La Flor del Sol.

Florecilla blanca

Eran pocos los momentos en los que el emperador se dejaba embargar por el presente. Las tareas burocráticas le ocupaban la mayor parte de su tiempo, especialmente ahora que los jueces necesitaban de su aprobación para imponer los cargos, o que se estaba restaurando la ciudad. Saúl se había despachado de todas las figuras, como del responsable financiero y el de justicia, temiendo que apareciese alguien de desuso. Así, no resultaba sorprendente que el orden social también lo mantuviera él.

No consentía que ningún dato le resultase arcano; sin embargo, era costumbre que su mente divagase entre conversaciones, recalculando hojas de ruta que podían o no suceder. Había muchas crisis aconteciendo en la capital, y él comenzaba a restar riqueza a los aristócratas cediéndolo al orden público. En ocasiones se preguntaba si no habrían mencionado su embrujo para inclinar la balanza a su favor.

Desalojó la silla con una ligera molestia en la muñeca, dando por finalizada su jornada. Frente a él había un cuadro primaveral, de un cerezo floreciendo con las nubladas montañas nevadas, que acentuaban la profundidad de la obra con el color del cielo bañando el paisaje. No entendía el por qué, que cada vez que lo ojeaba la ansiedad de su pecho se disipaba. Aquella era la vista más idílica con la que ansiaba algún día encontrarse: lejos del murmullo de la ciudad, de la codicia aristócrata y las imposiciones del palacio. Echaba muchas horas solo, y aun así consideraba que no había fragmentos de vida suficientes con el que acompañarse a sí mismo.

Sus hombros estaban tensos, sin consentirse el descanso. Únicamente reposaba su alma, que divagaba en busca de una luz que la atenuara.

Cuando el desvelo atacaba su cuerpo se asomaba a la ventana en busca de la estrella más brillante, mientras se deleitaba admirando sus dominios y la influencia de sus decisiones. En el momento que entrecerraba sus párpados y sentía la brisa atizarle en su cabello y sus pestañas, era tal el sosiego, que toda la jornada había valido la pena por ese suspiro.

Aquel hubiese sido uno de esos grandiosos momentos en los que podía haberse reencontrado nuevamente consigo mismo, posando su vista sobre el firmamento y cavilando sobre la próxima Luna Llena; pero frente a él se encontraba un escándalo, de esos que te inmovilizan, sin poder apartar la mirada.

Los tobillos desnudos y la nariz sonrosada delataban la sinvergonzonería de su escabullimiento, además de la torpeza de su orientación. Sus pies se movieron más rápidos que su lengua, retrocediendo inconscientemente. Era la segunda vez que sorprendía al emperador dejándose arrastrar por una urgencia que no sabía domesticar, y ahora la mirada de Saúl permanecía sobre su figura; quien comprendía todo, y a la vez nada.

Su silueta apareció de la misma forma que el polen cuando inaugura la primavera y su camisón, a juego con el color de su cabello, le recordaron a una florecilla blanca.

Ante la improvisación del momento, el emperador ejecutó la pregunta más esperada:

—¿Qué haces aquí?

Maîa trastabilló en busca de respuestas, convenciéndose de que su figura no era una ensoñación.

—Pensé… que esta era la alcoba de la emperatriz. Temo que me he confundido siguiendo el camino. ¡Disculpe las molestias, Majestad!

Retrocedió, pero era tarde para que Saúl lo ignorase.

—Resulta inusual que te convoque a estas horas de la noche— se aproximó empujando su respuesta.

Aquel era el último escenario que Maîa anhelaba encontrar. En momentos así pensaba en huir, pero la culpa la impedía entonces justificar la tragedia de su madre.

—Tiene mi collar, Majestad… Me gustaría recuperarlo.

Saúl se quedó un rato en silencio, admirando el jugueteo de sus dedos.

—Ya es la segunda vez que te muestras de entre las sombras. Creí que esta vez vendrías a cumplir con nuestro trato. —recogió la pipa de su bolsillo — Qué lástima, comenzaba a animarme.

Sus mejillas se inflaron como dos fresas, espolvoreadas en el dulzor del ahora. No lo había olvidado, pero creyó que la propuesta habría derivado a un segundo plano tras su traslado a la otra ala.

Sintió la brisa nocturna atizarla desde atrás, adentrándose en su nuca y recordándola su turno para contestar.

—No imaginé que Su Majestad ansiara la compañía de una mucama, cuando fue usted quien me explicó que no estaba bien visto mezclar clases sociales.

La contestación fue ejecutada desde la incomprensión, aun así, su agudeza le retrató con un mero recuerdo junto al fuego.

Saúl catalogó su carácter como algo extraordinario e inaudito para lo que él estaba habituado a recibir, siendo de las pocas veces que se removía por sus propias palabras.

—Revives las memorias del ayer mejor de lo esperado. ¿Esa noche también le hablaste a las estrellas de mí?

Sus contestaciones cortaban el aire entre ambos, eliminando todo aquello que no fuese ellos dos y dejando a Maîa en vilo de más.

— Solo vine a recoger mi collar.

—¿Recoger o robar?

No había sido lo bastante valiente como para levantarle la mirada, especialmente tras imaginarse a ella y él desnudos bajo el plenilunio; sin embargo, el asunto trastocó su garganta, con una acidez que la impedía hilar con calma lo sucedido.



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En el texto hay: musica, romance, emperador

Editado: 21.03.2026

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