La Forja de los Kraxter: El Pacto de Sangre

Capítulo II: Los Jinetes del Norte

El ritual de sucesión duró tres días y tres noches, como dictaba la tradición de los Krax desde tiempos inmemoriales. Los ancianos vertieron hidromiel sobre la tierra para honrar a los espíritus de los antepasados; las mujeres bailaron alrededor de la hoguera central con los rostros pintados de ocre y ceniza; los guerreros más jóvenes compitieron en carreras de caballos, lucha cuerpo a cuerpo y tiro con arco, mientras los niños observaban con ojos brillantes, soñando con el día en que ellos también serían dignos de participar. Era una celebración de vida en un mundo que solo parecía conocer la muerte, y durante aquellas tres jornadas, incluso los más viejos olvidaron la amenaza que se cernía sobre ellos desde el norte.

Eryndor soportó los ritos con la paciencia de quien sabe que cada ceremonia tiene un propósito, aunque su mente vagaba constantemente hacia otros horizontes. Dejó que los ancianos le ungiesen la frente con sangre de ciervo, símbolo del vínculo entre el jefe y su pueblo. Dejó que le colocaran sobre los hombros la capa de lobo que había pertenecido a su abuelo, y que su padre le entregara, ante todos, la espada de hierro que era la posesión más valiosa de la tribu: una hoja larga y recta, forjada por un herrero de las montañas occidentales, que había costado a los Krax cien cabezas de ganado y una alianza matrimonial que aún se recordaba en las canciones.

—Esta espada se llama Alba —dijo Doran ante el silencio de los reunidos, sosteniendo el arma con ambas manos—. Fue forjada con el primer rayo de sol de la primavera, o eso dice la leyenda. Mi padre me la entregó cuando yo tenía tu edad, y ahora yo te la entrego a ti. Que nunca se alce en vano. Que nunca se rinda sin honor. Que jamás se quiebre mientras un Kraxter la empuñe.

Eryndor recibió la espada y la sostuvo en alto, sintiendo el peso del acero y el peso de las palabras de su padre. La hoja reflejó la luz de la hoguera, y por un instante, los presentes creyeron ver en ella el brillo de una estrella fugaz. Un murmullo de asombro recorrió la multitud. Los ancianos intercambiaron miradas significativas. Los guerreros golpearon sus pechos con los puños cerrados, en el saludo tradicional.

Aquella noche, cuando las celebraciones terminaron y el campamento se sumió en un silencio apenas roto por el crepitar de los rescoldos, Eryndor se sentó junto a su padre en la entrada de la tienda principal. Ambos contemplaban las estrellas, incontables y frías, que alfombraban el cielo de las llanuras como fragmentos de hielo eterno.

—Mañana partirás —dijo Doran. No era una pregunta.

—Mañana.

—¿Y hacia dónde te dirigirás primero?

Eryndor había meditado largamente aquella cuestión durante los rituales. Los magos de Vortham eran poderosos, pero también orgullosos y esquivos; presentarse ante ellos sin nada que ofrecer sería como mendigar migajas a un rey. Los Elemens de las montañas del oeste eran feroces y desconfiados; haría falta algo más que palabras para ganarse su respeto. Los Originales... bien, los Originales eran un misterio incluso para quienes decían conocerlos. Nadie sabía a ciencia cierta dónde se alzaba su Templo, ni si aceptaban visitas de mortales.

Quedaban los elfos de Lythara, el Reino del Bosque Eterno. Eran una raza antigua y sabia, se decía, pero también profundamente aislacionista. Ningún humano había pisado sus tierras en generaciones sin ser recibido con flechas de aviso. Sin embargo, algo en los sueños que había tenido —la mujer de cabello plateado que le tendía la mano— le hacía pensar que aquella era la dirección correcta.

—Al Bosque Eterno —respondió al fin—. Buscaré audiencia con la reina de los elfos.

Doran soltó un suspiro largo y cansado.

—Los elfos nos desprecian, hijo. Creen que los humanos somos criaturas efímeras, violentas, sucias. Destructores de bosques y profanadores de santuarios. No te equivocas del todo en sus prejuicios —añadió con amargura—. Nuestros antepasados talaron robledales enteros y quemaron arboledas sagradas durante las guerras tribales. La memoria de los elfos es larga, mucho más que la nuestra.

—Precisamente por eso debo ir —replicó Eryndor—. Si nunca nadie intenta tender un puente, el abismo nunca desaparecerá. Alguien tiene que dar el primer paso, aunque sea hacia una lluvia de flechas.

—O hacia una lanza en el costado. Pero no seré yo quien te detenga —Doran se giró hacia su hijo, y a la luz de las estrellas sus ojos parecían más viejos que nunca—. Solo te pido una cosa: ten cuidado. Los elfos no son nuestros únicos enemigos. Corvin Drak tiene espías en todas partes, y en cuanto sepa que has salido de las llanuras, intentará aprovechar tu ausencia.

—Lo sé. Por eso necesito que tú mantengas unida a la tribu mientras yo estoy fuera. Reúne a los guerreros, fortifica el campamento, envía emisarios a las tribus amigas. Diles que el nuevo jefe de los Krax no busca someterlas, sino unirlas contra la verdadera amenaza.

—Algunas escucharán. Otras se unirán a Drak en cuanto les prometa nuestras tierras.

—Entonces esas serán las primeras en caer cuando llegue el momento. Pero si consigo el apoyo de los elfos, todo cambiará. Drak no esperará una alianza semejante. Nadie la espera.

Padre e hijo permanecieron en silencio un rato más, compartiendo la calma tensa que precede a las grandes tormentas. Luego, Doran se levantó, posó una mano sobre el hombro de Eryndor y se retiró al interior de la tienda sin añadir nada más.

Al alba, cuando las primeras luces del sol despuntaban sobre las colinas orientales y la neblina se deshacía lentamente sobre el río Argento, Eryndor se preparó para partir. No llevaría escolta; un grupo numeroso sería demasiado llamativo y provocaría reacciones hostiles entre los elfos mucho antes de que pudiera explicar el motivo de su visita. Solo le acompañarían dos guerreros de confianza: Kael, un arquero de veinticinco inviernos, delgado y nervioso como un galgo, que había sido su compañero de juegos desde la infancia, y Brenna, una guerrera de cabello rojo recogido en innumerables trenzas diminutas, cuya destreza con el hacha era legendaria en tres tribus a la redonda. Era cinco años mayor que Eryndor y lo había salvado de morir en su primer combate, cuando un guerrero enemigo estuvo a punto de degollarlo por la espalda. Desde entonces, había jurado protegerlo con su vida, una promesa que Eryndor aceptaba con gratitud silenciosa.



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En el texto hay: fantasia épica, reinos antiguos, fundacion

Editado: 11.08.2026

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