Tras acordar una especie de alianza-tregua, los humanos y los dragones procedieron a presentarse. Pese a que no se sabía cuánto tiempo duraría esta especie de paz, la urgencia apremiaba; puesto que estos últimos confiaban en su poder, daban por hecho que los humanos no darían un paso en falso, y menos en su propio territorio.
Así que Tsukigane, con un gesto de buena fe, decidió dar un paso atrás y presentar al resto del clan. Los primeros fueron sus hijos: Ayame, la mayor, que tenía una vista kilométrica; Mugen, tan negro que solo se le veía cuando abría los ojos; y el último y más joven, cuyo nacimiento provocó la muerte de la madre: Faren.
Faren había nacido con maná brillante por todo su cuerpo, pero con una ala deformada y un maná inestable desde su nacimiento. Sin embargo, poseía una voluntad que se podía ver en sus ojos ante cualquier reto, una determinación que rivalizaba constantemente con la de su padre.
En su idioma, Tsukigane ordenó que se presentaran. Ayame dio un paso al frente, agachó la cabeza y dijo: —Ayame. Apenas se le entendía, pues ellos no conocían el idioma de los humanos y solo repetían lo que su padre ordenó. Después fue el segundo: —Mugen.
Y por último… el quebradero de cabeza. Faren se dirigió directo a los humanos, poniéndose delante de todos. Los empezó a oler y, al detectar a Aiden, se agachó: —Yo, Faren.
Tsukigane daba coletazos en el suelo, aguantando las ganas de exhalar su aliento de fuego para arreglar cuentas con su hijo. Finalmente, exhaló aire y se dirigió a él en su lengua: —¿No te dije que te presentaras adecuadamente? ¿Por qué te vas directo a ellos? —¿Pero no se supone que hemos forjado una alianza? —replicó el joven. —Sí, pero debe ser todo poco a poco, no de golpe, idiota. —Eso es aún más raro. Si forjamos una alianza, demostrar prudencia es demostrar desconfianza.
Tsukigane miró al cielo en busca de autocontrol. Este pequeño tenía el don de la imprudencia sin medida. —Imagínate que creen que los ibas a atacar y estalla una guerra. A mí no me importa, ¿pero entonces quién va a enseñaros a controlar este nuevo poder o a curar a los heridos? —Papá, eso no implica que no me pueda acercar. Al contrario, cuanto más pronto se familiaricen con nosotros, mejor. ¡Además, uno de ellos huele como yo! —¡¡Faren!!
Mientras tanto, los humanos veían a dos gigantes dándose voces, provocando pequeños seísmos que dificultaban la estabilidad en la tierra. Draco no intervino; siendo padre, intuyó lo que realmente sucedía. Suspiró y miró a Aiden. —¿Qué sucede, padre? —preguntó el joven. —No, nada, hijo… —murmuró Draco mientras ponía su mano en la cabeza. —No soy un niño, ¿eh? Ya soy un guerrero. Podría derrotar a miles como nosotros e incluso a un dragón furioso.
De repente, los dos dragones se giraron. Faren pensó: «¿A mí, derrotar? Jajajá. Así que quieres probarnos, ¿eh?». —¿En qué estás pensando? ¿No ves que te estoy hablando? —gritó un Tsukigane furioso. En ese instante, Draco le dio una colleja a su hijo. —Ten cuidado. Los dragones son seres orgullosos capaces de detectar un cambio en nosotros. Podrían llegar incluso a detectar nuestros pensamientos. —¿Qué dices, padre? No pueden hacer eso, ¿o sí? —A ver, ellos notan nuestras intenciones y atan cabos. Haz caso a tu padre, tienes mucho que aprender.
Ambos grupos se quedaron en silencio esperando a que los combatientes finalizaran su disputa. Entonces, Ayame intervino de golpe, pues el resto del clan empezaba a ponerse nervioso. —¡Ustedes dos! ¡Dejen de perder el tiempo! ¿No ven que los demás están esperando? —Tiene el carácter de su madre… —murmuró Tsukigane con orgullo. —¿Decías? —replicó ella.
Tsukigane entendió la reprimenda; su imagen de líder poderoso corría peligro. Se giró hacia los humanos: —Perdonad mi descortesía, solo reñía a mi joven hijo. Tiene mucho ingenio, pero no sabe cuándo detenerse. Agáchate tú también, Faren.
Faren se agachó, pero con los ojos fijos en Aiden. Este no sentía miedo, sino una profunda curiosidad. Draco sonrió y procedió a hablar: —Estos son tus hijos, ¿no? ¿El resto del clan son esas lucecitas curiosas detrás de ustedes o hay más? —Sí, pero rara vez han visto humanos. Solo están esperando órdenes.
El resto del clan se acercó. Unos con el cuerpo tembloroso por la inestabilidad que sufrían; otros, más ágiles, se mantenían a la vanguardia. Eran todos diferentes: los más pequeños tenían tonos marrones para camuflarse con la tierra; los medianos eran fuertes y ágiles excavadores; y, por último, los de rango real, grandes garras y alas poderosas que daban ejemplo de nobleza. A excepción de los hijos de Tsukigane, que portaban una antigua mutación que les otorgaba mayor tolerancia al maná.
Draco comprobó que la situación era más grave de lo que parecía. —Tsukigane, ¿desde cuándo están así? ¿Por qué no acudisteis a nuestra ayuda? ¿No tenéis algún chamán o sabiduría heredada? —Nosotros somos seres que vivimos en la naturaleza —respondió el dragón—. Ella nos guía, aunque el camino sea la destrucción. Ir contra ella es ir contra nosotros mismos. Sin la Gran Madre no existiríamos.
Draco comprendió que no sería fácil. Aquella mentalidad estaba ligada a creencias profundas. Retomó el hilo: —Los médicos ancianos de mi tribu vendrán a hacer una evaluación para establecer un patrón entre nosotros y vuestra raza. Después, actuarán sobre los casos más urgentes. ¿Le parece bien si quedamos en el punto intermedio del bosque? —¿Con «urgente» qué quieres decir? —Por ejemplo, yo no soy médico, pero veo cómo aquel de allá se asfixia cuando escupe fuego.
Tsukigane se sorprendió. Nadie de los suyos se quejaba por querer ser dignos de su jefe. Le dolió reconocer que algunos habían muerto calcinados por su propio fuego bajo una falsa normalidad. Haber eludido el dolor de los suyos le resultaba imperdonable. Draco, al ver que tras la coraza había un corazón que sufría por su pueblo, sintió esperanza.