La forja del Dragón

Capítulo 2: La reacción del dragón

Draco y sus caballeros se encontraban ante la presencia de un gran dragón plateado que gobernaba a todos los seres del bosque, incluidos los de su propia especie. Habían llegado hasta allí con dificultad, pues las tierras de estas criaturas se ubican en el extremo norte de la isla, más allá de las indómitas montañas Magmas.

Tras la cordillera se extendía el Gran Bosque de los Mil Caminos. Recibía ese nombre porque el brillo del sol difuminaba la vista; la luz chocaba contra las piedras del suelo, que devolvían un resplandor cegador capaz de borrar cualquier rastro. Los caballeros se sentían atraídos por aquel destello, como si una codicia repentina empezara a brotar en sus pechos, pero al caer las sombras se desconcertaban, sintiéndose como si hubieran despertado de un largo sueño. Lo que nadie sabía era que, en realidad, aquellas piedras eran escamas de dragón fosilizadas e integradas en el entorno.

Sin embargo, a Aiden y a Draco el fenómeno no parecía afectarles. Los visitantes avanzaron siguiendo las instrucciones del comandante, dejando marcas visibles a su paso mientras padre e hijo memorizaban cada giro del sendero.

Ahora estaban ante un rey magnánimo. Sus ojos, rojos como rubíes, parecían capaces de atravesar el alma y ver más allá de lo imaginable. Cada escama de su cuerpo, a pesar de ser asimétricas, encajaba en perfecta armonía con su figura. El frío viento del bosque cortaba el silencio mientras las hojas caían alrededor; algunas se marchitaban al tocar el polvo, fundiéndose con él. El suelo, arcilloso y mullido por las ramas, dificultaba la estabilidad, como si hubiera sido diseñado para que ningún invasor pudiera escapar con facilidad.

Agachados, algunos caballeros afirmaban estar ante la mismísima luna del infierno convertida en un ser viviente. Otros intentaban disimular su miedo frunciendo el ceño, conscientes de que un solo gesto en falso provocaría una catástrofe. El más joven de todos, Aiden, pese al temor que sentía, confiaba plenamente en su padre; como futuro sucesor, sabía que cumplir con su deber era lo primero.

Aquel gobernante observó durante un largo rato a cada uno de los presentes. Evaluaba y comprendía lo que escondían en sus corazones, pues poseía el don de leer los latidos, aunque nadie lo supiera. Para su sorpresa, el comandante Draco mostraba una amplia sonrisa mientras permanecía inclinado. Su corazón estaba en calma; ni miedo, ni alegría. Calma total.

Esto dejó al dragón algo escéptico. Se acercó un poco más, inclinándose para ponerse a su altura, pero no obtuvo respuesta distinta: la misma reacción imperturbable. Mientras el resto del clan se amontonaba alrededor tras moverse entre las ramas y arbustos, permitieron que el caprichoso sol se colase por las diminutas fisuras de la vegetación. Al reflejarse sobre el cuerpo del dragón, un sonido metálico y tintineante creó una melodía desconcertante, como si la naturaleza misma reconociera a su amo.

Aquellos hombres no sabían qué sorpresa tendrían cuando al fin pudieran levantar la cabeza. Pero al dragón no le importaba el asombro; estaba predispuesto a hablar, pues ya tenía las respuestas que necesitaba. De momento.

—¿Por qué están aquí? —preguntó la criatura—. ¿Qué están buscando?

—¿Habla nuestro idioma? ¿Cómo? —susurró uno de los caballeros.

Entonces, Draco se levantó y lo miró. No pudo evitar pensar que estaba ante un ser tan bello y cortante como una espada.

—Humano, te estoy haciendo una pregunta. ¿Qué es eso que me has dicho?

—Disculpe, ¿habla mi idioma?

—No hablo ningún idioma; hablo el mismo sonido que tengo delante.

Esto desconcertó a Draco, pero había muchas vidas en juego y no retrocedió.

—Se lo dije: ustedes tienen una energía que se les está saliendo de control. Seguro que algunos de sus compañeros están enfermos.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Crees que somos débiles?

—El débil es aquel que no reconoce su problema ni busca solución.

—¿Cómo te atreves...?

En ese instante, los nobles caballeros se alzaron dispuestos a intervenir, pero el joven Aiden los detuvo.

—Mi padre se la está jugando. Por favor, no destrocéis sus esfuerzos —susurró el chico.

—Vinimos en son de paz al ver que tienen algo fuera de control —afirmó Draco—. Permítame mostrarle de lo que hablo.

Draco se paró ante él, juntó sus manos y formó una esfera roja de energía chispeante. La movió por todo su cuerpo y finalmente la lanzó hacia una roca.

—¿Ve lo que le quiero decir? Esto es maná bajo control. El cuerpo lo acepta como parte de sí mismo; no quema ni destruye si se sabe direccionar.

El dragón se mantuvo en silencio, observando detenidamente el flujo de energía.

—Dices la verdad —admitió Tsukigane—. Pero, ¿en qué nos beneficia eso a nosotros? Tenemos energía por todo nuestro cuerpo y somos libres de usarla.

—¿Está seguro de que sabe usarla?

—¿Cómo sabes que no sabemos usarla, humano? ¿Por cuatro chispas en tu territorio? ¿Quién dice que no estamos atacando de verdad?

—Porque estoy seguro de que usted no se quedaría aquí, en su hogar oculto, si pudiera dar un paso al exterior.

El dragón se sintió herido. Un miserable humano le hablaba sin miedo, sin vacilar y sin mentiras. Pero era su deber proteger a todos y, aunque le dolía admitirlo, si no controlaban ese poder sería el fin de los suyos. Se quedó en silencio, mirando a su clan. La confianza es un tesoro que difícilmente debe regalarse.

—¿Cómo sé que no planeas traicionarnos? —preguntó tras girarse—. ¿No estarás tentando mi furia? Tus compañeros no son tan claros como tú. ¿Cómo sé que puedo confiar en todos?

—Eso depende de ti. Yo te entrego mi palabra; eres libre de creerla o ejecutar lo que desees. Pero como muestra de mi lealtad, te entrego este collar mágico de mis antepasados. Es mi bien más preciado e indestructible.

El dragón tomó el collar. Para él era un trozo de metal fino con una piedra roja en forma de lágrima, similar a sus propios ojos. Al moverla, emitía el sonido de un pequeño cascabel.



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En el texto hay: superacion, magia, magia aventura dragones

Editado: 27.03.2026

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