La Flor del Sol.

Cuarto creciente

La apuesta de Maîa no apuntaba a aliviar los impulsos sexuales del emperador. Preveía que el diálogo alcanzaría a tocar su lucidez; y aquel pensamiento, crédulo como el de un niño, produjo por primera vez dudas sobre sí misma.

Imágenes de la noche anterior se asomaban como una película en repetición, distrayéndola y evidenciando la lentitud de sus quehaceres. El desorden que había en el patio se ajustaba a su caos mental. Con la escoba barría sus propios miedos, que la impedían evaluar con nitidez lo que acontecía. Su soledad, rodeada de hojas caducas y malas hierbas, se correspondía con su estado: forzada a vivir como cortesana, lejos de la música, mientras el rojo vivo de su corazón se marchitaba hacia un color amoratado. En su mundo ahora no existían las sinfonías. Las golondrinas habían dado paso a los cuervos siendo la primera vez que, queriendo cantar, la voz no le salía.

Una tímida presencia la forzó a aumentar el ritmo del barrido. No supo quién era, pero el aroma afrutado la empujó a descubrir el rostro de la que había logrado encandilar al emperador tras un primer vistazo. Presenciaron juntas la ceremonia de selección y aun así la albina creyó que no la recordaría.

—¿Eres Maîa Hibi?

—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?

—Me advirtieron sobre una concubina que había ofendido duramente a Su Majestad. No conozco los hechos, pero se rumorea que gracias a la misericordia de la emperatriz convive ahora junto a las mucamas.

La albina guardó silencio ante la franqueza de su diálogo, confirmando así sus sospechas.

—¿Es cierto entonces?

Su feminidad eclipsaba la impertinencia de su insistencia. Maîa nunca creyó que pudiera sentirse presionada frente a alguien que parecía aún más vergonzosa que ella; pero se convenció de la bondad de su carácter, percatándose de que Eridia buscaba conocer la verdad por si el futuro le guardaba un destino similar.

—La emperatriz creyó conveniente trasladarme. Mi ofensa pareció ir más dirigida a ella, que al emperador, puesto que no le molestó descubrirme en su campamento.

A la Dama de Borneo la ahogaron un mar de preguntas, comenzando por lo sucedido en aquella escapada y por lo que impulsó a Maîa cometer tal disparate. Pero su mente tropezó con otro escenario que justificaba la misericordia del emperador. No fue hasta que levantó nuevamente la vista, con las mejillas teñidas de rojo, que Maîa adivinó lo que su mente cavilaba.

—Entonces comenzaste la iniciación.

El estómago de la sureña se estrujó forzándola a inhalar nuevamente el aire, para mostrar una mayor discreción. No encontraba otra manera de salir de aquella conversación, que no fuera agachándose a recoger las hojas marchitas.

—Alteza, lo que creéis suponer no es como imagináis.

—Por favor, seamos más informales. Mi nombre es Eridia.

—Únicamente quiero destacar la misericordia de Su Majestad por haberme dejado permanecer junto a él en el campamento.

La Dama de Borneo la miró desde arriba. Sus pómulos color carmesí y sus cejas peinadas le recordaron a una flor recién abierta. Aun así, su silencio era ensordecedor.

—Debes de sentirte muy afortunada. Contar con la simpatía de Su Majestad supondría un alivio a cualquiera. Pero dejadme aconsejaros sobre el resto de consortes…— su voz se quebró —La vida imperial es más ruda. Guárdalo como un tesoro.

Se retiró despacio, como un cisne que desaloja el estanque para descansar bajo el crepúsculo. La albina no supo interpretar la reciente conversación. Le pareció que la Dama de Borneo, más que tantear el terreno, lo sembraba a su gusto.

Pasado el mediodía Maîa solía acercarse al mercadillo para comer, evitando hacerlo en su actual residencia. El bullicio de la capital había dejado de abrumarla y comenzaba a saborear su autenticidad, encontrando un extraño placer en la sencillez de su cotidianidad. Disfrutaba el hecho de que siempre quedase algo nuevo por descubrir: una persona, un rincón, un rumor pasajero… Era lo impredecible lo que la mantenía despierta y ahora había encontrado nuevos colores a los que poder admirar.

A lo lejos, unas risas bañaban el cielo, y donde muchos adultos encontraban fatiga había ahora un grupo de infantes burlándose del destino.

—Luego no vengáis a mí en busca de consuelo.

—¡Dos seises, eres una bruja, los dados están trucados!

—Ojalá, me ahorraría muchas visitas.— la anciana extendió sus manos, esperando sentir en su palma un par de monedas.

El encuentro fue caótico y Maîa estuvo tentada a preguntarle a la anciana sobre su futuro. No creía que sobre las estrellas estuviera escrita ya su historia, pero si era positivo lo que la esperaba el día de mañana, quería aferrarse a aquella fantasía, por muy ilusoria que fuese. Lástima que recibiese un pequeño empujón que la hizo detener sus pasos.

Rina paseaba aquella tarde por la ciudad junto a su asistenta. Su vestimenta era formal, y el ramo de flores que sujetaba entre sus brazos proporcionaba a Maîa pistas sobre su reciente encuentro. Se quedó mirándola fijamente ante la impresión de su presencia.

—Disculpe, Alteza.

—Perdóname a mí. Estaba distraída.

La tonalidad fue suave, y aun así la frialdad de su mirada congeló la lengua de Maîa.



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En el texto hay: musica, romance, emperador

Editado: 19.08.2026

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