilmente se dejaba ver. El paso del tiempo resultaba inagotable. Dentro del palacio Tayu rodeaba a Maîa de quietud y sosiego, devolviéndola la calidez del hogar que dejó atrás. Pero ahora la amenazaba el filo de la soledad, cuyo acero no derramaba sangre, ni bondad.