El primer amanecer en Lythara fue una revelación para Eryndor. Despertó en un lecho de musgo trenzado, suave como la seda pero firme como el cuero, y descubrió que la luz del sol no entraba directamente por la ventana, sino que se derramaba en cascadas tamizadas por las hojas del Árbol Madre, tiñendo la estancia de un resplandor verde y dorado que parecía provenir del fondo de un estanque encantado. Por unos instantes, olvidó dónde estaba, y su mano buscó instintivamente la empuñadura de Alba, que descansaba junto al lecho. Luego recordó: el bosque, los elfos, la princesa de cabello plateado. Todo era real.
Se incorporó lentamente y se acercó a la ventana. La ciudad colgante bullía de actividad matinal. Los elfos se desplazaban por los puentes de cuerda con la misma naturalidad con que los humanos caminaban sobre tierra firme, portando cestas de frutas, rollos de pergamino, instrumentos musicales de formas imposibles. Algunos se detenían a conversar en corrillos, con voces musicales que llegaban hasta la ventana como fragmentos de una canción a medio componer. Nadie parecía tener prisa, pero tampoco holgazaneaban. Era como si el tiempo mismo fluyera de manera distinta en aquel lugar, más pausado, más armonioso.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Era Brenna, que ya se había vestido y calzado sus botas de cuero, y que lucía una expresión de leve incomodidad.
—Los elfos han traído comida —anunció—. No sé si llamarlo desayuno, porque es más bien un festín. Frutas que nunca he visto, pan de un cereal que no es trigo, y una especie de néctar que sabe a flores fermentadas. Kael ya está dando buena cuenta de todo.
—¿Y tú?
—Yo desconfío. Es demasiado bonito para ser verdad. Ayer casi nos matan y hoy nos tratan como a príncipes.
—Ayer nos recibió una capitana de la guardia fronteriza —razonó Eryndor, mientras se vestía con su túnica de cuero y se ceñía el cinturón—. Hoy estamos bajo la protección de la princesa. Son circunstancias distintas.
—O una trampa más elaborada.
Eryndor sonrió a pesar de sus propios recelos. Brenna siempre había sido la voz de la cautela en su pequeño grupo, y aunque a veces su suspicacia resultaba exasperante, también les había salvado la vida en más de una ocasión. No iba a menospreciar sus advertencias ahora.
Salieron juntos a la estancia común de la Casa de las Hojas, una construcción de madera clara que parecía haber crecido directamente del tronco de un roble centenario. Las paredes estaban adornadas con tapices de motivos vegetales, y el mobiliario, aunque sencillo, revelaba una artesanía exquisita: sillas de mimbre que se adaptaban a la forma del cuerpo, mesas de madera pulida que reflejaban la luz como espejos, lámparas de cristal que brillaban sin llama visible.
Kael estaba sentado a la mesa, con las mejillas hinchadas y un racimo de uvas doradas en una mano. Al verlos entrar, hizo un gesto entusiasta con la mano libre.
—Tenéis que probar esto —dijo con la boca llena—. Sabe a miel y a sol y a algo que no sé describir. Y esta bebida... te juro que después de beberla ves los colores más brillantes.
—Ya estás viendo los colores más brillantes de lo normal —rezongó Brenna, pero cogió una fruta y le dio un mordisco cauteloso.
Eryndor se sirvió un poco de aquel néctar dorado y lo probó. Era cierto: sabía a flores, pero también a algo más profundo, como a tierra mojada después de la lluvia, como a risa de niño. Bebió otro sorbo y sintió que el cansancio del viaje se desvanecía de sus músculos.
—Esto no es comida corriente —observó—. Tiene algo de... magia.
—Todo en este sitio tiene magia —respondió Kael, señalando hacia la ventana—. Mira eso.
Eryndor se asomó. En una rama cercana, un pájaro de plumaje iridiscente, del tamaño de un cuervo, estaba posado y los observaba con un ojo brillante. Pero lo extraordinario no era el pájaro en sí, sino lo que hacía: abría el pico y emitía una serie de notas que formaban una melodía perfectamente reconocible, una canción infantil que Eryndor recordaba de su infancia en las llanuras. Luego, como si nada, alzó el vuelo y desapareció entre las ramas.
—Los pájaros del Bosque Eterno repiten las canciones que oyen —dijo una voz a sus espaldas—. Y recuerdan las que oyeron hace siglos. Ése debe de haber aprendido tu canción de algún viajero humano que pasó por aquí hace generaciones.
Los tres se giraron. En la entrada de la estancia, con una túnica verde esmeralda que se ceñía a su figura como una segunda piel, estaba la princesa Elyndra Cerevan. A la luz del día era aún más hermosa que en sueños: su cabello plateado, recogido en una trenza intrincada del que escapaban pequeños mechones rebeldes, brillaba con reflejos de luna y escarcha. Sus ojos verdes, profundos como lagos de montaña, observaban a los humanos con una mezcla de curiosidad y cautela, como quien se acerca a un animal salvaje que podría ser peligroso o simplemente fascinante.
—Princesa —saludó Eryndor, inclinando ligeramente la cabeza.
—Puedes llamarme Elyndra. Los títulos son para las ceremonias, y ahora mismo no estoy de humor para ceremonias —respondió ella, entrando en la habitación con pasos ingrávidos—. ¿Habéis descansado bien?
—Como no lo había hecho en meses —admitió Eryndor—. Vuestra hospitalidad es... inesperada.
—Querrás decir sospechosa —Elyndra esbozó una sonrisa—. Tu amiga la del hacha no ha dejado de mirar a todos lados como si esperara una emboscada en cualquier momento.
Brenna enrojeció ligeramente, pero no desmintió la acusación. La princesa se sirvió una copa de néctar y se sentó a la mesa, haciendo un gesto a los humanos para que la acompañaran.
—Mi madre está reunida con el Consejo de Ancianos —dijo—. Están discutiendo vuestra propuesta, o más bien discutiendo si vale la pena discutirla. Hay opiniones encontradas.
—Imaginaba que no sería fácil —respondió Eryndor.
—No lo es. Los Ancianos recuerdan cada agravio que los humanos han infligido a nuestro pueblo desde que llegamos a Daus. Las talas, los incendios, las profanaciones de santuarios. Algunos de ellos estuvieron allí. Para un elfo, trescientos años no es historia antigua: es memoria viva.