Ochocientos años antes de que la serpiente alada se alzara sobre las torres de Draxcan, el continente de Daus dormía un sueño turbulento, desgarrado por fronteras de odio y silencio. Cinco razas ocupaban la tierra, y ninguna de ellas se consideraba hermana de las otras. En las Llanuras Centrales, un océano de hierba alta y dorada que ondulaba desde las estribaciones de las montañas del oeste hasta los linderos del Bosque Eterno, las tribus humanas se mataban entre sí por el derecho a beber de un arroyo, por el robo de unas cuantas cabezas de ganado, por una palabra mal dicha ante el fuego sagrado. Era un mundo sin reyes, sin ciudades de piedra, sin más ley que la que imponía el filo de una espada de bronce.
Y en el corazón de aquel mar de hierba, donde los vientos del norte traían el olor de la nieve lejana y los atardeceres teñían el horizonte de un rojo parecido a la sangre recién derramada, acampaba la tribu de los Krax.
Eran un pueblo orgulloso y tenaz, descendientes —según decían los ancianos junto a las hogueras— de un guerrero que había contemplado el rostro de uno de los Once Originales y había vivido para contarlo. Nadie sabía a ciencia cierta si aquella historia era verdad, pero los Krax se comportaban como si lo fuera. Montaban a caballo antes que a caminar, tensaban arcos con una fuerza que hacía cantar la madera de fresno, y llevaban el pelo recogido en trenzas adornadas con pequeñas cuentas de hueso que representaban cada enemigo abatido.
El campamento se extendía en un claro resguardado por dos colinas bajas, junto al cauce manso del río Argento. Doscientas tiendas de cuero y lana formaban un semicírculo alrededor de una gran hoguera central, donde el humo ascendía en una columna perezosa hacia el cielo del atardecer. Los niños correteaban entre los perros guardianes, las mujeres curtían pieles junto a los arroyos, y los guerreros afilaban sus armas bajo toldos improvisados mientras intercambiaban noticias traídas por los exploradores.
En una loma apartada, a poca distancia del campamento principal, un joven de dieciocho inviernos blandía una espada de madera contra un adversario imaginario.
Eryndor Kraxter era alto para su edad, de hombros anchos y manos callosas que ya conocían el peso de una espada de verdad. Tenía el rostro anguloso, bronceado por incontables jornadas bajo el sol, y unos ojos de un gris tormentoso que brillaban con una intensidad que inquietaba a los más viejos del clan. Su pelo castaño, recogido en una única trenza apretada, estaba adornado con tres cuentas de hueso: aún pocas para un guerrero, pero suficientes para que los muchachos de su edad le miraran con una mezcla de respeto y envidia. Llevaba el torso desnudo, y sobre su pecho se veían las cicatrices pálidas de su primer combate real, ocurrido apenas dos estaciones atrás.
La espada de madera describió un arco amplio y golpeó con fuerza un poste hincado en el suelo, haciendo volar astillas. Eryndor jadeó, se apartó el sudor de la frente y alzó la vista hacia el norte, donde la llanura se extendía infinita, difuminándose en una bruma azulada que ocultaba lo desconocido. Allí, más allá de lo que alcanzaba la mirada, estaban los reinos de los magos, los bosques perpetuos de los elfos, las montañas humeantes de los Elemens. Las historias de los mercaderes ambulantes las describían como tierras de maravillas y horrores a partes iguales. A Eryndor, en cambio, le producían un cosquilleo en la boca del estómago: no miedo, sino hambre. Un hambre que no saciaban ni la carne asada ni el hidromiel.
—Si sigues golpeando ese poste, vas a quedarte sin rival contra el que entrenar —dijo una voz desde el pie de la loma.
Eryndor bajó la espada. Era su padre, Doran Kraxter, jefe de la tribu, que ascendía la pendiente con el paso pausado del que ha aprendido a conservar las fuerzas para cuando hacen falta de verdad. Era un hombre de cincuenta inviernos, enjuto pero fibroso, con el rostro surcado de arrugas como la tierra reseca. Su trenza, entrecana ya, arrastraba tantas cuentas de hueso que tintineaban al caminar. A pesar de los años, se movía con la agilidad de un depredador.
—El poste no replica, padre —dijo Eryndor, apoyando la espada de madera en el suelo—. Pero al menos no se queja cuando pierde.
Doran soltó una risa corta y se detuvo junto a su hijo. También él miró hacia el norte.
—Los exploradores han vuelto —anunció al fin, con voz neutra.
—¿Y qué han visto?
—Humo. Mucho humo, más allá del Vado de los Sauces.
Eryndor sintió que el estómago se le encogía. El Vado de los Sauces marcaba el límite del territorio que los Krax consideraban propio. Más allá, las llanuras pertenecían a otras tribus, algunas aliadas, otras enemigas. Y las enemigas, desde hacía dos generaciones, tenían un solo nombre.
—¿Drak? —preguntó.
Su padre asintió lentamente.
—Lord Corvin Drak está moviendo a sus guerreros. No es una partida de saqueo. Son demasiados.
El nombre cayó entre ambos como una piedra arrojada a un pozo. Corvin Drak no era un jefe tribal corriente. Era un señor de la guerra que, según se decía, había hecho quemar vivos a tres jefes rivales en una misma noche, mientras cenaba carne de bisonte y brindaba con vino robado de una caravana élfica. Llevaba diez años unificando a las tribus del norte bajo su estandarte, una garra de hierro sobre fondo negro, y su ambición no conocía límites. Soñaba con un reino humano que se extendiera de costa a costa, y los Krax, dueños de las mejores tierras de pastoreo, eran el último obstáculo que le quedaba.
—¿Viene hacia aquí? —preguntó Eryndor, notando cómo la empuñadura de madera crujía bajo sus dedos.
—Aún no. Se ha detenido junto a los túmulos antiguos. Pero está enviando emisarios a las tribus vecinas. Quiere que se le unan por las buenas antes de aplastarlas por las malas.
—Nunca se unirán a él voluntariamente.
—No estés tan seguro —Doran escrutó el horizonte, y por primera vez Eryndor percibió en los ojos de su padre algo parecido al cansancio—. Las tribus están asustadas. Han visto arder las tiendas de los que se resistieron. Y Drak promete gloria, riquezas, el fin de la guerra perpetua... aunque sea bajo su bota. Hay quien prefiere eso a morir con honor.