La forja del Dragón

El despertar del chacra y el nido del dragón

En los albores del tiempo, donde la ceniza y la tierra eran una misma alma, nació un archipiélago llamado Las mil estrellas llameantes. Los antiguos afirman que emergió por las lágrimas de amor de la diosa Hestia tras el rechazo del dios del mar, Poseidón.

Y así, pequeños territorios se alzaron como respuesta a su lamento. En ellos, tanto criaturas ancestrales como humanos nacieron. Pero con cierta peculiaridad: una parte de ella quedó grabada en su interior, generando lo que hoy día conocemos como chakra.

Las criaturas que surgieron eran variadas: desde seres tan altos que nada ni nadie les hacía sombra, otros voladores tan delgados que parecían quebrarse con una simple brisa, otros saltando tan alto que parecían envejecer a la vuelta y unos que, pese a su tamaño, tenían una fuerza de fuego letal.

Luego estaban las personas. Todas ellas llevaban una extraña marca en su pecho, una lágrima roja. Además, en su mayoría eran pelirrojos con una constitución fuerte.

La fauna y flora, en cambio, era común pero crecía con un brillo tan mágico que hasta unas simples verduras como los tomates parecían joyas. Se dice que esto es gracias a que su tierra tiene ceniza en su interior.

Todos vivían en comunión, en especial una raza: los dragones. Al principio solo era una relación de respeto mutuo por el territorio: tú no ponías un pie en su terreno y ellos no se acercaban al de los humanos.

Hasta que el tiempo, como un niño caprichoso, decidió acercar su relación. Les otorgó la capacidad de generar chakra. Pero no podían controlarlo. Incendios descontrolados y lanzamientos de bolas de fuego se esparcían sin piedad. Ríos de brasas y rastros de llamas colonizaban su territorio, amenazando el hábitat de ellos y de los humanos.

Algunos dragones incluso enfermaban porque tenían mucha cantidad de maná o por su cuerpo débil. En el territorio humano, temblores sin previo aviso crearon caos en la población. El cielo se tornaba rojo y el calor descontrolado empezó a hacer mella incluso en la fauna y flora, pues esto para ellas era antinatural.

Hasta que un día el líder de los humanos, Draco, decidió tomar cartas en el asunto. Se dirigió al territorio de los dragones junto a sus nobles guerreros.

Tenían por norma natural no acercarse nunca, ya que al ser un lugar salvaje con innumerables caminos y cuevas alrededor, era fácil perderse. Siendo la misma isla, en esa zona determinada la vegetación rugía por sí misma. Flores rojas como la sangre pululaban por doquier; árboles y hojas gigantes con espinas casi invisibles, pero lo suficientemente finas para clavarse, reinaban en dicho lugar. Pero lo más curioso es que, cuanto más te adentrabas, el olor a ceniza y los rastros de destrozo desaparecían.

Se podía escuchar a las demás especies hablando entre ellas pero con cautela, casi susurrando, como si supieran que alguien no invitado puso los pies en este lugar.

—Todos, mantened los ojos bien abiertos. Sobre todo abajo, hay socavones y es fácil hundirse —dijo el capitán.

—Perdone mi impertinencia, ¿pero cómo sabe a dónde nos dirigimos?

—Vamos a lo más profundo del bosque. Según los antiguos, los dragones son reservados y recelosos; no se dejan ver y quien los ha visto ha tenido demasiada suerte para contarlo. Nunca se debe llegar a este lugar, pues no soportan nuestro hedor.

—Entonces… estaremos en peligro…

—Señor, ¿cuál es el plan?

—De momento, observar. Seguro saben que estamos aquí.

Una brisa clara y fresca anunciaba, tras un silencio rotundo, que habían llegado al nido de los dragones.

—Hmm, qué es este olor… —soltó uno de los dragones en su idioma.

Unos árboles empezaron a sacudirse, sin verse apenas nada. La luz del sol, cada vez más tenue, daba paso a una oscuridad sin precedentes. Y de repente, un polvo brillante surgía tanto de los árboles como de las flores y los arbustos.

—Capitán, ¿es esto veneno? Se está esparciendo.

—Haced un escudo de energía.

De repente, un escalofrío recorrió la espalda de sus guerreros.

—Esta atmósfera se siente muy pesada.

—Tranquilos. Están por aquí. De hecho, nos han permitido llegar aquí.

Esperaron en formación y sin hacer un solo ruido. Un paso en falso y todo estaría perdido. Pero lo que le preocupaba al capitán era que nadie se había atrevido a dialogar con ellos. En unas escrituras antiguas dejadas por los ancestros, ponía que son seres muy perspicaces: huelen la mentira y el miedo por igual.

—¿Por eso no soportan nuestro olor?

—No se especificó, solo que antaño los que entraban volvían enseguida a su territorio.

—De ahí esa creencia del hedor.

Mientras hablaban, un dragón pequeño apareció como una vil trampa para ellos. Este se les frotaba y los olía; e incluso intentaba subirse a ellos.

—Capitán, ¿qué hacemos? ¿Son así de pequeños?

—Algo no está bien… No mováis ni un músculo.

En las sombras, el líder de los dragones observaba.

—Mmm, interesante. No tocan a Charlie ni intentan llevárselo —dijo el dragón en su idioma.

Entonces ordenó a este pequeño girarse y mostrarse con más claridad, poniéndose cerca del flujo de polvo brillante.

—Chicos, seguid sin hacer nada. Debemos esperar al jefe.

—Pero no se está mostrando.

—Shhh, firmes.

Entonces el pequeño desapareció y un retumbar, junto a un rugido casi ensordecedor, llegó ante la presencia de ellos. Era un dragón con unas escamas plateadas finas como el marfil. Unas garras grandes y afiladas que parecían quebrar hasta el aire. Al alzar la vista, los ojos rojos de aquel ser parecían devorarte el alma sin piedad. Su mirada era firme, sin pizca de miedo ni vacilación, tal cual un rey se presenta ante aquel que no representa ni una pizca de amenaza.

—Guarden silencio, hablaré yo —ordenó Draco.

—Hola, criatura de los bosques. Me llamo Draco, líder de la aldea Igna, territorio al lado vuestro. Hemos venido porque desde nuestro hogar se avistan fenómenos anormales. La tierra tiembla y los cielos se tiñen de rojo junto a bolas de fuego que circulan sin control. Tomamos muestras y descubrimos que es chakra, la misma energía que poseemos nosotros. Además, si esto sigue así, la isla podría colapsar; por lo tanto, el hogar de ambos. Así que decidimos venir porque, en vista de todos estos años de convivencia, intuimos que este poder se os escapa del control.



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En el texto hay: superacion, magia, magia aventura dragones

Editado: 13.03.2026

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